De versiones y originales

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing, Mi prosa / My Prose, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

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¿Qué fue de esos momentos de nuestra infancia o nuestra adolescencia, que nos permitían repetir la misma historia tantas veces como queríamos? A mí se me había muerto ese deseo, o no encontraba momento. Es fácil repetir el visionado de una película cuando te la reponen infinito en la televisión, pero que una encuentre el tiempo y lugar para regresar voluntariamente a las historias que le emocionaron o le entusiasmaron, eso es otra cosa. Afortunadamente, empiezo a tener la ocasión de hacerlo de nuevo.

Desde que estrenaron la serie de Netflix La maldición de Hill House (2018), la he visto ya tres veces. Había visto una versión anterior de la novela de Shirley Jackson a manos del director Jan de Bont, a la que llamó The Haunting (1999)—en español se llamó La guarida—. Esta versión no me dejó ningún tipo de huella. Otra película de casa encantadas con final aguado.

Siento decir que entonces no supe que se basaba en la novela de Jackson (1959), o en ninguna otra novela, hasta que vi la serie de Netflix a cargo del director Mike Flanagan. Fue a partir de ver esta versión cuando empecé a oír acerca de la existencia de la novela y de su autora… Oh, cómo lo lamento, de verdad.

No sé cómo hacer para no desviarme de lo que quiero decir ahora. Se me agolpan las ideas, porque esto no iba a ir de Shirley Jackson exactamente, aunque la roce. Prefiero reservarla para cuando vaya avanzando en sus lecturas, que ya son unas cuantas realizadas. Esto va de qué me ha impulsado a ver la versión de Flanagan ya tres veces.

El caso es sencillo. He visto el reflejo de una familia que batalla sus propios fantasmas. La familia es un tema central de la literatura de Shirley Jackson, pero la versión de Flanagan me es más cercana. No se trata de estropear el argumento para el que quiera verla. Tan solo decir que el tratamiento del dolor, del miedo, de la negación de la realidad es admirable. En la serie son siete miembros en la familia y en la mía éramos siete; aunque no tuviera que ser un reflejo de mi vivencia, no he podido evitar comprender muchos de los temas que acosan a una familia y que incluso me ha ayudado en un determinado momento para aliviar una presión personal a través de la ficción, de extrapolarlo a una historia basada en hechos sobrenaturales. En las siguientes ocasiones ya solo se ha tratado de un extraño disfrute, por mi parte, y de estar aprendiendo a tomar una perspectiva creativa para solucionar lo que en la realidad no tiene solución posible. Hasta aquí en cuanto a identificaciones.

En cuanto al género de terror al que pertenece, ha resucitado en mí algún gusto mío por el misterio que tenía ya desde pequeña. La cuestión es que mi gusto por el género del terror es limitado, no me gusta todo lo que ahora encierra el género, pero la serie de La maldición de Hill House me ha renovado las ganas por indagar qué tipo de terror acepto y por qué. Gracias a esta versión he acudido a las fuentes originales que dio pie a que el resto hiciera sus variopintas versiones, y me estoy refiriendo a las novelas de Shirley Jackson, y gracias a acudir a estas fuentes originales, estoy descubriendo un mundo al que no le había dado la debida oportunidad de conocer, recorriendo en su lugar otras letras que en este momento no me estaban reportando tanto placer. Y no solo se trata del placer o el gusto de mi yo lector, sino de los temas sobre los que normalmente estaba escribiendo. He comprendido que si una no escribe sobre lo que conoce y si una no halla el formato adecuado para transmitirlo, no podrá alcanzar el resultado que desea; sonará ficticio e inverosímil.

Dejo aquí una cita que me fascina y que aparece en la serie —no recuerdo si aparece en la novela—, y es:

«Some things can’t be told. You live them or you don’t. But they can’t be told.»

Mi versión en español:

«Algunas cosas no pueden ser contadas. Las vives o no. Pero no pueden ser contadas.»

Qué tremendo es entonces el papel del escritor —o el del director en este caso también—, hacer que el lector o el espectador las vivamos sin sentir que nos las están contando. Y en mi opinión, tanto en la serie, que es versión, como en el original, los autores lo consiguen perfectamente.

Sanguina, Carboncillo y grafitos ©Rubal


On versions and originals

What happened to those moments of our childhood or our adolescence which allowed us to repeat the same story as many times as we wanted? That desire had died for me, or I couldn’t find a moment. It is easy to repeat the viewing of a movie when it is put on television repeatedly; but to find the time and place to go back voluntarily to the stories that fascinated or excited us, that is another thing. Fortunately, I am beginning to have the chance to do it again.

Since the release of the The Haunting of Hill House series (2018) on Netflix, I’ve seen it three times already. I had seen an earlier version of Shirley Jackson’s novel directed by Jan de Bont, which was titled The Haunting (1999) —in Spanish, La guarida—. This version did not leave any kind of mark on me. Another haunted house movie with a watery end.

I’m sorry to say that I did not know then that it was based on Jackson’s novel (1959), or on any on other novel at all, until I watched the Netflix series directed by Mike Flanagan. It was from seeing this version when I began to hear about the existence of the novel and its author … Oh, how sorry, really.

I do not know how to do so as not to deviate from what I want to say now. My ideas flood in because this was not supposed to be about Shirley Jackson exactly, even if it just touched her. I prefer to save it for when I read on her works; I have already done a few of them. This is about what has prompted me to see Flanagan’s version three times so far.

The case is simple. I have seen the reflection of a family that battles against their own ghosts. The family is a central theme in Shirley Jackson’s literature, but Flanagan’s version is closer to me. This is not about spoiling the plot for those who want to see it. Suffice it to say that the treatment of pain, fear, and denial of reality is admirable. In the series there are seven members in the family and in mine there were seven as well. Although it did not have to be a reflection of my experience, I could not help understanding many of the issues that plague a family; it has even helped me at a certain time to relieve personal pressure through fiction, to extrapolate it to a story based on supernatural facts. As for the rest of the times when I have seen it again, it has provided a sort of strange enjoyment, for my part; the possibility to learn to take a creative perspective on solving what has no possible solution in real life. So far in terms of identifications.

