Orígenes: Estado 5 / Origins: Stage 5

Bilingüe/Bilingual, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi poesía / My Poetry, Mi prosa / My Prose, Proyectos terminados / Completed Projects

Ventanas

Hay días en los que me conviene más quedarme apoyada en el alfeizar de la ventana. Oigo los ruidos cotidianos. Me llegan los olores de los árboles más cercanos, del tránsito de los coches que ruedan hasta el cruce y esperan, y luego vuelven a arrancar; de una obra lejana que repara la fachada; de una furgoneta vieja que se detiene para descargar su mercancía de pollos, huevos y lácteos, o de la que descarga la fruta del pequeño autoservicio que está debajo de mi casa. Veo las personas ocupadas, marchando arriba y abajo por la acera desgastada. Veo cómo miran sus móviles, entran en un comercio, salen de tomar un café. Juegan con las llaves de los comercios y despachos en sus manos. Veo viejos que se sientan en el banco de la esquina acompañados o solos. Encuentros casuales de vecinos. Conversaciones rituales de porteros con trabajadores que reforman un piso. Yo veo todo esto y me gusta, y siento que ya no necesito salir a la calle. No en esos días.

Quizá no sea el momento,
quizá la tinta no pueda caer sobre la tecla,
quizá los dedos, enfriados o dormidos por el calor
de un momento excesivo,no puedan sugerir un signo.

Quizá abra la ventana
para recibir el aire con la boca,
el olor de la calle en calma
—y si eso fuera posible—,
y el sonido de una vida apurada.

Después nada, después calma,
después beber, comer, caminar,
cogerle de la mano a mi sombra
y alzar el vuelo
a solo un metro del suelo.
Hallarme cerca de lo invisible
y consciente de las piedras
que llevo en mi bolsillo,
aunque me pesen,
aunque no las vea.

Pastel y grafito ©Rubal

Windows

There are days when I prefer to lean on the window sill. I hear the daily noises, I receive the smell of the nearest trees, the sound of the passing cars that run up to the crosswalk and wait, and then restart their engines; of some far off work on the process of repairing a facade; of an old van that stops to unload chicken, eggs and dairy product, or of the one that unloads fruit for the small shop beneath my flat. I see busy people, walking up and down the worn away pavement. I see how they look at their mobile phones, get into a shop, get out to have a coffee. They fidget with the keys of stores and offices in their hands. I see old people that sit on the bench round the corner accompanied or alone. Neighbours meeting coincidentally. Customary conversation between a concierge and workers who are redoing a flat. I see all this and I like it, and I feel I do not need to go out to the street. Not on these days.

Perhaps it is not the time;
perhaps the ink cannot fall upon the keyboard,
perhaps fingers, cold or numb with the heat
of an excessive instant,
cannot suggest a sign.

Perhaps I will open the window
to receive the air in my mouth,
the smell of the street in peace
—if that should be possible—,
the sound of a depleted life.

Then nothing, then quietude,
then drink, eat, walk,
take my shadow by the hand
and take off
just a metre away from the ground.
Find myself close to the invisible
and aware of the stones
that I carry in my pocket,
though they feel heavy on me,
though I cannot see them.