Thoreau en Walden

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing, Mi prosa / My Prose

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No puedo añadir nada más interesante que lo que aportaría cualquier referencia en la red sobre la vida de este hombre. El motivo que me ha impulsado a dedicarle unas líneas es porque acabo de leer su obra y porque, de un tiempo a esta parte, es una de las pocas obras de ensayo con más de cien páginas que he querido continuar leyendo. Ya se sabe que el acto de leer va por temporadas. Durante dos años más o menos, hasta hace unos meses, tenía que abandonar todo intento de leer cualquier cuestión densa que no fuera ficción. Incluso siendo ficción me costaba. No voy a dar marcha atrás para explicar razones, pero sí puedo constatar que se trataba de una etapa de transición y que por alguna extraña obsesión seguía consejos de lectura de otros que sentía que debía realizar a pesar de lo mucho que me costara acometerlos. Probablemente una etapa de rebeldía contradictoria. Aunque ahora ya comprendo a qué se debía, se trata de una historia demasiado larga incluso para contármela a mí misma. Sin embargo, hace un mes fui a la librería y lo vi ahí, el ejemplar, en la sección de Filosofía, pensamiento, etc., tan erguido, ¿tan apetecible?, con su cabañita cobijada entre tres pulcros árboles —¿cedros y un abeto?— , un volumen publicado por Errata Naturae —ya de esta editorial me leí por tercera vez las Meditaciones de Marco Aurelio ilustradas y una antología de Lev Tolstoi, La revolución interior, a cargo de Stefan Zweig—, lo cual significaba algo interesante. Estaba sobre los estantes del fondo y delante de una ventana iluminada. Me acerqué para verlo mejor, dejando atrás una mesa repleta de portadas de exquisito estreñimiento de la razón. Era Walden, de Henry David Thoreau (1817-1862).

Me quedé con el libro en la mano pensando un buen rato. No sabía si comprarlo o no. Me había prometido no caer en la tentación de comprar un libro de ensayo que no fuera pura ficción. Me estaba dejando seducir de nuevo por el deseo de penetrar en la maraña de las perspectivas subjetivas. Pero entonces me vino un recuerdo. Yo tenía veinte años y estaba en mi clase de Literatura Norteamericana; una asignatura en la que creía que no había aprendido nada y sigo creyéndolo. Sin embargo, hubo muchas cosas que se me quedaron grabadas en la memoria, como por ejemplo, cómo se golpeaba el profesor la cabeza con el micrófono para comprobar que funcionaba, y también los trascendentalistas norteamericanos, entre otras cosas, esa tendencia o movimiento de los que emergían nombres como Thoreau, Emerson, Dickinson…, sin orden ni concierto por parte del docente, pero que pronunciaba con mucho entusiasmo. Se me quedó la idea de que Thoreau era una especie de disidente de las ideas de su tiempo, que llamaba a la desobediencia civil y pacífica, por la que fue encarcelado en sucesivas ocasiones, pero, sobre todo, un hombre que decidió pasar dos años retirado de la sociedad cerca del lago Walden en Concord, Massachussets . Como quiera que fuera que recordé esto, también recordé que en el pasado ya había intentado leerlo sin éxito. Y ahí estaba yo, con el libro en la mano y recordando y casi buscando excusas para no deponer el intento. Finalmente me lo llevé a casa. Es evidente.

Terminé de leerlo hace dos días —el número dos ya debe de significar algo en todo este proceso porque se me está repitiendo—. Lo que nos había contado nuestro excéntrico profesor de Literatura Norteamericana resultó ser cierto. Thoreau se retiró de la sociedad para pasar dos años cerca del lago Walden y lo hizo para tomar una perspectiva comprometida con la naturaleza y hacer una crítica constructiva de la actitud y las necesidades del ser humano. Su modernidad es sorprendente. Pero esto no es lo que más me ha gustado de su obra. Lo que más me ha gustado de su obra es que pude leer más de cien páginas sin sentir un tremendo cansancio en la cabeza. Lo que me hace pensar que su lectura ha significado un avance en mi crecimiento como lectora o un hito que demarca los límites de mi paciencia. O simplemente que hay cosas que me gustan y otras no. No importa la causa; la cuestión es que este nuevo camino que acabo de empezar a recorrer me gusta. A partir de este punto, Walden, he regresado a mis placeres de antes —y no tienen que ver precisamente con la experiencia de su autor en los bosques—, mientras continúo descubriendo lo que me había dejado atrás por no seguir mi propia intuición. Por más que nos digan que nos pueden ayudar a descubrir lo que nos gusta, cada vez tengo más la certeza de que solo nosotros mismos podemos ayudarnos a descubrirlo.

En cualquier caso, me alegro de haber leído a Thoreau, por fin, después de tantos años desde que me oyera pronunciar su nombre por primera vez.