As for the kind of terror to which the story belongs, it has relived in me some taste of mine for the mystery I had since I was little. The point is that my taste for the horror genre is limited, I do not like everything that the genre now encompasses, but The Haunting of Hill House series has aroused my desire to look into what kind of terror I accept and why. Thanks to this version I have turned to the original source of it, that one which made it possible for the rest to think up their various versions —and I am referring to the novels by Shirley Jackson—, and because I have gone to the original source, I am discovering a world I did not allow myself the right opportunity to get to know, instead having paid attention to other letters that, at the time, would not be bringing me as much pleasure. And it is not just about my pleasure or my taste as a reader, but also about the topics I was normally writing about. I have understood that if one does not write about what a person knows and if one does not find the appropriate format to transmit it, it will not be possible to achieve the result that is intended; It would sound fictional and implausible.

I leave here a quotation that fascinates me and that appears in the series —I cannot recall that it appears in the novel—; and it the following:

«Some things can’t be told. You live them or you don’t. But they can’t be told. »

How tremendous is then the role of the writer —or that of the director—: to make the reader or the viewer live the things without noticing that they are being told. And in my opinion, both in the series, the version, as well as in the original, the authors manage to get it perfectly done.

La maldición de Hill House, de Shirley Jackson.
Publicada por la editorial Minúscula (2019)

Thoreau en Walden

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing, Mi prosa / My Prose

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No puedo añadir nada más interesante que lo que aportaría cualquier referencia en la red sobre la vida de este hombre. El motivo que me ha impulsado a dedicarle unas líneas es porque acabo de leer su obra y porque, de un tiempo a esta parte, es una de las pocas obras de ensayo con más de cien páginas que he querido continuar leyendo. Ya se sabe que el acto de leer va por temporadas. Durante dos años más o menos, hasta hace unos meses, tenía que abandonar todo intento de leer cualquier cuestión densa que no fuera ficción. Incluso siendo ficción me costaba. No voy a dar marcha atrás para explicar razones, pero sí puedo constatar que se trataba de una etapa de transición y que por alguna extraña obsesión seguía consejos de lectura de otros que sentía que debía realizar a pesar de lo mucho que me costara acometerlos. Probablemente una etapa de rebeldía contradictoria. Aunque ahora ya comprendo a qué se debía, se trata de una historia demasiado larga incluso para contármela a mí misma. Sin embargo, hace un mes fui a la librería y lo vi ahí, el ejemplar, en la sección de Filosofía, pensamiento, etc., tan erguido, ¿tan apetecible?, con su cabañita cobijada entre tres pulcros árboles —¿cedros y un abeto?— , un volumen publicado por Errata Naturae —ya de esta editorial me leí por tercera vez las Meditaciones de Marco Aurelio ilustradas y una antología de Lev Tolstoi, La revolución interior, a cargo de Stefan Zweig—, lo cual significaba algo interesante. Estaba sobre los estantes del fondo y delante de una ventana iluminada. Me acerqué para verlo mejor, dejando atrás una mesa repleta de portadas de exquisito estreñimiento de la razón. Era Walden, de Henry David Thoreau (1817-1862).

Me quedé con el libro en la mano pensando un buen rato. No sabía si comprarlo o no. Me había prometido no caer en la tentación de comprar un libro de ensayo que no fuera pura ficción. Me estaba dejando seducir de nuevo por el deseo de penetrar en la maraña de las perspectivas subjetivas. Pero entonces me vino un recuerdo. Yo tenía veinte años y estaba en mi clase de Literatura Norteamericana; una asignatura en la que creía que no había aprendido nada y sigo creyéndolo. Sin embargo, hubo muchas cosas que se me quedaron grabadas en la memoria, como por ejemplo, cómo se golpeaba el profesor la cabeza con el micrófono para comprobar que funcionaba, y también los trascendentalistas norteamericanos, entre otras cosas, esa tendencia o movimiento de los que emergían nombres como Thoreau, Emerson, Dickinson…, sin orden ni concierto por parte del docente, pero que pronunciaba con mucho entusiasmo. Se me quedó la idea de que Thoreau era una especie de disidente de las ideas de su tiempo, que llamaba a la desobediencia civil y pacífica, por la que fue encarcelado en sucesivas ocasiones, pero, sobre todo, un hombre que decidió pasar dos años retirado de la sociedad cerca del lago Walden en Concord, Massachussets . Como quiera que fuera que recordé esto, también recordé que en el pasado ya había intentado leerlo sin éxito. Y ahí estaba yo, con el libro en la mano y recordando y casi buscando excusas para no deponer el intento. Finalmente me lo llevé a casa. Es evidente.

Terminé de leerlo hace dos días —el número dos ya debe de significar algo en todo este proceso porque se me está repitiendo—. Lo que nos había contado nuestro excéntrico profesor de Literatura Norteamericana resultó ser cierto. Thoreau se retiró de la sociedad para pasar dos años cerca del lago Walden y lo hizo para tomar una perspectiva comprometida con la naturaleza y hacer una crítica constructiva de la actitud y las necesidades del ser humano. Su modernidad es sorprendente. Pero esto no es lo que más me ha gustado de su obra. Lo que más me ha gustado de su obra es que pude leer más de cien páginas sin sentir un tremendo cansancio en la cabeza. Lo que me hace pensar que su lectura ha significado un avance en mi crecimiento como lectora o un hito que demarca los límites de mi paciencia. O simplemente que hay cosas que me gustan y otras no. No importa la causa; la cuestión es que este nuevo camino que acabo de empezar a recorrer me gusta. A partir de este punto, Walden, he regresado a mis placeres de antes —y no tienen que ver precisamente con la experiencia de su autor en los bosques—, mientras continúo descubriendo lo que me había dejado atrás por no seguir mi propia intuición. Por más que nos digan que nos pueden ayudar a descubrir lo que nos gusta, cada vez tengo más la certeza de que solo nosotros mismos podemos ayudarnos a descubrirlo.

En cualquier caso, me alegro de haber leído a Thoreau, por fin, después de tantos años desde que me oyera pronunciar su nombre por primera vez.

Puede que esta cita tenga poco que ver con la esencia de lo que he escrito, sin embargo, creo que es apropiada y me encanta:

«Vivimos aún de forma miserable, como las hormigas, aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho que fuimos transformados en hombres; luchamos contra las grullas como hicieron los pigmeos, acumulando error tras error y remiendo sobre remiendo, y nuestra mejor virtud nos encamina en esta ocasión hacia una desgracia superflua y evitable. Nuestra vida se pierde en los detalles. Un hombre honrado pocas veces necesita contar más allá de sus diez dedos, y, en un caso extremo, puede añadir los diez de los pies y olvidar el resto. ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil; y en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar.»

Anoto aquí un enlace que dirige a un artículo de la editorial Impedimenta sobre Thoreau y que considero interesante.

