Cruce de caminos

Mi prosa / My Prose

Aviso: esta entrada la publiqué en agosto, sin embargo contiene un cambio y es su imagen. Es una imagen real del lugar donde sucedió el encuentro. No guardo otra intención que situar la acción en su escenario original.

Sopetrán ©Rubal

Se aproxima el mes de septiembre. La noche no fue tan cálida como las anteriores. Hay llanos vacíos de trigo por sembrar y árboles que los circundan. Me he alejado un tanto de mi propósito. Puede que a estas alturas no se vayan a cruzar las senderos como al principio. Pero me he dejado llevar por el paisaje y me he desviado un poco hacia lugares donde solo van los caminantes que persiguen la soledad.

Son las nueve de la mañana y veo un bar que oportunamente asoma no muy lejos de donde me encuentro. Hoy me he despertado pronto y ya me falta el aliento. A veces ocurre aunque sea por la mañana. Así que me decido a acercarme, solo para tomar algo que me recupere los pulmones.

Fuera, el local tiene un porche y debajo del techo que lo protege, unas cuantas mesas de madera con sus respectivos asientos. Entro y veo una pequeña sala con una barra y cuatro taburetes repartidos a lo largo de ella. No hay nadie detrás de la barra, pero enseguida sale alguien a saludar de detrás de una puerta. Una mujer que rondará los sesenta años o más con un trapo en una mano y una taza en la otra. A juzgar por la etiqueta de la infusión que cuelga por fuera de la taza, me doy cuenta de que la he interrumpido en un momento que es suyo. Me excuso y le pregunto si es demasiado pronto, si todavía no ha abierto. Me dice que sí es pronto, pero que igualmente está abierto, que la gente, los caminantes y trabajadores, no llega hasta pasadas las once.

Le pido un café con poca leche y muy caliente. Le pregunto si puedo sentarme fuera y ella me dice que por supuesto. Espero a que prepare el café, pero ella me dice que no me preocupe, que me lo lleva a la mesa. «Disfruta», dice. Y yo le hago caso.

Cuando paso por la puerta de nuevo, para salir, veo una libreta que cuelga del quicio de madera por un cordelito. De otro cordel cuelga un lápiz. En la cubierta de la libreta dice Cruce de caminos. Lo cojo en mi mano y me doy la vuelta. Le pregunto a la mujer si la libreta es para los clientes y ella asiente. «Es para que anotéis lo que os parezca», me dice, «y puedes sacarla de la escarpia. Así te será más fácil echarle un vistazo y escribir si te apetece», añade. No se me ocurre qué escribir, pero sí tengo curiosidad por ver qué cosas anota la gente en este bar —caminantes, trabajadores…—, lejos del tránsito de una carretera principal o de las calles concurridas de una población cualquiera. Quito la libreta y el bolígrafo de sus escarpias y salgo al porche.

De las mesas y sillas que hay, elijo sentarme en un tocón de madera, frente a una mesa cuya superficie es una tabla rústica e irregular. No es muy cómodo, pero es diferente. Y ya sentada abro la libreta. La mujer me trae el café y me desea una feliz lectura y una provechosa escritura. Le digo que yo misma no sabría qué aportar a la experiencia, y ella me dice que eso no importa porque leer ya es suficiente. «Quién sabe», me dice, «puede que la lectura te inspire.»

Es aquí donde hago mi primer cruce de caminos. Leo la última anotación que hay en la libreta en forma de poema. Me conmuevo. Oigo música en mis oídos. Después de leerlo, me queda la congoja de que pueda que lo olvide, así que cojo mi propio cuaderno de notas y lo apunto. Para que conste en mi memoria.

Para ti, Julie.

2 comentarios en “Cruce de caminos

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