Estoy de acuerdo, pero

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
©Rubal

Podemos quedarnos al margen y no participar de una charla. Podemos intervenir y estar expuestos a que nos tomen la palabra según salga, según se entienda o según se sienta el interlocutor en un momento determinado de su vida. La Pragmática en Lingüística estudiaba estos efectos en la conversación ordinaria —estudiaba muchas otras cosas, lo sé—.

¿Qué es WP, esto es, WordPress, aunque no hiciera falta que lo dijera? ¿Un lugar de conversación? ¿Un lugar de publicación? En la mayoría de los casos se toma como una herramienta de publicación, pero para mí es un escenario de conversación + publicación; sobre todo, de conversación, un tipo de conversación como la epistolar, por ejemplo. Seguramente por esta concepción mía de la plataforma WP en algunos comentarios me estire mucho o demasiado y seguramente por eso me sienta tranquila subiendo dibujos o textos que en la vida «real» no comparto con nadie, o solo en raras excepciones, rarísimas.

De todas formas yo quería dedicar este momento a la expresión «estoy de acuerdo, pero». Reflexionando sobre las palabras que utilizamos, caí en la cuenta de que con frecuencia utilizamos esta expresión. ¿Por qué, cuándo lo hacemos? Es una pregunta retórica.

Homenaje a una tormenta de nieve

Cuaderno de campo, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

No pensaba publicar esta entrada todavía, pero me ha apetecido adelantarla al leer hoy la entrada de Manuel Cerdá; en ella cita y referencia ampliamente a Tolstoi. Merece la pena que le echéis un vistazo.

Yo me negaba a leer a Tolstoi. ¿Se puede creer? Sí, era algo visceral. Desde hacía treinta años o más esto era así y me duró un buen tiempo. Ni idea de por qué. Quizá sí tuviera su explicación, pero no viene al caso. Leí alguna cosilla suya, eso sí, pero poco o lo dejaba a medias. Yo era, sin embargo, una acérrima admiradora de Dostoievksi —lo sigo siendo; con más juicio—. La cuestión es que establecí una especie de rivalidad entre los dos escritores, como lectora, que no tenía lógica.

Un día, hace diez años, vi el libro de George Steiner titulado Tolstoi o Dostoievksi en el escaparate de una pequeña librería, tan pequeña y olvidada —un poco rancia también— que en la actualidad abre cuando le da la gana. Me hice con el libro; era de esperar en mi caso, porque aquella disyuntiva hacía mención a la rivalidad que yo había estado sosteniendo hasta entonces. ¡Qué curioso que alguien la hubiera universalizado con un simple título!, ¿no? No sé si fue este libro el que levantó la veda, o que debía de suceder así, sin más, pero no tardé mucho en tener un relato de Tolstoi ante mis ojos. Fue precisamente al pasar por la misma librería pequeña cuando vi en el escaparate un libro que reunía los cuentos de tres escritores rusos —Pushkin, Chejov y el propio Tolstoi— en torno a tempestades y tormentas de nieve. Así comencé, o retomé, mi travesía con Tolstoi, con ese cuento sobre un viajero en una tormenta de nieve. Después llegó otro relato, una novela, relatos, algún ensayo, más relatos, escritos autobiográficos, otra novela… Poco a poco fui haciendo el camino que no había estado dispuesta a recorrer en el pasado. Hasta hoy.

Hace dos días me acordé de ese cuento acerca del viajero en una tormenta de nieve y me hizo pensar en mi recorrido como lectora.

©Rubal

Inspirado en el cuento de L. Tolstoi La tormenta de nieve (1856):

Hay cuentos que pasan, que se olvidan, pero existieron. Los leíste.

Hay autores a los que te negaste a leer, pero pasó el tiempo, tuviste la oportunidad de sostener una obra suya entre tus manos y, de hecho, la leíste. Esto sucedió con el relato de una larga travesía por la nieve, bajo una tormenta que azotaba el espíritu viajero. Estaba escrito por Tolstoi, y a partir de entonces le seguiste la pista; te sumiste a una persecución, como la del propio viajero para llegar a su destino que se resistía.