Artículo de Impedimenta sobre Thoreau


Thoreau at Walden

I cannot add anything more interesting than what any reference on the net would bring about this man’s life. The reason that has led me to dedicate a few lines to him is because I just read his work and because, for some time now, it is one of the few essay works containing more than one hundred pages that I wanted to continue reading. It is already known that the act of reading goes by season. For two years or so, until a few months ago, I had to give up any attempt to read a dense writing that was not fiction. Even fiction cost me. I will not go back to explain reasons, but I can see that it was a transitional stage, and that for some strange obsession I would follow reading advice from others that gave me a hard time to accomplish, still with the conviction that I should do it. Probably a stage of contradictory rebellion. Although I already understand what it was about, it is a far too long story to tell even to myself. However, a month ago I went to the bookstore and I saw it there, the copy, in the section of Philosophy, Thinking, etc., so upright, so appealing?, With its little log-cabin sheltered between three neat trees —cedars and a fir?—, a volume published by Errata Naturae —from this very publisher I read for the third time Marco Aurelio’s Meditations Illustrated and an anthology of Lev Tolstoy by Stefan Zweig—, which meant something interesting. It was on the shelves at the back of the shop and in front of an illuminated window. I came closer to take a better look, leaving behind a table full of covers of an exquisite constipation of the reasoning. It was Walden, by Henry David Thoreau (1817-1862).

I held the book in my hand while thinking for a while. I did not know whether to buy it or not. I had committed myself not to be tempted to buy a book of essays which was not pure fiction. I was letting myself be seduced by the need of penetrating the messy subjetive perspectives. But then I remembered something. I was twenty years old and I was in my class of North American Literature; a subject in which I believed I had not learned anything and I still do. However, there were a couple of things that got into my memory to stay, such as, for example, how the professor tapped his head with the microphone to check that it worked, and also the North American transcendentalists, among other things, that trend or movement from which emerged names like Thoreau, Emerson, Dickinson… —whether they belonged or not to the movement— in no order nor coherence from the part of the teacher, but pronounced with great enthusiasm. I got the idea that Thoreau was a kind of dissident, opposing the ideas of his times, who would call to civil and pacific disobedience, for which cause he was several times imprisoned; but, overall, a man who decided to spend two years retired from society near the Walden Pond in Concord, Massachussets. Be it as it were that I remembered this, I also remembered that I had tried to read it in the past unsuccessfully. And there I was, holding the book in my hand and remembering and finding excuses not to decline the attempt. Eventually I took it home. It is obvious.

I finished reading it two days ago —the number «two» must already mean something in all this process because it keeps coming up—. What our bizarre professor of North American Literature had told us turned out to be true. Thoreau had retired from society to spend two years near the Walden Pond and he did it to take a committed perspective with nature and create a constructive critique of the attitude and the necessities of the human being. The modernity of his views is astounding. But this is not what I liked best of his work. What I liked best is that I could read more than a hundred pages not feeling exhausted in my head, which makes me think that this experience has meant great progress in my growth as a reader or a landmark that defines the limits of my patience. Or it is just that there are things that I like and others that I do not. It does not matter what the reason is, the question is that I like this new path that I have started to walk. From this point, Walden, I have returned to my past pleasures —and they do not have to do with the experience of the author in the woods precisely—, while I continue to discover what I had left behind going against my own intuition. In matters of reading, not to mention other fields, however much we are told that we can be helped by others to discover what we like, I am more and more certain that it is only us that can help ourselves to discover it.

Anyway, I am glad to have read Thoreau, at last, after so many years ever since I first heard his name being pronounced.

This quote may have little to do with the essence of what I have written here, and yet I think it is appropriate and I love it:

«Still we live meanly, like ants; though the fable tells us that we were long ago changed into men; like pygmies we fight with cranes; it is error upon error, and clout upon clout, and our best virtue has for its occasion a superfluous and evitable wretchedness. Our life is frittered away by detail. An honest man has hardly need to count more than his ten fingers, or in extreme cases he may add his ten toes, and lump the rest. Simplicity, simplicity, simplicity! I say, let your affairs be as two or three, and not a hundred or a thousand; instead of a million count half a dozen, and keep your accounts on your thumb nail.»

Silencios y temas recurrentes

Cruce de caminos / Crossroads, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

Hace tiempo me castigaba por tener momentos en los que no quería coger para nada el bolígrafo para escribir, así como momentos en los que no me apetecía coger el lápiz para dibujar. Pero un día, y no sé cuándo fue, ocurrió que me dije «basta» y me rebelé contra el degenerado subconsciente que me dictaba desde no sé qué experiencia del pasado, o bien desde la conducta o el hábito mal aprendidos, lo que debería estar haciendo; misteriosa y mágicamente todo supuesto de obligación se disipó. Dejé de hacer por obligación y descansé y disfruté. Me dije: «Como si no me regresa el deseo nunca más. No pasa nada». Y en esos días estoy ahora. De hecho, cuando estoy de ese ánimo, asoma otra actitud, que es la de la lectura y otras actividades que me dan alimento. Leo, observo y contemplo. Me da tiempo para asociar y conectar ideas. Lo decía muy bien Bertrand Russell —y no solo él, estoy segura de ello—. Russell aseguraba —y la referencia se puede encontrar en su obra La conquista de la felicidad— que era en esos momentos de silencio, aparentemente inactivos, donde se resolvían sus problemas. Cuando regresaba al trabajo obtenía el resultado deseado. Algo así como un período de incubación que muchos tratadistas de la Creatividad con mayúsculas ya dan por hecho. Sin embargo, nosotros nos encontramos todavía en los lugares comunes y recurrentes, castigándonos por nuestros silencios creativos, en lugar de descansar e incubar. O puede que las cosas ya estén cambiando…

En cualquier caso, este es mi tiempo de asociar ideas, conectar y divagar. Es el tiempo en el que, en lugar de inventar, practico con lo que se me viene a mano. Tomo apuntes, esbozo, copio formas. Escribo lo que se me viene a la cabeza como si fuera un recordatorio de la compra… Y si el tiempo lo permite, me doy a la lectura, al cine y a las series. Pero, desde luego, es época de asociación de ideas, con pocas restricciones. Luego se van colocando ellas solas, si es que se colocan.

Así, por ejemplo, ocurre que después de realizar algunas lecturas recientes, haya llegado a la reflexión personal que he anotado arriba.


