Encuentro en Sopetrán

Cruce de caminos / Crossroads

Cruce de caminos con Panegírico de Julie Sopetrán, (https://eltiempohabitado.blog/)

Se aproxima el mes de septiembre. La noche no fue tan cálida como las anteriores. Hay llanos vacíos de trigo por sembrar y árboles que los circundan. Me he alejado un tanto de mi propósito. Puede que a estas alturas no se vayan a cruzar las senderos como al principio. Pero me he dejado llevar por el paisaje y me he desviado un poco hacia lugares donde solo van los caminantes que persiguen la soledad.

Son las nueve de la mañana y veo un bar que oportunamente asoma no muy lejos de donde me encuentro. Hoy me he despertado pronto y ya me falta el aliento. A veces ocurre aunque sea por la mañana. Así que me decido a acercarme, solo para tomar algo que me recupere los pulmones.

Fuera, el local tiene un porche y debajo del techo que lo protege, unas cuantas mesas de madera con sus respectivos asientos. Entro y veo una pequeña sala con una barra y cuatro taburetes repartidos a lo largo de ella. No hay nadie detrás de la barra, pero enseguida sale alguien a saludar de detrás de una puerta. Una mujer que rondará los sesenta años o más con un trapo en una mano y una taza en la otra. A juzgar por la etiqueta de la infusión que cuelga por fuera de la taza, me doy cuenta de que la he interrumpido en un momento que es suyo. Me excuso y le pregunto si es demasiado pronto, si todavía no ha abierto. Me dice que sí es pronto, pero que igualmente está abierto, que la gente, los caminantes y trabajadores, no llega hasta pasadas las once.

Le pido un café con poca leche y muy caliente. Le pregunto si puedo sentarme fuera y ella me dice que por supuesto. Espero a que prepare el café, pero ella me dice que no me preocupe, que me lo lleva a la mesa. «Disfruta», dice. Y yo le hago caso.

Cuando paso por la puerta de nuevo, para salir, veo una libreta que cuelga del quicio de madera por un cordelito. De otro cordel cuelga un lápiz. En la cubierta de la libreta dice Cruce de caminos. Lo cojo en mi mano y me doy la vuelta. Le pregunto a la mujer si la libreta es para los clientes y ella asiente. «Es para que anotéis lo que os parezca», me dice, «y puedes sacarla de la escarpia. Así te será más fácil echarle un vistazo y escribir si te apetece», añade. No se me ocurre qué escribir, pero sí tengo curiosidad por ver qué cosas anota la gente en este bar —caminantes, trabajadores…—, lejos del tránsito de una carretera principal o de las calles concurridas de una población cualquiera. Quito la libreta y el bolígrafo de sus escarpias y salgo al porche.

De las mesas y sillas que hay, elijo sentarme en un tocón de madera, frente a una mesa cuya superficie es una tabla rústica e irregular. No es muy cómodo, pero es diferente. Y ya sentada abro la libreta. La mujer me trae el café y me desea una feliz lectura y una provechosa escritura. Le digo que yo misma no sabría qué aportar a la experiencia, y ella me dice que eso no importa porque leer ya es suficiente. «Quién sabe», me dice, «puede que la lectura te inspire.»

Es aquí donde hago mi primer cruce de caminos. Leo la última anotación que hay en la libreta en forma de poema. Me conmuevo. Oigo música en mis oídos. Después de leerlo, me queda la congoja de que pueda que lo olvide, así que cojo mi propio cuaderno de notas y lo apunto. Para que conste en mi memoria.