No importa cuál fuera la intención de este autor al escribirlo; para ti se trataba del inicio de un recorrido sin nombre que se prolongaría a pesar de la adversidad del tiempo, de la escasa visibilidad del horizonte.

Anhelos y conciencia

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
©Rubal

Me he dado cuenta de que me he pasado toda la vida, prácticamente, pensando que me gustaba escribir, pero acabo de descubrir que no era cierto. Me gusta escribir, sí; pero no me gusta tanto inventarme historias. Porque una cosa es que tengas la capacidad de montarte una historia, o una película, sobre algún tema en la cabeza, o bien que seas un gran lector de cualquier cosa, casi, y que por ello te apetezca alargar las tramas in aeternum o ad infinitum —mira qué bien me ha quedado—, y otra cosa muy diferente es que te apetezca o te figures que quieres escribir. No podría haber imaginado en el pasado el beneficio y el alivio que esta toma de conciencia me brindaría en el futuro. Qué descanso. Ahora leo con mucho más placer y leo, y veo, lo que me da la gana, incluyendo lo que «intelectualmente» se consideraría más patético.

Hace unas cuantas entradas dije que no podría participar con la regularidad con la que me gustaría en WP, porque había retomado mi actividad laboral después de una larga sequía. Creo que en el fondo lo que me pedía era hacer lo que me diera la gana cuando me diera la gana hacerlo. Creo que estaba ya tomando conciencia de algunas cosas que llevaba arrastrando desde vete tú a saber cuándo —aunque lo sé— y quería sacudírmelo de aquella manera, publicando en un espacio compartido, donde probablemente no tengamos tanto tiempo para leer tanto, pero sí ganas de sociabilizar a nuestra manera o de darnos a conocer, a veces con cierta desesperación por la incomunicabilidad de la propia sociedad de la que formamos parte.

La realidad es que no me importa si no puedo publicar con regularidad, porque lo hago cuando me apetece. Mi ritmo de trabajo de ahora me ha permitido priorizar y darme cuenta de qué me hace disfrutar. Antes me dedicaba a lo mismo, mis clases de inglés, pero siempre andaba con una esperanza, con asir algo que se me escapaba. Desde luego en cuanto escritura, siempre me andaba con ese rollo de que tenía esa «historia» en la cabeza que un día debería sacar. Menos mal que pasó. Durante unos años después, en dique seco en lo laboral forzosamente por la familia, las cosas se alborotaron en mi cabeza, pero finalmente y en este momento presente, al entrar de nuevo en un aula o al enfrentarme a un alumno en sus necesidades particulares, me recordó lo bien que me sentía en esos instantes. Solo puedo compararlo a cuando dibujo. Me pierdo y me desvanezco. Me olvido de mí misma para ceder ante lo que surge. No me ocurre cuando escribo. Es tan sencillo como eso. Encontrar tu elemento.

Daría lugar a páginas para hablar de encontrar tu propio elemento —psicoanálisis no, por favor, a estas alturas; no me interesa— y ya alguien como el especialista en educación Ken Robinson ha dedicado casi una vida entera de libros y conferencias hablando al respecto, así que para qué intentar repetirlo. Me basta con tomar conciencia de ello.

Por haber encontrado mi elemento y por volver a disfrutar de aquellos que sí escriben con vocación de fabular y hacerme soñar y olvidarme de mí misma cuando los sigo en sus tramas e historias, por todo ello, he podido ver que la regularidad con la que te dedicas a hacer algo, sea publicar en WP o socializar en la calle o en el propio hogar, no siempre depende del tiempo, sino de estar en sintonía con tus deseos o anhelos y con tu propia naturaleza.

