Memorias de una lectura

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

A menudo he intentado hacer memoria para recordar cuál de las obras de Dostoievski me leí primero. Casi seguro fue El jugador en 1985. A partir de entonces, durante un breve espacio de tiempo, me leí otras tantas obras suyas seguidas, y ya después abandoné el hábito.

Hasta hace poco. Retomé el habito con Pobres gentes (o Pobre gente, como la tiene publicada la editorial Alba Minus), que, siendo la primera que publicó el autor, era curiosamente de las pocas que me había dejado sin leer.

Yo buscando palabras ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mientras tanto, no he dejado de visitar otros autores rusos coetáneos o más jóvenes o más viejos. En general —y no sé explicar la razón—, hay algo en la literatura rusa que me atrae mucho, especialmente sus novelas cortas o cuentos. Con frecuencia se ocultan tras las obras extensas y más conocidas.

Un calle de San Petersburgo ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Pero no quería hablar de literatura rusa, ni de la obra de Dostoievski —me cuesta en este momento rebuscar entre las palabras—.

F. D. Dostoievski ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mi intención era rendirle un tributo a la memoria de mis primeras lecturas de adolescente, durante las cuales, más o menos, ya se me iba perfilando una necesidad de escribir o de ilustrar las historias que revoloteaban por mi cabeza —muchas veces, a raíz de esas mismas lecturas, y desde luego, de las de Dostoievski—.

La verdad es que cuando dibujaba, apenas podía escribir y cuando escribía apenas podía dibujar. Como si las dos destrezas se excluyesen mutuamente. Todavía me pasa, pero ahora me dejo llevar, porque al fin y al cabo llegan al mismo punto, al deseo de expresarme.

Mi pequeño dossier ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Altos de los edificios

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose, Paisaje urbano / Urban Landscape
Pintura acrílica sobre papel figueras ©Rubal

Me he fijado desde muy joven en los altos de los edificios. Muestran una luz que no podemos ver a la altura de nuestros ojos sobre fachadas o bañando las aceras.

Con frecuencia me he andado señalando a la persona de al lado el ángulo de luz y sombra de aquella cornisa o de aquel tejado.

A mi madre le decía que cuando llegaba el otoño, había un momento determinado en el que el reflejo del sol parecía descolgarse del frente de los edificios. Irradiaba un haz de luz blanca, oscilante como el péndulo de un enorme reloj de pared, que en cuestión de minutos se desvanecía. Yo lo llamaba el medallón del otoño. Sentía entonces, por breves instantes una mezcla de euforia y melancolía intensa que, al igual que la luz, desaparecía.

Terapia

Dibujo y color / Drawing and Colour, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing
Acuarela, pastel y grafito ©Rubal

Fritz Perls trabajaba sobre la base de que en los sueños cualquier personaje, cualquier objeto y cualquier escenario que aparece, que creamos desde el subconsciente, somos siempre nosotros, cada cual que sueña.

Él decía que somos esa casa que está destruida, o ese avión que no está pilotado por nadie, o esa persona con la que el protagonista, nosotros, hablamos, y que a veces le vemos la cara y otra no, que todo ello somos nosotros. Nosotros confrontándonos a nosotros continuamente. Un diálogo onírico con el sí mismo.

Tenía una práctica a la que la llamaba la «silla caliente» —hablo desde la memoria— que consistía en sentar en una silla a las personas que querían voluntariamente contar algún sueño suyo, porque en teoría buscaban sanarse, ayudarse; esto sucedía ocasionalmente o siempre, no sé, delante del resto de personas que asistía también a la terapia para su propia sanación, beneficio de compartir la experiencia, etc. Entonces comenzaban a contar el sueño y, como es común hablar en tercera persona de una misma, él corregía y les ponía el “yo”, la primera persona en los labios antes de que avanzaran. A medida que progresaba el relato del sueño les hacía preguntas, o más bien les daba pie para seguir, pero en todo momento les decía algo así como: “no, el avión no; yo soy el avión. Yo vuelo; la casa está en ruinas no, yo estoy en ruinas…”. De hecho, captaba la falsedad o la necesidad de zafarse de la persona, o el desafío hacia el terapeuta, y entonces Perls mismo encaraba el asunto apercibiendo o directamente interrumpiendo el ejercicio.

Saco todo esto principalmente del ejemplar que tengo de Sueños y existencia¹, plagado de diálogo, de enfados, de desasosiego. Tremendo cuando se nos pone a hablar en primera persona.

Bien, esto no va de psicología, va de lo siguiente: en mi sueño hoy yo era una mujer que entraba en el local donde yo tenía hace unos años mi negocio, y yo era el local usurpado por otras personas que les parecía mal que me hubiera colado en el local, es decir, en mí misma, cuando ya no me pertenecía, y al parecer no por primera vez. Entonces yo era el local habitado o usurpado, y yo era esos propietarios que me impedían entrar de nuevo y que me miraban por encima del hombro. Y era esa persona, otra vez, que les pedía que me escucharan, que escucharan la intención de haber acudido otra vez al viejo lugar que ya había ocupado yo antes, y yo era esa persona-propietaria —porque de pronto era solo una mujer la propietaria— que se negaba a escuchar las excusas y se marchaba como dándome un ultimátum y con la mirada desdeñosa; y yo era esa que ante la mirada desdeñosa le pedía, no, le rogaba que me esperase, que me escuchase; le rogaba y le rogaba… Mi voz rogaba con un sentimiento que no había sentido jamás en el mundo de lo tangible, y entonces se detuvo, quiero decir, me detuve y escuché, pero ya no recuerdo más.

  1. Sueños y existencia (1974, reimpr. 2012) , Fritz Perls, publicado por la Editorial Cuatro vientos.