No he tenido otro modo de rendirle homenaje a este poema y a este encuentro, sino habiendo creado un patrón de palabras como preámbulo para enmarcarlo:

«Eres algo en sustancia de universos
quinta esencia del invisible éter
volátil y accesible
al tacto en la mirada

eres esa figura que trasciende el momento
soplo del Paraíso entre mil formas
fugaz encanto en el sutil lenguaje
que expresa la belleza

porque eres la brevedad más plena
el deleite,
la convulsión más dulce
de la naturaleza
paradigma del alma en pleno vuelo
de vivencias

sol y lluvia en tus venas
centro de los colores que envuelven
de emoción cada matiz del centro
donde fluye el perfume

placer de la visión que me seduce
mis cinco sentidos gozan
porque también hablas
dices
y es el silencio quien traduce tu voz
de amor, de paz, de animación constante
al embeleso

puedo llamarte de mil formas
como te llames, no importa tanto el nombre
matizas la razón, das sentido al concepto
denotas lo importante

y el hecho de existir me es suficiente
para saber que mereció la pena
nacer
sólo por verte,
flor,
aunque sea de paso…
»

©Julie Sopetrán

Hasta luego entonces. Nos encontraremos en otro cruce de caminos.

Florentin, pieza de música de Joaquín Alejandro.
Esta es la melodía que casualmente sonaba en mi Spotify mientras leía el poema de Julie.

 

10 comentarios en “Encuentro en Sopetrán

  1. Olga, me has dejado tan sorprendida! De veras has estado aquí? Has descrito el bar que hay a unos doscientos metros de casa en un “cruce de caminos”, me falta por saber si existe esa libreta, o esto es ya invención tuya, lo demás es tal cual lo has detallado. El bar lo regenta un matrimonio búlgaro, y es ella la que sirve el café, un bar de “caminantes, trabajadores…” y sí, “lejos del tránsito de una carretera principal…” Me queda la duda pero celebro el “encuentro” ya que encontrarse con una libreta y un poema es algo mágico? :)) Decirte gracias es en esta mañana tan bonita realmente una alegría para mi, y además un buen comienzo de fin de semana… Cuando quieras, estás invitada a otro café de agradecimiento por tu gentileza. En cuanto a la música me encanta, creo que Joaquín Alejandro escribió Florentin para tu lectura.Precioso. Gracias Olga, mi abrazo fuerte y mi cariño.

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    1. Madre mía, Julie, tengo la carne de gallina :D. No, no he estado ahí. Es una ficción mía, ¡pero fíjate! No sé qué decir. Estoy un poco alucinando. A lo mejor, luego me sale algo más que decir… En cualquier caso, me hace feliz saber que te ha iluminado la mañana y la entrada de este fin de semana. ¿El café? Será mi primer movimiento cuando salga finalmente salga de este entorno mío, Madrid. En ¿Sopetrán?, ¿dónde es ese cruce? Si pasas por ese camino, ¿podrías hacerle una foto alguna vez? Es increíble. Como siempre, gracias por leerme. Un abrazo 🙂

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  2. Bueno, la intuición refleja a veces mejor la realidad que la propia existencia, aunque el bar está cerca de casa, no sé si he entrado uno o dos veces en el último año, sería curioso saber lo de la libreta. Lo investigaré. Pero eso sí, te digo que lo has descrito tal cual existe. Ese cruce está situado en cuatro caminos, uno que va a la Nacional II, otro que va a Hita, la del Arcipreste, otro que va a Humanes de Mohernando, y otro que va a Guadalajara. Está justo al lado del Camino del Cid y del que ahora llaman también Camino del Arcipreste, Camino de la Lana o Camino de Santiago, vamos que un cruce de caminos, todos ellos históricos y batalladores. Sopetrán, ahora, está bastante ruinoso, pero tiene su encanto. Y podemos tomarnos ese café en Torija, por ejemplo, junto a su castillo templario.
    Un fuerte abrazo. Y feliz fin de semana. Gracias por tu generosidad de compartir mi poesía.

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    1. De verdad que es así. Yo solo estaba visualizando. Y tomo nota la propuesta. Como ya te he dicho, será mi siguiente salida del entorno. Todo lo que me has contado alrededor de ese cruce de caminos me atrae mucho. Ya la mención del Arcipreste de Hita me trae recuerdos de estudiante y de no estudiante. Para tenerlo en cuenta, yo no conduzco, pero hay tren a Torija, ¿no? Eso he visto. Bueno, pues queda pendiente. Un abrazo 🙂

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  3. Pingback: Cruce de caminos/2 — Cartas a un escritor/…a – Olga Rubal

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