El espectro de la luz

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©Rubal

Lo que hago es resultado del movimiento.
Una fuerza centrípeta me empuja a avanzar
por una extensa espiral,
un espectro de luz que asciende
desde el amarillo al azul más oscuro;
la larga y repetida senda
entre la vida y la muerte.

No tengo tiempo para más, y me alegro.
De este modo no recorro caminos imposibles.

La pose de la durmiente

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©Rubal

Creo que fue en algún ensayo de Ursula K. Le Guin donde encontré una referencia al mundo durmiente del legendario cuento donde una joven se pinchaba con un huso de rueca a cierta edad adolescente y por ello, debido a una maldición vengativa, caían dormidos ella y todo el reino de la que sería heredera algún día. Ursula contaba acerca de lo impresionante que debería ser merodear por aquel reino mientras todos dormían. Observar esas figuras como estatuas de cera simulando una vida en escenarios durmientes.

Lo cierto es que alguna vez he recordado esta referencia al caminar por la calle. No tiene por qué tratarse de una adolescente ni tampoco que se pinche con el huso de una rueca; podría ser simplemente que al tener que ir a sacar dinero del cajero y pasar la tarjeta, o bien al aceptar, por fin, uno de esos productos que ofrecen en descuento en las cajas de los supermercados, se quedara todo de repente paralizado. ¿Cómo sería?

En fin, como esto último no es de lógica que suceda, se me ocurre pensar en otra cosa, como por ejemplo, ¿cómo sería la princesa durmiente ahora?, ¿habría princesa durmiente, o solo habría una pose de princesa haciéndose la dormida?

En fin, creo que esto último tampoco tiene sentido. Pero bueno, no está de más que se me ocurra.

La señora Scrooge

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Lápices de colores @Rubal

¿Qué fue del señor Scrooge? ¿De Ebenezer Scrooge? ¿Qué fue de sus fantasmas y sus temores pasados, presentes y futuros? ¿Qué fue de las mil versiones de Canción de Navidad? ¿Qué fue de Dickens? ¿Quién, de los nacidos hasta los ochenta, no ha visto una vez por lo menos en televisión al señor Scrooge diciendo por Navidad: «¡Bah, paparruchas!» ?

¿Dónde estás señor Scrooge?

Pensando ayer en el señor Scrooge y quedándome prácticamente dormida, me vino a la cabeza una imagen, la visión de un mujer, quizá un poco mayor y de otra época, sentada y a la espera de algo tras haber echado las cuentas de su economía doméstica. Entonces yo le dije mentalmente: «Vamos, vamos, señora Scrooge, no seas cascarrabias. Otro día te saldrán las cuentas.» A esto, habiéndome sumido ya en el sueño, ella me respondió: «¡Bah, paparruchas!». Aunque no parecía muy convencida.

Imperfect copies

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose

Para aquellos que inspiraron los dibujos con sus fotografías. Gracias 🙂

El mundo no es tan concreto en sus formas; somos nosotros quienes le damos una forma y un significado. Cada toma de lo mismo puede transmitir un sentido diferente según las circunstancias y la sensibilidad del fotógrafo.

No me interesa la fotografía particularmente, quiero decir, en hacer yo misma las fotos. En su lugar, lo que hago es aprovecharme de los bonitos resultados de estos artistas. Intento comprender los patrones que han podido capturar mediante mi propia reproducción de bocetos, pinturas, dibujos de los mismos. De esta manera puedo distinguir las piezas del rompecabezas más claramente, o por lo menos intentarlo.

Las siguientes imágenes son una serie de bocetos inspirados en las imágenes de los fotógrafos que sigo regularmente en WordPress.  Aquellos que buscan belleza y peculiaridad en lo abstracto. 

Oleo al agua ©Rubal
Inspirado en una fotografía de Paul Militaru.
Carboncillo y pastel ©Rubal
Pastel ©Rubal
Ceras, aguarrás y pastel ©Rubal

Orígenes: Epílogo

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Hacia delante

Pastel y grafito ©Rubal

Nueve años de camino y un resultado.
Nueve etapas de espera y un resultado.
Ya no se espera de mí; ya no soy una necesidad.
No he regresado a la vida ni he vuelto a nacer,
porque solo soy la misma persona en una condición diferente.