Puede que esta cita tenga poco que ver con la esencia de lo que he escrito, sin embargo, creo que es apropiada y me encanta:

«Vivimos aún de forma miserable, como las hormigas, aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho que fuimos transformados en hombres; luchamos contra las grullas como hicieron los pigmeos, acumulando error tras error y remiendo sobre remiendo, y nuestra mejor virtud nos encamina en esta ocasión hacia una desgracia superflua y evitable. Nuestra vida se pierde en los detalles. Un hombre honrado pocas veces necesita contar más allá de sus diez dedos, y, en un caso extremo, puede añadir los diez de los pies y olvidar el resto. ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil; y en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar.»

Anoto aquí un enlace que dirige a un artículo de la editorial Impedimenta sobre Thoreau y que considero interesante.

Artículo de Impedimenta sobre Thoreau


Thoreau at Walden

I cannot add anything more interesting than what any reference on the net would bring about this man’s life. The reason that has led me to dedicate a few lines to him is because I just read his work and because, for some time now, it is one of the few essay works containing more than one hundred pages that I wanted to continue reading. It is already known that the act of reading goes by season. For two years or so, until a few months ago, I had to give up any attempt to read a dense writing that was not fiction. Even fiction cost me. I will not go back to explain reasons, but I can see that it was a transitional stage, and that for some strange obsession I would follow reading advice from others that gave me a hard time to accomplish, still with the conviction that I should do it. Probably a stage of contradictory rebellion. Although I already understand what it was about, it is a far too long story to tell even to myself. However, a month ago I went to the bookstore and I saw it there, the copy, in the section of Philosophy, Thinking, etc., so upright, so appealing?, With its little log-cabin sheltered between three neat trees —cedars and a fir?—, a volume published by Errata Naturae —from this very publisher I read for the third time Marco Aurelio’s Meditations Illustrated and an anthology of Lev Tolstoy by Stefan Zweig—, which meant something interesting. It was on the shelves at the back of the shop and in front of an illuminated window. I came closer to take a better look, leaving behind a table full of covers of an exquisite constipation of the reasoning. It was Walden, by Henry David Thoreau (1817-1862).

I held the book in my hand while thinking for a while. I did not know whether to buy it or not. I had committed myself not to be tempted to buy a book of essays which was not pure fiction. I was letting myself be seduced by the need of penetrating the messy subjetive perspectives. But then I remembered something. I was twenty years old and I was in my class of North American Literature; a subject in which I believed I had not learned anything and I still do. However, there were a couple of things that got into my memory to stay, such as, for example, how the professor tapped his head with the microphone to check that it worked, and also the North American transcendentalists, among other things, that trend or movement from which emerged names like Thoreau, Emerson, Dickinson… —whether they belonged or not to the movement— in no order nor coherence from the part of the teacher, but pronounced with great enthusiasm. I got the idea that Thoreau was a kind of dissident, opposing the ideas of his times, who would call to civil and pacific disobedience, for which cause he was several times imprisoned; but, overall, a man who decided to spend two years retired from society near the Walden Pond in Concord, Massachussets. Be it as it were that I remembered this, I also remembered that I had tried to read it in the past unsuccessfully. And there I was, holding the book in my hand and remembering and finding excuses not to decline the attempt. Eventually I took it home. It is obvious.

I finished reading it two days ago —the number «two» must already mean something in all this process because it keeps coming up—. What our bizarre professor of North American Literature had told us turned out to be true. Thoreau had retired from society to spend two years near the Walden Pond and he did it to take a committed perspective with nature and create a constructive critique of the attitude and the necessities of the human being. The modernity of his views is astounding. But this is not what I liked best of his work. What I liked best is that I could read more than a hundred pages not feeling exhausted in my head, which makes me think that this experience has meant great progress in my growth as a reader or a landmark that defines the limits of my patience. Or it is just that there are things that I like and others that I do not. It does not matter what the reason is, the question is that I like this new path that I have started to walk. From this point, Walden, I have returned to my past pleasures —and they do not have to do with the experience of the author in the woods precisely—, while I continue to discover what I had left behind going against my own intuition. In matters of reading, not to mention other fields, however much we are told that we can be helped by others to discover what we like, I am more and more certain that it is only us that can help ourselves to discover it.

Anyway, I am glad to have read Thoreau, at last, after so many years ever since I first heard his name being pronounced.

This quote may have little to do with the essence of what I have written here, and yet I think it is appropriate and I love it:

«Still we live meanly, like ants; though the fable tells us that we were long ago changed into men; like pygmies we fight with cranes; it is error upon error, and clout upon clout, and our best virtue has for its occasion a superfluous and evitable wretchedness. Our life is frittered away by detail. An honest man has hardly need to count more than his ten fingers, or in extreme cases he may add his ten toes, and lump the rest. Simplicity, simplicity, simplicity! I say, let your affairs be as two or three, and not a hundred or a thousand; instead of a million count half a dozen, and keep your accounts on your thumb nail.»