Difference

Mi prosa / My Prose

Tenía guardado este escrito desde hacía dos años. Surgió a raíz de un ejercicio de escritura creativa del taller en el que participaba por aquel entonces, apenas nueve meses después de que muriera mi padre. Lo leí solo una vez, en ese momento, y desde entonces no había vuelto a sacarlo.

Para aquellos que se atreven a mirar el pasado y dejan que este pase de largo; para aquellos que se enfrentan a sus orígenes a pesar de sí mismos; para aquellos que conversan con los padres sin buscar razones; para aquellos que miran el presente y se dejan convencer por el próximo segundo.

Difference

Hola, papá. Hace mucho que no hablo contigo, y eso que me he pasado los últimos meses notando tu presencia sobre mi hombro derecho. Otras, me ha parecido que mirases a través de mis ojos. Sin embargo, como tantas otras veces, estando todavía tú vivo, no he llegado a hablarte como quizá, bueno quizá no, seguro que habría querido hacerlo. No sé por qué ahora me ha parecido mejor momento para charlar sobre lo que veo, lo que me viene en sueños, lo que siento. Todo se reduce a un mero ejercicio de un taller de escritura. Sí, un taller de escritura. Tú nunca fuiste a ningún taller de escritura, ¿verdad? No sé si eran los tiempos en los que viviste, que no tuviste ocasión, que no se te ocurrió o que no creías en este tipo de actividad para estimular tu creatividad. Yo, si te soy sincera, tampoco creo en ello, pero voy porque busco algo, y en el fondo sé que necesito hacerlo, y no se trata de escribir, sino de otra cosa, pero no viene al caso contarlo. Tú, sin embargo, creías en el poder de hacerlo todo por tus medios, por tus medios, por tus propios medios. O puede que solo sea que se te fue tu padre demasiado pronto, y a mí demasiado tarde, y que eras el más pequeño de tu familia o el padre de cinco hijos, y que siendo los tiempos más duros que estos, más duros que los que yo estoy viviendo, al menos para lo primordial, para lo más primitivo, tuviste que diseñar tu juventud en la acción comunitaria a la fuerza, convencido o no, y en la familiar, relegando tu espacio creativo a aquel lugar que queda libre después de que toda responsabilidad queda cubierta. O que no fueras lo suficientemente egoísta, o puede que no sea nada de esto, sino que no te planteabas otra forma, qué sé yo.

Pero bueno, aquí estoy, en un taller de escritura. Me acaban de hacer que recite un poema en su inglés original y he sentido que literalmente me ardía el cerebro. Es largo de explicar y no viene al caso tampoco intentarlo, pero es que a continuación, el ejercicio se extendió a ubicarme por entero en el contenido de ese mismo poema que va de tomar una sola decisión en concreto, como el que se encuentra en una encrucijada de caminos y elige el que le parece que será la opción más adecuada o más acertada. ¿Y cómo se hace eso? ¿Conforme al intelecto, conforme a la razón, conforme a algún sentido, conforme a un sentimiento, conforme a una pulsión que después es resultado de un esfuerzo, por mil argumentos que surgen para boicotear la empresa desde el principio? No, en realidad, se trataba de fluir, y ya sabes, ¿cómo fluyes bajo la presión de un esfuerzo?

Me paro aquí un instante, porque me cuesta respirar. Lo siento un poco en este lugar que tengo debajo del esternón, casi como hace unos minutos, cuando terminé de pronunciar el último difference, ence, ence de Frost. Bonito poema.

Bien, estoy al borde de la apnea, y creo que por eso necesito regresar al pasado. Vuelvo a verte sentado frente a mí, detrás de la mesa de comer, de tu cuarto para escribir, o para aquello para lo que te reservaste un espacio en los últimos años, cuando uno a uno íbamos partiendo de casa para no regresar más como tus hijos, sino como miembros y casi dueños de nuestras propias esferas. No puedo mirarte sin recoger la imagen de este último período en el que te debatiste contra el hecho de estar desapareciendo, contra el hecho de la muerte, y todo aquello que nos acompañó por incomprensión, por ignorancia, por rabia, por miedo, por impotencia. La familia es una terrible red que se lanza para pescar en aguas poco profundas y se enmaraña con el lodo y las algas. Pero ¿sabes?, hay un agujero en un extremo. Acabo de verlo mientras te hablo. Por suerte unos cuantos nudos desechos han abierto un intervalo de duelo por el que puedo escapar, nadar con todas mis fuerzas, así, braceando, aunque me falte tanto el aire, y salir a la superficie imaginada. Quiero pensar, pienso, siento que tú, que ya te desprendiste de ese amasijo de carne y huesos fríos, estás en la luz que se refleja por el exterior, que tú eres la luz que se filtra llamando mi atención sobre lo auténticamente prioritario. Tú y todos los que ya vais por delante de nosotros. Aunque quizá solo es una estela de alivio que dejáis abandonada, para que la sigamos a modo de atolondrados pulgarcitos que persiguen un rastro de garbanzos secos para volver a su casa.