Hace algún tiempo leí el ejemplar de Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes —publicado por la editorial Acantilado—, que compila una serie de ensayos suyos, entre los que se encuentra el que se titula en español «Mi oficio». En él, la autora nos habla en un tono llano e íntimo sobre lo que la escritura significa, o significaba, para ella. No voy a destriparlo. La razón de mencionarlo ahora es porque volví a leerlo ayer noche, y porque al leerlo de nuevo me ha dado pie para reflexionar sobre los temas comunes y recurrentes en las personas. Uno de esos temas, desde luego, es el de comprender para qué estás hecha y qué quieres hacer. A veces se sabe desde el principio y a veces se averigua más tarde. Lo importante es averiguarlo con el fin de ahorrarnos el menor pesar posible en una cuestión tan simple como conocer nuestras destrezas, y también forzarnos lo menos posible a caminar una senda que nos reporta más bien poco.

Lo interesante es que he tenido oportunidad de leer las páginas de «Acerca de» de las personas que sigo en este espacio de WordPress, y veo que en muchos aspectos tienen el mismo tono que leí en Ginzburg. Es ese tono que me hace conectar con ellas y que me hizo conectar con Natalia Ginzburg. El tono que habla de estar construyendo, de ir averiguando lo que hacen sobre la marcha y de cómo sus páginas de «Acerca de» se transforman según avanzan en un sentido un otro.

Hay una lectura, y no es una página de «Acerca de», sino un libro publicado que me ha dejado en algunos de sus pasajes el mismo regusto que el escrito de Ginzburg. Pertenece a Evavill y se llama Primer párrafo. En esta obra hay momentos en el que el personaje protagonista parece reivindicar un lugar en su mundo, en su entorno, y parece encontrarlo en la escritura; aunque no lo haga de una forma evidente, se intuye, se revela.

Hay otra serie de coincidencias bellas entre ambas lecturas, con las que me identifico verdaderamente, pero no es este el momento ni el lugar para contarlas.


Natalia Ginzburg, Las pequeñas virtudes

«Cuando escribo algo, suelo pensar que es muy importante y que yo soy una gran escritora. Creo que a todos les ocurre igual. Pero hay un rinconcito de mi alma donde sé muy bien y siempre lo que soy, es decir, una escritora pequeña, muy pequeña. Juro que lo sé. Pero no me importa mucho.»

Natalia Ginzburg, «Mi oficio» en Las pequeñas virtudes.


Paloma Mozo San Juan, Primer párrafo

«Formaba parte de esa construcción de uno mismo tener un objetivo vital, definirse, así nos lo hacían creer desde pequeños cuando nos hacían la odiosa pregunta, al menos para mí, sobre qué queríamos ser de mayores. A lo mejor no resulta una cuestión antipática si sabes con claridad lo que quieres ser o al menos tienes una idea aproximada, pero yo no lo sabía.»

Paloma Mozo San Juan, Primer párrafo.

¿De qué va la Odisea?

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©Rubal
La ira de Poseidon contra Odiseo después de que este deja ciego a su hijo, el cíclope Polifemo. Este incidente retrasa «un poco» más el regreso de Odiseo a Ítaca.

Poseidon’s wrath against Odysseus after the latter has blinded his son, the one-eyed giant Polyphemus. The return of Odysseus to his home in Ithaca is therefore a little delayed.
©Rubal
Penélope teje y desteja un sudario para el rey Laertes durante veinte años para evitar caer en manos de cualquiera de sus pretendientes. La idea es que no podrá aceptar ninguna propuesta —en ausencia de su marido, Odiseo— hasta terminar dicha tarea. Eso les dice. Fiel a su pareja, desteje el paño a escondidas hasta que el engaño es descubierto. Afortunadamente, Odiseo llega a tiempo…

Penelope weaves and unweaves a shroud for king Laertes to avoid her suitors. The idea being that she will not be able to accept a marriage proposal from any of her suitors —in the absence of her husband, Odysseus— before she gets to finish such task. That’s what she tells them. Loyal to her partner, she undoes the shroud when unseen, but eventually the deceit is disclosed. Fortunately, Odysseus comes in time…

¿De qué va la Odisea? ¿Del viaje o de la espera?

Son veinte años de ausencia y veinte años de espera. Veinte años…

Con frecuencia se cree que la aventura está en el viaje, en la marcha, en la huida, en el distanciamiento. Sin embargo, mientras transcurre el viaje, la marcha, la huida, el distanciamiento, ¿qué ocurre con los que se quedan esperando la noticia del regreso? Son veinte años de fortaleza interior. Las pruebas de trabajo o dolor de una persona que viaja son las mismas pruebas de trabajo y dolor de la persona que permanece.

Entonces, dónde está realmente la «odisea»?


What is the Odyssey about? Is it about the journey or the waiting?

Twenty years of absence and twenty years of waiting. Twenty years…

Adventure is often believed to be in the journey, the leaving, the escape, the distance. However, while the journey —the leaving, the escape or the distance— takes place, what happens to those who are left to wait for a piece of news of the return? It is twenty years of inner strength. The toil and pain of a person who travels are the same as the pain and toil of the person who stays.

So, where is actually the «odyssey»?


This one goes for you, Outosego, who, of all I have met in these whereabouts, is more likely to get a better picture of the Odyssey (and its alternate ending), at least of the wonderful land where the story takes place.

(679) – Emily Dickinson

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La mayoría de encuentros o descubrimientos con poetas han sido tardíos para mí. Con frecuencia, sin embargo, he oído hablar de Emily Dickinson. Desde luego no en mis estudios de lengua inglesa, porque dependía del profesor que te tocase y de sus gustos —al mío le entusiasmaba Walt Whitman y poco más—, sino más tarde. A pesar de ello, no fue hasta hace poco que me quedé fascinada por la «persona» de la poeta. No sé cuánto de verdad hay en el mito acerca de su vida, de que apenas salió de su casa, de su dormitorio, y de que no editó (a excepción de algún caso) ninguno de sus poemas, y de una serie de cuestiones alrededor de su credo sobre la vida, la escritura de su poesía, que encierran, para mí, un aura mística ligada a la tierra. Esto último es muy propio de la época literaria de parte del siglo XIX en Estados Unidos —es ese movimiento que llaman «Transcendentalism»—, pero en Emily Dickinson se hace patente. Al menos en la figura que nos muestran los manuales y biografías. Vi, además, no hace mucho una película, Historia de una pasiónA Quiet Passion— dirigida por Terence Davies y protagonizada por Cynthia Nixon en el papel de la poeta, que ilustra muy bien la leyenda. El arte de Terence Davies me acercó más aún a las palabras de Emily Dickinson.

De todas formas, agradezco haber descubierto su poesía más tarde porque no creo que hace treinta años hubiera sabido apreciarla de la manera en la que la aprecio ahora.