Por fin.
Todo acabó.
Ahora hacia delante.


Orígenes: Estado 10

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Cambio de estado

Pastel y grafito ©Rubal

Conozco mis limitaciones. No soy ilimitada. Llego hasta ahí donde los límites de mi capacidad me permiten; con ello me satisfago. Juego, disfruto. Trabajo sobre los resultados y consecuencias. Me esfuerzo en el proceso. Cuando acabo y lo miro, lo que sea que haya hecho, me siento bien. No espero un juicio de valor externo. Me gusta y me digo: «Esto soy yo y me encanta cómo ha quedado».

Sin fuerzas, cansada.
Hubo tiempo para el descanso,
y llegó el alivio;
lo tengo atrapado y guardado en un frasco,
lejos del sol y el calor.

Una voz me escucha, desde el interior,
y entonces el frasco,
el líquido de alivio que contiene,
se vuelve azul,
azul como el cielo sin nubes,
barrido por la lluvia y abandonado por el aire,
por fin transformándose.


Orígenes: Estado 9

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Vestirse

Pastel y grafito ©Rubal

Dediqué un tiempo a situarme en un escenario en el que mi persona tuviera un valor concreto; un valor para la sociedad, un valor para la familia, y mi valor. ¿Y cuál es el resultado de todo ese tiempo dedicado? Quietud. Me viene una idea, que no es ni siquiera una idea, sino la chispa de una sensación que remolonea en mi cabeza, pero cojo mi cuaderno para apuntarla y de pronto se va. Después del largo tiempo invertido en robarle las palabras a la imaginación, la memoria o la experiencia, siento que no tengo nada que contar. Y así empezó todo, ¿no? El principio del fin de una etapa en la que los sentimientos brotaban antes que la forma y no se dejaban manipular por un juicio externo. Así empezó todo. La búsqueda de la forma, de la palabra precisa. Así fue el principio del fin, y el fin ha llegado. Quietud. Se acabó la lucha. Ahora hacia delante.

No puedo quedarme.
Me espera un sendero de arrestos y consecuencias
si traspaso mis dominios.

¿Por qué debería importarme?
Yo voy en dirección contraria
para encontrarme con el inicio de todo.

La lucha ya acabó.
Recorro ahora las calles del olvido,
y mientras lo hago sonrío, y me digo:

«Levanta las suelas de tus zapatos
y reescribe tu principio.»


Orígenes: Estado 8

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Página

Pastel y grafito ©Rubal

He corrido en lugar de caminar. He visto pasar mi vida como si lo hubiera hecho desde el interior de un tren, a través de sus amplias y herméticas ventanas. Desde el interior de un tren que cruzaba el campo por sendas de hierro que fueron construidas únicamente para el tránsito de sus vagones; mientras tanto, otras carreteras recorrían distintos parajes, ciudades y de pueblos. A través de las ventanas, he visto pasar el tiempo, las acciones —mi tiempo, mis acciones—, las personas con las que estuve y con las que no me he vuelto a encontrar. He visto cada porción de tiempo, cada acción, cada gesto, cada persona en cada uno de los postes que estaban dispuestos a lo largo de la línea ferroviaria. El eco de un sonido diferente percutía en mi cabeza a medida que el tren los aventajaba. He corrido, y he escrito también, pero de todo lo que he escrito me queda poco.

Apreso la página con meditado silencio
y no veo su fondo, sino su tacto.
No hay principio, o sí lo hubo, pero me olvido
—pretendidamente olvido, por supuesto, y lo consigo—,
ni hay fondo.
Es un continuo que espera su paso,
una quebrantada armonía que busca el tránsito llano,
y está aquí, junto a mí queda
y en un susurro me atiza el recuerdo
con un arma sencilla que no deja marca,
tan solo la fabricación de una tela fina
donde se proyecta su película.
Mi película, el envés de mi palabra.