¿Y qué es lo auténticamente prioritario? Pues es tan sencillo. Lo verdaderamente prioritario surge cuando el oxígeno no llega más. Así nado y nado y rozo el rayo de luz a través del agua y me siento cada vez más cerca de alcanzar el aire.

Imagino después que broto de la superficie, que por fin lo hago. Tengo que imaginarlo, porque todavía sigo buceando y persiguiendo la estela. ¿Qué no debo imaginarlo? No, no pasa nada. Imaginarlo no me hace daño, al contrario, me ayuda a soportar la hinchazón de las venas. Y ahora, papá, déjame a partir de aquí que te cuente algo más a mi modo. Es una historia que va de un corto y largo viaje, de esos que a ti te gustaban, aunque de este puede que no haya retorno.

Pues bien, me he quedado en que broto de la superficie del agua. Estoy sentada, más bien echada sobre grava. Tengo el cuerpo estirado y apoyado sobre los codos, el mentón hacia el cielo, las piernas semiabiertas, y finalmente me desplomo sobre mi espalda porque estoy cansada y la grava se hinca en mis codos. Me quedo bocarriba, con los brazos estirados y las palmas de las manos al descubierto. El peso de mi cuerpo se reparte por la grava. No sufro demasiado. Hasta parece que olvido.

Pasan los segundos, o las horas. El aire acaricia mi piel. Creo que estoy desnuda pero no me veo porque permanezco con los ojos cerrados todo el rato. Tengo el impulso de elevar los brazos y unir las manos, entrelazando los dedos, como lo hacías tú. Hasta que no te vi hacerlo una vez más en el último momento, no me había dado cuenta de que habías dejado de hacerlo. Pero lo hiciste en ese último momento, ese último momento, y recuerdo que pensé, ¿por qué lo hace ahora? ¿Cómo puede sostener las manos así en este momento?

Ahora tengo las manos entrelazadas. Se han quedado ancladas en el aire. Apoyo los hombros del todo en el suelo. Mi sangre circula desde las muñecas hasta los hombros con parsimonia y se detiene. Yo creo que se detiene. La gravedad me empuja hacia el suelo. Es agradable estar colgada del aire. Balanceo las manos, con sus dedos entrelazados, de un lado a otro, suavemente. Parece que estén colgadas de una cadena invisible, que ya no es una cadena sino un collar de cantos plateados que se mece acompasando el latido que oigo en mi cabeza.

Después, sin una razón aparente, mis manos se sueltan. También abro los ojos. El suelo me pide que me quede pegada a él, pero estoy interesada por lo que hay a mi alrededor. De pronto comprendo que había brotado del agua, que el agua ha desaparecido y que no sé dónde estoy. Me levanto, me pongo de pie. Llevo un vestido amarillo, hecho con una tela muy delgada. Tiene las mangas cortas y me llega hasta las rodillas. No tengo frío y tampoco el sol, que está muy alto encima de mí, me quema la cara.

Delante de mí hay un poste de madera señalizando la bifurcación de un sendero, que era uno solo, hecho de la misma grava que andaba clavándose en mi piel. A la derecha hay un entramado de ramas. Tengo que hacer un esfuerzo para ver los troncos de los árboles de los que supuestamente nacen todas ellas. A la izquierda, el sendero de grava atraviesa una inmensa explanada cubierta por trigo verde, aún muy joven. También hay árboles, pero quedan a ambos lados del trigal, se yerguen como hileras de guardianes bien formados custodiando el cultivo que, visto desde lejos, parecería simple hierba si no fuera porque ya veo de qué está compuesto desde el principio.

No sé qué elegir. Me gustan los árboles. Me atrae la frondosidad oscura de un bosque tupido y enmarañado. Los trigos me dicen camina cuanto quieras entre nosotros. Somos salvajes como la hierba. Camina descalza. El bosque me habla. La explanada me susurra. Las ramas me atrapan, la senda me dirige y finalmente elijo la explanada verde para caminar en la dirección trazada por la grava.

Camino, camino, camino. A lo lejos asoma la misma línea de horizonte que veía desde el principio. No sé, puede que quisiera en algún momento dejar de ver la misma línea suspendida entre el cielo y la tierra. Puede que quisiera ver algo así como una casa, una chocita de tejado negro y ventanas de madera rodeadas de flores ornamentales. Una casita donde poder adentrarme y sentarme muy cerca de un hogar encendido, y una vez ahí, mirar la explanada y el cielo desde dentro. Si sigo, me cansaré, me digo, y de pronto oigo que el rumor de las hojas a lo lejos no es tal rumor de hojas sino una melodía que se hace más nítida. Espero a que la melodía surja de nuevo. Es una espera un poco larga, pero creo que puede merecer la pena, y por fin, llega.