Sus poemas están numerados, sin títulos.

«(679)

Cuando la noche casi ha terminado
y está tan cerca ya el amanecer
que se vuelven palpables las distancias
es el momento de alisarse el pelo,

retocar las mejillas, preguntarse
si de verdad debió de preocuparnos
esa antigua, borrada medianoche
que una hora antes nos estremeciera.»


El poema en su inglés original:

«(679)

When night is almost done,
And sunrise grows so near
That we can touch the spaces,
It’s time to smooth the hair

And get the dimples ready,
And wonder we could care
For that old faded midnight
That frightened but an hour.
»

Fuente de procedencia de la traducción y del inglés original: Publicación original de la Editorial Renacimiento (2016). Traducción de José Cereijo y María Taibo.

Poiesis

Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

La «poiesis» es el término griego que comprende el concepto de creación. Esto se lo leí por primera vez a George Steiner en una de sus maravillosas obras, Presencias reales. Aun así, todavía me quedaba la duda de si se refería a la poesía tal y como se ha entendido tradicionalmente (más o menos el género lírico) o si se refería a la creación artística en toda su extensión.

Presencias reales. Escrito por George Steiner y publicado por la editorial Destino (1992)

No fui una estudiante aplicada ni de niña ni de adolescente, por lo que es probable que en algún caso me hubieran hablado de estos conceptos y que yo no les prestara atención. Nunca he profundizado en la poesía que nos enseñaban en el colegio, en el instituto. Y la verdad es que, por lo general, todo se reducía a los cuatro o cinco nombres prominentes; fechas colindantes que marcaban el final y el principio de distintas épocas; una o dos generaciones espontáneas de fenómenos —del resto, si existieron, no importaron—; resúmenes de las introducciones de las sempiternas ediciones críticas (Castalia, Cátedra, Gredos, etc., ¿a quién puede no sonarle?) y una pasable nota después de aprenderme cuatro líneas claves uno o dos días antes del examen, que se inflaban en la hoja gracias a la capacidad de improvisación sin que rezumara demasiado conocimiento. Perorata de papagayos. Todavía no clavo las fechas de los períodos artísticos ni de los autores ni de las generaciones, salvo las que llevan incorporada la fecha —desconozco la plana completa de quienes las integraban—. Pero de la poesía como hecho, como «poiesis», como creación, yo no oía nada. No quiero ser desagradecida; quizá no prestara la suficiente atención, como ya he dicho.

Llegó después la carrera. Me definí como estudiante de Filología por aquello del inglés y porque estaría así próxima a los libros. Poco más razonamiento puedo darle a mi decisión. Tampoco en los años de universidad atisbé signo alguno de la «poiesis». Es cierto que me daba por escribir poesía —ya lo hacía desde antes—, pero era más bien una pulsión. Aparecía cuando no dibujaba, o no leía, o no escribía mis muchos cuadernos de experiencia, o no realizaba mis pinitos en la construcción de pequeñas historias. Sin embargo, no me detenía a observar si cumplía con una métrica determinada —yo no dominaba ese conocimiento—. Me dejaba llevar por un ritmo y a veces, por casualidad, me encontraba con una rima, intentando evitar la que sonaba manida. Pero de ahí a conocer la métrica antigua, la clásica, las derivaciones de ambas, las innovaciones posteriores, las características de la creación poética, sus géneros o variantes, las implicaciones derivadas de distinguir entre poesía y prosa, etc., etc.,… Sobre todo, el conocimiento ampliado de la existencia de poetas —mujeres y hombres—, de evoluciones, de consideraciones contemporáneas acerca del quehacer poético; de todo esto sabía poco o nada. Una total ignorante, que sigo siendo, aunque en menor medida.

Insisto en que no le culpo a nadie. Podría ser desinterés. Pero, ¿cómo se puede sentir desinterés y a la vez escribir poesía, o esa suerte de líneas que juntas en una disposición concreta —en una columna— parece no sonar tan mal al oído? Esto es lo que me ha costado comprender durante mucho tiempo. Hay un misterio encerrado en esta contradicción que puede que se me desvele en algún momento. Esta es mi particular búsqueda últimamente.

En cualquier caso, lo bueno de buscar es la búsqueda misma, y lo más interesante es hallar en las pequeñas, humildes, cosas. Esto es lo que me ha ocurrido al leer Todo lo que hay que saber sobre poesía de Elena Medel.

He leído este ensayo muy lentamente. Ya es el segundo libro publicado por la editorial Ariel que no me ha dejado indiferente —el primero fue Sobre el bloqueo del escritor de Victoria Nelson—; anoto esto como curiosidad solo.

Todo lo que hay que saber sobre poesía de Elena de Medel es una sencilla forma de presentar la evolución de la poesía. Muestra de una forma dinámica y atractiva el repertorio más prominente de autores en este género. De hombres y mujeres por igual, dentro de lo que la historia ha permitido. Destacando los olvidos sin neutralizar lo conocido. No tiene pretensiones de obra magna; es evidente. Pero sí es un catálogo que trata con justicia los elementos de que se compone, abarcando desde los primeros tiempos de que se tienen datos (a.C.) hasta nuestros días. Así he descubierto la poesía cinética, la digital, la ciberpoesía, la del algoritmo, etc. Y aunque el término «poesía» inunda todo el ejemplar de principio a fin, probablemente en el sentido en el que se nos ha dado a conocer, esto es, desde la enseñanza programada del sistema establecido de turno, yo aquí sí he atisbado, por fin, ese concepto de «poiesis» o creación que anega la escritura creativa en todas sus vertientes y no solo la que se refleja en el llamado género lírico, ese que se debate constantemente entre alinearse en una columna o puja por expandirse en un párrafo.

A pesar de la sencillez de esta obra, he encontrado en ella un estímulo para seguir conociendo, y conociendo, además, de una forma ordenada y tranquila. Un estímulo para seguir conociendo y para seguir haciendo, o siquiera solo para seguir leyendo y disfrutando de las enormes posibilidades y variantes de la expresión «poética» o «poesía».

Sigo sin saber si George Steiner, en sus Presencias reales, se refería a la poesía en sí al hablar de «poiesis», o a la creación artística en toda su extensión, pero por lo menos ya tengo una senda por la que empezar a caminar.