Orígenes: Estado 7

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Soy

Pastel y grafito ©Rubal

Cuando por fin salgo de casa y piso el rellano de las escaleras, me giro una vez más para comprobar que la puerta está bien cerrada. Solo entonces pongo rumbo a la calle. No me importa cómo voy vestida con tal de que me sienta limpia y cómoda. No me importa si me pongo la misma camiseta o los mismos pantalones de días anteriores. No me importa si mi pelo va de un color a otro y sufre la lenta transformación hacia el blanco. Solo necesito sentir que las cosas que llevo puestas sean mi segunda piel, parte de mi naturaleza que se muestra. Así camino más liviana, como si fuera desnuda. Como en los sueños en los que caminaba sin ropa, pero conforme con mi desnudez. Me parece que llevo las prendas tatuadas en mi cuerpo. Una pintura corporal hiperrealista. Así bajo las escaleras del edificio donde vivo, después de asegurarme de que la puerta está cerrada. Así salgo de casa.

Yo era un ser más simple
y, en mi simplicidad,
también más completa,
repleta de prejuicios,
de imágenes sobre lo que podía ser,
sobre lo que podría llegar a ser.
Seleccionaba las que deseaba destacar
y entonces, entonces,
prolongaba mi llanto
o mi impotencia.

Ahora soy una puerta
que se ha cerrado a mi espalda.
Soy también
un mosaico de anécdotas,
un pantone infinito de colores
—los matices cálidos para las emociones,
los fríos para el pensamiento—,
que por la noche se descompone.
Durante el día casi todos los matices,
casi todos ellos, a veces,
se reúnen guiados por la prioridad
y el movimiento.


Orígenes: Estado 6

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La caída

Pastel y grafito ©Rubal

El alivio de la caída. Es como esa incómoda y sorpresiva patada en el sueño. Cuando despierto, lo hago con un cierto temor, pero después siento un alivio tremendo, porque para sentir la patada, la caída, no necesito justificarme.

Y si de nuevo me convierto
en un águila imperial
de garras imperfectas duras,
hechas de acero maleable,
de plumas irisadas,
del gris a la tierra quemada,
y un pico amable,
severo y elegante,
como la fibra del junco,
flexible y constante…

Y si fuera esa águila,
con ojos amarillos,
ceñidos a su presa,
vigilante y segura,
olvidada de sí misma
y de su presencia
en la oquedad del aire…

Y si emprendiera el vuelo,
si desplegara las alas
y me lanzara hacia ese lugar,
que ni ella sabe dónde…

Y si después no utilizara
sus patas doloridas y curtidas
por el ascenso y descenso continuo,
—pegada como va a las rocas
para evitar la mirada
de los que no quieren ser vistos—,
y no dejara de elevarse,
de planear por el cielo,
azul, índigo, infinito…

Y si fuera esa águila;
y si realmente fuera ella.


Orígenes: Estado 5

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Ventanas

Pastel y grafito ©Rubal

Hay días en los que me conviene más quedarme apoyada en el alfeizar de la ventana. Oigo los ruidos cotidianos. Me llegan los olores de los árboles más cercanos, del tránsito de los coches que ruedan hasta el cruce y esperan, y luego vuelven a arrancar; de una obra lejana que repara la fachada; de una furgoneta vieja que se detiene para descargar su mercancía de pollos, huevos y lácteos, o de la que descarga la fruta del pequeño autoservicio que está debajo de mi casa. Veo las personas ocupadas, marchando arriba y abajo por la acera desgastada. Veo cómo miran sus móviles, entran en un comercio, salen de tomar un café. Juegan con las llaves de los comercios y despachos en sus manos. Veo viejos que se sientan en el banco de la esquina acompañados o solos. Encuentros casuales de vecinos. Conversaciones rituales de porteros con trabajadores que reforman un piso. Yo veo todo esto y me gusta, y siento que ya no necesito salir a la calle. No en esos días.

