Orígenes: Estado 2

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El primer latido

Pastel y grafito ©Rubal

En serio, ¿de dónde venimos?, ¿por qué somos quienes somos, lo que somos?, ¿por qué mujer y no hombre, o viceversa?, ¿quién pensó que debería haber un norte o un sur?, ¿quién decidió cómo debía escribirse esta historia?, ¿por qué de este a oeste recorremos un día y al contrario nos lo saltamos?, ¿por qué hablamos una lengua de signos y sonidos y llamamos sordos a quienes no los oyen y mudos a quienes no los pronuncian?, ¿por qué fingimos no comprender una simple mirada o un gesto?, ¿por qué nacemos en una familia de pobres o de ricos?, ¿qué significan las palabras «merecer» y «valer»?, ¿quién se cree todavía a estas alturas que puede haber sangre azul en las venas?… ¿Por qué vivimos en un tiempo o en otro?, ¿por qué en mitad de una guerra?, ¿por qué utilizamos un símbolo para representarnos y el zodiaco para significarnos?, ¿por qué ignoramos nuestro cuerpo, nuestra cabeza?, ¿por qué ignoramos nuestros sentimientos o los vestimos con disfraces?, ¿por qué somos hijos únicos o una más de la camada?, ¿por qué somos el primero, el segundo o la tercera…? ¿Por qué buscamos separar lo bello de lo feo…? Bueno, esto ya es demasiado para un primer latido.

¿De quién era yo entonces?
No sé; ¿quién puede saberlo?
La razón, mi compañera.
A ella me dieron cuando rompí en llanto.
A ella pertenezco ahora, ¿no?

Aun cuando la eludo
y la golpeo hasta desangrar,
ella se arrastra,
me pide entrar de nuevo
para ser mi manto.

Pero, bueno, puedo imaginar que no le pertenezco,
fantasear con esa idea que acapara los sentidos
mientras floto en el semen de un enorme y opaco silencio.

A través de esas paredes de corcho,
por las que apenas se introduce un lamento,
una voz aguda, estridente, anunció de pronto:
«Esa eres tú. Sentirás y serás mía
porque yo no puedo evitarlo.»
Así que de nuevo estoy con ella,
todo el tiempo,
a pesar del corcho,
a pesar del silencio.

Párate de una vez.
Sé niña. Sé algo informe.
Córtate el apéndice que cuelga
de las glándulas insistentemente torpes.
Duerme, duerme. Sé agua.
Sé aire. Sé un pulmón combatiente.
Derrítete entre el flujo de tu ADN.
No aferres la cadena. Recórrela
hasta alcanzar un resplandeciente limbo,
ahí donde se ahogan las religiones.

«Vale, creo que llego, estoy llegando.»
Respira, exhala, agoniza. Déjate morir.
Respira de nuevo.
Eres la nada incorpórea. Sientes.
No eres de nadie y a nadie perteneces,
de momento.


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