Todo lo que hay que saber sobre la poesía. Escrito por Elena Medel y publicado por la editorial Ariel (2018)

The Road Not Taken – Robert Frost

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing
Imagen ©Rubal

Debo confesar que, aunque no creo en los talleres de escritura, sí he asistido a unos cuantos; ha sido siempre por razones ajenas a las de aprender a escribir y nunca lo he hecho del tirón un curso entero. En cualquier caso, he obtenido beneficios y uno de ellos fue conocer la poesía de Robert Frost. Todo surgió a raíz de un ejercicio de escritura que nos propuso el que era entonces, hace dos años, nuestro profesor. Fueron momentos extraños. No fui una alumna regular porque las circunstancias familiares no lo permitían y, sin embargo, procuré no perder la pista de esas sesiones donde la cabeza podía morar por unos minutos en otra parte. No me resultaba fácil, pero era mejor que nada. En una de esas ocasiones en las que asistí, cayó un ejercicio curioso. Se trataba de leer el poema de Robert Frost —que anoto a continuación— y recrear a partir de él una historia donde cada uno de nosotros fuéramos los protagonistas. Si lees el poema, verás que en un momento dado el personaje debe elegir el camino a seguir, y que después de hacerlo duda de la decisión tomada. Se trataba de ponernos en su misma situación y ver qué se nos ocurría. Algo así. Yo escribí el texto que se llamaba Difference.

«EL CAMINO NO ELEGIDO

Dos caminos se bifurcaban en un bosque amarillo, 
Y apenado por no poder tomar los dos
Siendo un viajero solo, largo tiempo estuve de pie 
Mirando uno de ellos tan lejos como pude, 
Hasta donde se perdía en la espesura;

Entonces tomé el otro, imparcialmente, 
Y habiendo tenido quizás la elección acertada, 
Pues era tupido y requería uso; 
Aunque en cuanto a lo que vi allí 
Hubiera elegido cualquiera de los dos. 

Y ambos esa mañana yacían igualmente, 
¡Oh, había guardado aquel primero para otro día! 
Aun sabiendo el modo en que las cosas siguen adelante, 
Dudé si debía haber regresado sobre mis pasos. 

Debo estar diciendo esto con un suspiro 
De aquí a la eternidad:
Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, 
Yo tomé el menos transitado, 
Y eso hizo toda la diferencia.
»

Versión en español de Agustí Bartra (Fuente de procedencia: http://amediavoz.com/frost.htm#EL%20CAMINO%20NO%20ELEGIDO )

El poema en su inglés original:

«THE ROAD NOT TAKEN

Two roads diverged in a yellow wood,
And sorry I could not travel both
And be one traveler, long I stood
And looked down one as far as I could
To where it bent in the undergrowth;

Then took the other, as just as fair,
And having perhaps the better claim,
Because it was grassy and wanted wear;
Though as for that the passing there
Had worn them really about the same,

And both that morning equally lay
In leaves no step had trodden black.
Oh, I kept the first for another day!
Yet knowing how way leads on to way,
I doubted if I should ever come back.

I shall be telling this with a sigh
Somewhere ages and ages hence:
Two roads diverged in a wood, and I—
I took the one less traveled by,
And that has made all the difference.
»

(Fuente de procedencia: https://www.poetryfoundation.org/poems/44272/the-road-not-taken)

De Tarantino

Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

Esto no va exactamente de Tarantino, sino gracias a él.

Cuando estrenaron Pulp Fiction, mis dos hijos todavía no habían nacido. La gente hacía cola para entrar en el cine a verla. Mi marido y yo lo intentamos un par de veces por aquello de no quedarnos atrás merodeando por la tangente de lo popular. En esas dos veces vimos que había demasiada gente esperando para comprar entradas y nos volvíamos. Nunca nos ha gustado hacer cola por nada. Finalmente la vimos en vídeo cuando ya mi primer hijo nació, quizá cuatro años más tarde. Recuerdo a John Travolta y Uma Thurman dando los pasos que recuerdan todos los que la han visto y no visto, aunque sí esa escena. Recuerdo a Samuel L. Jackson predicar antes de pegarle un tiro a alguien. Y recuerdo a Uma Thurman colocada por la cocaína —era cocaína, ¿no?— con un reguerillo de sangre corriéndole desde uno de los agujeros de la nariz y por encima del labio. Los ojos yéndose a blanco. Recuerdo, claro, la pegadiza pieza musical de los Black Eyed Peas «Pump it» que afinca la película en mi memoria…

Pero esto tampoco va de Pulp Fiction.

La última vez que fui a ver una película en el cine con mis hijos fue cuando el mayor tenía doce o trece años y el pequeño siete u ocho; quizá fuera una año después. Me refiero a ir yo al cine con mis hijos, e ir yo al cine en cualquier caso. Ha pasado mucho tiempo de eso. Han pasado muchas cosas, como a cualquier persona, pero en mi caso siento que de verdad haya vuelto de una larga gira, de la que conservo unos pocos detalles buenos.

Entonces, después de diez años, hace tres días mi hijo pequeño, un entusiasta de la imagen, la cámara y las historias —el mayor también, aunque va más por las historias y cómo son contadas, me parece— propuso que alguien fuera con él al cine. Quería ver Érase una vez en Hollywood. Pensé que me decía que iba a ver con su gente la película, pero lo que decía era que fuéramos con él, alguien de la familia. Yo dije que claro. Se lo propuse, a mi vez, al mayor. Mi marido no apuesta por Tarantino y su horario tampoco se lo permitía, así que nos apuntamos los tres. Mis hijos y yo.

Allí estábamos ayer, los tres sentados en una sala pequeña de los Renoir. En un cine después de diez años. ¿Importaba la película que íbamos a ver? No, importaba que estábamos los tres ahí, en una sala oscura y compartida frente a la pantalla grande, después de diez años.

Érase una vez en Hollywood. La película fue lo de menos y lo de más. Al cabo de la primera hora ya esperaba que ocurriera algo en escena. ¿Cuántos años tiene Tarantino?, ¿cincuenta y séis? Los protagonistas rondaban la misma edad. Un Brad Pitt curtido y conciliado con su vida —aparentemente— y la verdad, para mí más guapo que nunca. Un Dicaprio angustiado y melancólico. Hablo de los personajes que interpretaban. En cualquier caso, la película no ha despertado mi pasión, pero no me disgustaba verla, estar ahí sentada con el resto de la gente, junto a mis hijos. Mi hijo mayor me miró el reloj al cabo de la hora. El aire acondicionado se fue notando a medida que la historia iba progresando. Algunos golpes de gracia nos hizo reír a la audiencia y nos sacó de la acción estanca. Pero no me disgustó, no. ¿Era porque habían pasado diez años y había regresado? ¿Era porque estaba compartiendo con mis hijos el visionado de una película? — somos de los que nos tragamos películas, series, etc. de todo tipo y después , o mientras tanto, compartimos por los pasillos de nuestra casa—, ¿o era también que veía la madurez en la pantalla? ¿Cuál era la media de edad entre director y actores principales?, ¿de cincuenta a sesenta y tantos?