Sí, es una melodía, o más bien un canto, una letanía, un sonido litúrgico. Procede de los árboles. Claro, no se me había ocurrido ir en esa dirección. Quizá si me desvío… Y me desvío. Avanzo hacia los árboles saliéndome de la senda, yendo a través del verde. Por un momento pienso que los árboles se alejan según avanzo, pero no es cierto, y sigo avanzando hasta tenerlos muy cerca. Son muy altos, no sabía que eran tan altos. Son como pilares de una catedral sin techo. Secuoyas que se yerguen como pilares de una catedral que alcanzan el cielo y lo rompen. Imagino que debe haber algo detrás de estos gigantes, de modo que traspaso el umbral del portón que se eleva entre dos de sus troncos rojizos, y al hacerlo, me miro las piernas. No llevo vestido, sino unos pantalones y una blusa hechos del mismo tejido delgado que el del vestido, pero esta vez tienen el color de la arcilla. Mis pies calzan unas sandalias de cuero que se abrazan a los tobillos.

Del cielo gris caen pequeños haces de luz blanca e iluminan el lugar con suficiente nitidez. De pronto comienza a llover. Llueve fino, luego fuerte, luego otra vez fino y se para. Tras el graznido de una urraca, vuelvo a oír el canto que se hace palabra:

Despacio, canta la letanía, despacio, llegas, estás.

Es la canción de una mujer retirada para cuidar de su olvido. Canto de una mujer que olvida y amanece. Si escucho atentamente, sé que procede de otro lugar que no se encuentra muy lejos, de hecho, asoma ahora frente mí. Está ahí. Hay un pequeño edificio de piedra. Una ermita, una minúscula capilla, o solo una casa de piedra revestida de musgo y yedra. En un lateral de la construcción, en la parte inferior de su muro, hay un caño que arroja agua en una canaleta. El agua después rebosa y se dispersa por un modesto huerto de menta y albahaca. Huele a menta y albahaca recién cortada.

Despacio.

En la parte superior del mismo muro hay dos ventanas gemelas en forma de arco de medio punto. Desde donde estoy veo un interior pobremente iluminado por una luz que vacila y se refleja en las aristas de las ventanas. Me acerco. Paso por encima de la menta, por encima de la albahaca. Llego a una de las dos ventanas gemelas y me asomo, no puedo evitarlo.

En el interior hay una sola estancia, un cuarto diáfano, y la luz procede de un hogar, desde el que percibo también el ruido de la madera consumiéndose. A su lado hay una mesa, y frente a la mesa un hombre vestido con algo parecido a un hábito marrón oscuro con una capucha que le cubre la cabeza, no tanto como para ver que tiene el pelo blanco. Lleva gafas de pasta negra e, inclinado hacia delante, escribe con un cálamo sobre un pliego de papel de gran tamaño. A su lado hay un tintero vacío y más pliegos que se apilan con la esperanza de formar un libro. O quizá no.

Despacio.

La mujer ha dejado de cantar. El hombre deja el cálamo sobre el pliego de papel, se quita las gafas de pasta negra y levanta la cara mirando hacia la ventana, mirando hacia donde estoy yo, mirándome a mí. Eres tú, papá. Sostienes la mirada y me dices ¿por qué tienes prisa? ¿A dónde vas corriendo?

No sé qué contestarte. Cierro los ojos, aprieto los párpados un poco como para contener las lágrimas, o la rabia, o la ignorancia, o qué sé yo, y cuando los abro me doy cuenta de que estoy sentada frente a la mesa escribiendo en el pliego de papel junto a los demás pliegos que se acumulan y pueden formar un libro, junto al hogar que me da cierto calor, y un canto desde la ventana, más allá de la urraca que acaba de posarse en el alféizar, me dice, me susurra al oído Llegas, estás. No busques más. Estás. Y me dejo acunar por su susurro y entonces solo siento que debo liberar estas palabras que tanto me han costado pronunciar: Adios papá.

Escrito en Madrid, un día de junio de 2017 ©Rubal.o

9 comentarios en “Difference

    1. Fíjate, aunque solo tenga unos ojos que lo lean, por cariño o por respeto, seguiría escribiendo. Pero, sobre todo, es que no puedo de dejar de hacerlo. Soy como una cotorra silenciosa,jeje. En cualquier caso, y esto no va de mí, qué dulce eres, Yvonne, amiga de WordPress. Se respira tu buen sentimiento. 🙂

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  1. “…¿cómo fluyes bajo la presión de un esfuerzo?” Es realmente hermoso leerte y otra vez, cuando te leo, pienso que has estado aquí, allí, incluso en ese campo de trigo… de secuoyas de California… Bueno, es un verdadero placer leerte, Olga. Te felicito, por ese día de Junio de 2017… en el que tu sueño se hizo realidad sobre el papel, sobre tu página en blanco. Sí, es realmente hermoso leerte…
    Gracias. Estoy muy de acuerdo con Ivonne. Besos.

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    1. Estuve en Oregón hace mucho mucho tiempo y me impactó su naturaleza. El resto…, no sé, creo que en otra vida debí de haber vivido por los alrededores de tu tierra. Es una imagen muy potente en mi cabeza; se me repite. Gracias! Un fuerte abrazo, Julie 🙂

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  2. Pingback: La puerta entornada/2 — Cartas a un escritor/…a – Olga Rubal

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