Mi amiga

Mi prosa / My Prose

Mi amiga tenía una casa en la pequeña barriada del sur, a las afueras de la ciudad donde yo también vivía. Allí, mi amiga había visto cómo se desvanecía su madre, cómo se alejaba su marido y cómo se despedían sus hijos.

Mi amiga había sido maestra de lengua de primaria y hacía tiempo que estaba jubilada. Como recuerdo de su trabajo le quedaba su amor por las palabras.

Los días bajo el sol de agosto podían ser muy cálidos en la barriada del sur, pero al caer la tarde, muy cercana a la noche, el aire refrescaba. Entonces algún perro quejoso ladraba, algún gato bufaba y corría para zafarse de su propia sombra, y los grillos comenzaban a entonar su melódico reclamo.

A esa hora más o menos, yo solía pasar por delante de la casa de mi amiga y entraba a saludarla y, de paso, le acompañaba el rato suficiente antes de regresar al sueño. Mi amiga sentada frente a la mesa de la cocina hacía crucigramas. Yo me pasaba más de una velada, sobre todo los viernes, con ella mientras ella se pensaba las letras y las palabras adecuadas para las casillas. Apenas levantaba la cabeza. El cazo andaba guisando la comida del día siguiente, y lo hacía a fuego lento. Era la costumbre de mi amiga cocinar a esas horas, a pesar de estar sola. Por si venían los chicos, decía, y no le daba tiempo por la mañana. Guardaba la fe de que llegarían algún fin de semana de aquellos, más temprano que tarde. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no habían asomado sus caras.

Nunca me atreví a preguntarle si de verdad creía que iban a venir un día, pero, por la forma en que vigilaba cómo se iba cociendo poco a poco la comida, mientras sus dedos movían tan resolutamente para rellenar los casilleros del crucigrama, sabía que no debía mencionarlo. Como poco se extrañaría y como menos le ofendería. A veces me miraba por encima de sus gafas de media luna, como si espiara mis pensamientos, como si presintiera mi duda. Los labios acabarían de clausurar un rezo al recordar de pronto una palabra, o estarían a punto de despegarse para consultarme lo que no lograba averiguar por sí misma, aunque lo tuviera en la punta de la lengua.

—Eso ya está —decía apuntando el cazo con la cabeza—. Anda, retíralo y aprovecha el calor. Pon un poco de agua para calentar. Hoy quiero dormir bien.

Yo le hacía caso y sacaba un segundo cazo del armario y la bolsa de la melisa para hacernos unas tisanas.

Mi amiga ya no vive en esa casa. De hecho, la casa ya no está donde estaba. En su lugar hay una terrible oquedad llena de piedras inútiles, abandonadas desde hace unos meses. Dicen que van a construir una nueva. También dicen que un día llegaron, por fin, los chicos y se llevaron a mi amiga. Yo no lo vi. No sé dónde estaba aquel día.

Ahora, los viernes sobre todo, cada vez que paso por delante de la parcela hueca me acuerdo de ella. Aunque es octubre, parece que refresca como en una noche de agosto. Quizás oiga un perro ladrar disconforme, o vea un gato que bufa delante de mí y luego se escapa de mi sombra, mientras los grillos comienzan a entonar su cantinela de desasosiego. Mis ojos entonces levantan una estancia sobre las ruinas de la casa de mi amiga y veo un puchero que se cocina a fuego lento, y la veo a ella que lo vigila al tiempo que rellena con determinación y entereza las casillas de su crucigrama.

Escrito en Madrid, 15 de agosto de 2019 ©Rubal.o

7 comentarios en “Mi amiga

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