Estoy segura de que los adeptos a Tarantino no le fallarán y dirán que esta película, la novena película de las diez que se ha propuesto grabar el director, no les ha decepcionado. Y yo no sé si lo dirán en serio o no. A mí, que no me disgusta su carrera, pero sí he me molestado en ver unas cuantas de sus propuestas, puedo decir que me ha desconcertado, poco más. Pero esto no es lo importante. Lo importante es comprender qué me dejó tranquila sentada en la butaca sin queja por los largos minutos expectantes y extrañados. Yo había crecido con esas caras. Cada una que asomaba, me traía un recuerdo instantáneo, una sensación, una inflexión del tiempo: Brad Pitt, Leonardo Dicaprio, Kurt Russell, Luke Perry, Al Pacino, Michael Madsen, etc.

Yo no sé qué dicen las críticas, ni qué dicen las interpretaciones de su montaje, de su historia. Yo vi ayer, desde la penumbra, el retrato de una vida cinematográfica madurando a la par que la mía, y desde luego agradezco que exista porque de otro modo, ¿habría regresado al cine de la mano de mis hijos, así como yo los llevaba de la mía? ¿Es el anuncio de una etapa desconocida?

No hay respuesta. Estas son las opciones de Tarantino. Algo así también intuí en la leyenda que se narraba: Érase una vez…

Érase una vez en Hollywood. Película dirigida por Quentin Tarantino y protagonizada por Leonardo Dicaprio y Brad Pitt.

Cuentos de invierno – Dinesen

Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

Termino de leer Cuentos de invierno de Isak Dinesen.

Señalo algunos párrafos, algunos finales, algunos comienzos. Mi cabeza se inclina a olvidar las cuestiones generales, pero tiende a aferrarse a un tonto detalle. Por ejemplo, el detalle de este párrafo de la imagen:

Fragmento del cuento «Peter y Rosa» de Isak Dinesen, de su colección Cuentos de invierno.

Y claro, yo supongo que es porque menciona el mes de agosto, y estamos en agosto, pero también porque es una descripción que marca la tónica de los relatos de Isak Dinesen que hasta ayer andaba leyendo. ¿Son fábulas o son ensoñaciones o son quizá que ella veía así las cosas?

Isak Dinesen era un seudónimo de escritora. Su nombre al nacer fue Karen Christentze Dinesen, y después, de casada, fue el de baronesa de Blixen-Finecke.

Dicen por ahí que ella se puso a la contra de utilizar las peripecias de los vanguardistas de la época. Vivió entre el 1885 y el 1962, o sea que, a poco que eche un vistazo a la escritura de ese período, se ve que corrieron muchas ideas, muchos sucesos que dieron la vuelta al mundo por completo.

No me ha llevado mucho tiempo leer la colección entera; no es extensa. Tampoco digo que me la haya tragado con ganas. Me he paseado por entre las letras. A veces desconectaba y seguía leyendo, pero cuando mi conciencia regresaba no me sentía exactamente perdida.

Otros fragmentos me han dejado más pensativa, por decirlo de alguna manera. Por ejemplo:

Fragmento del cuento «Los invencibles dueños de esclavos» de Isak Dinesen, de su colección Cuentos de invierno

Es un fragmento sacado de su contexto, quiero decir de su con-texto y de su tiempo, por lo que tengo que ser cauta. Esto es literatura…

Recuerdo que a la edad de dieciséis años fui a ver Memorias de África con amigas y compañeras del instituto. Fue un estreno sonado, nominado, galardonado, celebrado. Yo me dormí en la butaca. Nunca he comprendido por qué, cuando el resto del grupo, creo, salieron llorando de la sala. En las clases de lengua y literatura la profesora la puso de ejemplo de narradora oral, a la protagonista, y esa imagen, o esa idea, se me quedó grabada en la cabeza, casi como la melodía que se repite sin cesar en tu cabeza una mañana al despertar, de buenas a primeras. Era molesta. Desde entonces la televisión me ha brindado la oportunidad de ver la película unas cuantas veces, pero tampoco. ¿Queda pendiente?

Al cabo de unos cuantos años me regalaron la obra escrita en la que está basada la película. ¿La leí? No. No la leí, y, de hecho, no la conservo.

Hace unas semanas, sin embargo, compré este volumen de cuentos en una librería de segunda mano, y ayer terminé de leer su último relato.

Cuando lo vi en el escaparate, me gustó su portada, y luego la edición entera. ¿Es que necesito el invierno? En cierto sentido las palabras luego han acompañado a esa primera mirada.

Ejemplar de Cuentos de invierno de Isak Dinesen, cedido por Santillana S. A. al Círculos de Lectores

Me dejé a Homero en el Retiro

Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

Recuerdo que la profesora de Latín de segundo curso de carrera era una doctoranda que andaba a rastras con sus tesis. Se la veía literalmente entrar en clase empapada en sudor y bajo el yugo de alguna clase de migraña que velaba sus palabras al inicio de la sesión. Sin embargo, al cabo de un rato de desempolvar su discurso, lograba transmitir el entusiasmo que aún le producía el contenido de su charla e incluso, diría yo, de su propia tesis. El resultado fue que me leí a Petronio y Apuleyo, como si fueran escritores de novela del siglo XIX —y para mí decir esto ya es algo sustancioso, lo siento por los que creen que es un desfase temporal—. Tuvimos luego una profesora de Griego que además de apoyar al grupo de teatro que se formó en esa época y al que pertenecí por espacio de muy poco tiempo, nos transmitió su admiración por Hesíodo, Aristófanes y en última instancia Homero. No puedo establecer una relación entre estos tres nombres ahora, porque más me parece surgir de un sueño que de una realidad que haya yo vivido, en el caso de los griegos, pero puedo casi asegurar que también leí algo de ellos. De Homero, es posible, pero no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es que leí sobre mitología, y que me dejé llevar por autores más o menos contemporáneos, como Robert Graves, para llegar a comprender el mundo clásico. Fue una época de pensamiento y sentimiento «decadente». Por «decadente» quiero decir una especie de laxitud de emociones, el abandono a la contemplación de seres etéreos: dioses, diosas, mancebos y mancebas entregados a la ambigüedad de los sentimientos del amor y el odio. También estaba la cercanía de la muerte, el suicidio bello, etc. Una extraña mezcolanza, vaya, para una profana en el asunto. La belleza, la muerte, el éxtasis… ¿Y qué tendría que ver esto con los clásicos? No importa, la cuestión es que sí, si leía a los clásicos. Poco, pero lo hice, y resulta que treinta años más tarde, me dejo un ejemplar de la Odisea en un banco del Retiro, y me temo que en ese momento lo hice adrede. Sí, eso es lo que ocurrió no hace mucho.

Si pudiera consultarle a un psicólogo sin tener que pagarle por una pregunta tan idiota, le preguntaría por qué y cómo he llegado a abandonar una lectura que la mayoría consideran un «debe». Yo solo puedo decir que a medida que lo iba leyendo —y desde luego ya sabía de qué iba la historia gracias a todas sus versiones recontadas— me daba cuenta de que no había nada en su lectura que me atrajera a seguir leyéndola. Pero más que esto, me di cuenta de que me sentía ajena a la historia.

Sería el momento, sería rebeldía contra el canon, sería que me había hecho más vieja y cansada de pronto, sería que solo se hablaba de hombres y hombres y conceptos sobrenaturales de la mujer, qué sé yo… pero todo eso lo sentí y  tuve que dejarlo. En cuanto a lo de la antipresencia de una mujer humana y la omnipresencia del hombre humano, no es algo que me hubiera afectado en el pasado y menos con un clásico —esa es la vida en cuanto a los siglos pasados que ya no podemos cambiar—, pero fue visceral lo que sentí y de hecho me sorprendió. Fue como una bofetada del pasado que ya no puedes cambiar; una bofetada que ya había recibido sucesivamente con otras lecturas, otras lecciones, otras circunstancias donde debía poner mi alma como fabricante de textos donde anidara mi conciencia de ser mujer.

¿Para qué racionalizarlo? ¿Lo de la pregunta al psicólogo, o psicóloga? Pues no sé. Siempre tiendo a creer que me encantaría hacerle una pregunta a un especialista, o quizá un oráculo, ya que estamos; pero ¿se trata de saberlo, de racionalizarlo, de comprender mi reacción?, ¿o solo se trata de justificarme y ante quién? De momento solo hice una cosa y fue deshacerme del ejemplar. La cuestión es que lo metí en mi mochila, me fui al parque más cercano y lo dejé en uno de sus bancos con gran alivio. Ya cuando me distancié un poco le hice la foto que lo certificaba, aunque no la conservo.

Pero aquí estoy, de vuelta a las andadas y con el diablo sobre el hombro. Me hice con un ejemplar de nuevo. Vamos allá.

Necesito un oráculo para comprenderlo.

Terapia

Dibujo y color / Drawing and Colour, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing
Acuarela, pastel y grafito ©Rubal

Fritz Perls trabajaba sobre la base de que en los sueños cualquier personaje, cualquier objeto y cualquier escenario que aparece, que creamos desde el subconsciente, somos siempre nosotros, cada cual que sueña.

Él decía que somos esa casa que está destruida, o ese avión que no está pilotado por nadie, o esa persona con la que el protagonista, nosotros, hablamos, y que a veces le vemos la cara y otra no, que todo ello somos nosotros. Nosotros confrontándonos a nosotros continuamente. Un diálogo onírico con el sí mismo.

Tenía una práctica a la que la llamaba la «silla caliente» —hablo desde la memoria— que consistía en sentar en una silla a las personas que querían voluntariamente contar algún sueño suyo, porque en teoría buscaban sanarse, ayudarse; esto sucedía ocasionalmente o siempre, no sé, delante del resto de personas que asistía también a la terapia para su propia sanación, beneficio de compartir la experiencia, etc. Entonces comenzaban a contar el sueño y, como es común hablar en tercera persona de una misma, él corregía y les ponía el “yo”, la primera persona en los labios antes de que avanzaran. A medida que progresaba el relato del sueño les hacía preguntas, o más bien les daba pie para seguir, pero en todo momento les decía algo así como: “no, el avión no; yo soy el avión. Yo vuelo; la casa está en ruinas no, yo estoy en ruinas…”. De hecho, captaba la falsedad o la necesidad de zafarse de la persona, o el desafío hacia el terapeuta, y entonces Perls mismo encaraba el asunto apercibiendo o directamente interrumpiendo el ejercicio.

Saco todo esto principalmente del ejemplar que tengo de Sueños y existencia¹, plagado de diálogo, de enfados, de desasosiego. Tremendo cuando se nos pone a hablar en primera persona.

Bien, esto no va de psicología, va de lo siguiente: en mi sueño hoy yo era una mujer que entraba en el local donde yo tenía hace unos años mi negocio, y yo era el local usurpado por otras personas que les parecía mal que me hubiera colado en el local, es decir, en mí misma, cuando ya no me pertenecía, y al parecer no por primera vez. Entonces yo era el local habitado o usurpado, y yo era esos propietarios que me impedían entrar de nuevo y que me miraban por encima del hombro. Y era esa persona, otra vez, que les pedía que me escucharan, que escucharan la intención de haber acudido otra vez al viejo lugar que ya había ocupado yo antes, y yo era esa persona-propietaria —porque de pronto era solo una mujer la propietaria— que se negaba a escuchar las excusas y se marchaba como dándome un ultimátum y con la mirada desdeñosa; y yo era esa que ante la mirada desdeñosa le pedía, no, le rogaba que me esperase, que me escuchase; le rogaba y le rogaba… Mi voz rogaba con un sentimiento que no había sentido jamás en el mundo de lo tangible, y entonces se detuvo, quiero decir, me detuve y escuché, pero ya no recuerdo más.

  1. Sueños y existencia (1974, reimpr. 2012) , Fritz Perls, publicado por la Editorial Cuatro vientos.

No se me queda nada

Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing

Recuerdo la vez que hice un trabajo sobre el inglés medio para la asignatura de Lingüística Germánica, . Lo hice tomando como referencia el relato de Sir Gawain y el caballero verde en una edición con la traducción de J. R. R. Tolkien. La pena es que no conservo el libro.

Ahora estoy leyendo Los hechos del Rey Arturo de John Steinbeck. No es Tolkien ni tampoco es esta la época en la que me aficioné a las crónicas de Arturo. Steinbeck me habla y me habla y no se me queda nada.

No lo achaco al libro. Hay veces en las que los ojos toman un camino y la conciencia se apalanca.

Mejor, entonces, apartar la mirada antes que fastidiar las palabras.