Quizá no sea el momento,
quizá la tinta no pueda caer sobre la tecla,
quizá los dedos, enfriados o dormidos por el calor
de un momento excesivo,no puedan sugerir un signo.

Quizá abra la ventana
para recibir el aire con la boca,
el olor de la calle en calma
—y si eso fuera posible—,
y el sonido de una vida apurada.

Después nada, después calma,
después beber, comer, caminar,
cogerle de la mano a mi sombra
y alzar el vuelo
a solo un metro del suelo.
Hallarme cerca de lo invisible
y consciente de las piedras
que llevo en mi bolsillo,
aunque me pesen,
aunque no las vea.


Orígenes: Estado 4

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A veces

Pastel y grafito ©Rubal

Otras veces mi cuerpo se deja llevar. Entonces me permito mirarme al espejo; me permito pensar sin consecuencias; me permito idear una escena que de pie a una nueva historia. Son mis piernas, como a mí ya me gusta decir, las que se encargan de llevarme a donde ellas quieran. Piense lo que piense no afectará al curso que tracen los pies. Vea lo que vea en el espejo, al mirarme, no influirá en mi decisión de exponerme al mundo tal cual soy, incluso ignorando yo misma quién soy. «Quién soy»… Qué extraña expresión. Lo que soy y quien soy… Mis piernas empujan el aire que las rodea y se abren camino; por detrás le sigue mi cuerpo y mi cabeza.

A veces tengo una idea y desaparece.
Cojo un sueño y se desvanece.
A veces creo que camino y
luego, luego me desplomo,
pero mis piernas se enderezan
y vuelven.

A veces encuentro una silla donde
me siento y recojo la labor
de aquellas mujeres que a ciegas
sujetan las agujas y continúan.
De aquellas madres que hilan,
entre café y té, cinco tilas.

A veces, siempre a veces,
me miro en el agua que rezuma
del grifo de las sandeces
y me río, también lloro,
esperando sin prisa
que el líquido anegue la pila.

Orígenes: Estado 3

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Hacia dentro

Pastel y grafito ©Rubal

Hay lugares de mi cuerpo que se ponen en pie de guerra cuando intento caminar de oeste a este, y batallan. No sé qué quieren que haga. Imagino que esperan que siga la corriente caprichosa de los mares y océanos de un mundo que amenaza con consumirse y que avance durante los días de este a oeste de acuerdo a la norma. De este modo puedo amanecer con el sol y desvanecerme cuando el sol se pone, pero es que mi cabeza no siempre se dispone a comprender el curso natural de las cosas. Mi cabeza se dispersa y busca, como el río que se desborda, discurrir por vías insospechadas. Es ahí donde la expresión asoma. Yo escribo y dibujo y creo que puedo verter una vida entera en breves atemporales formatos; entonces mi cabeza se revuelve desde la lógica, que no se conforma con las sensaciones, y todo lo que ha surgido regresa a la contención de un cauce dormido.

Podría fingir que soy una ignorante,
aunque lo soy,
y dejar de lado las definiciones,
las lecciones pasadas,
el esfuerzo de alcanzar,
el castigo consecutivo al abandono.

Podría fingir que no hubo conocimiento,
que nací esta mañana y que ayer
solo fue un cuadro de suposiciones,
de intentos en balde,
de quise-ser-y-no-pude-serlo;
fingir que no hay quién más que
la tribu de mi hogar.

Podría y lo procuro,
pero el espejo de mi alma
está mirando hacia dentro
y parece que le encanta fijarse en su reflejo.


Orígenes: Estado 2

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El primer latido

Pastel y grafito ©Rubal

En serio, ¿de dónde venimos?, ¿por qué somos quienes somos, lo que somos?, ¿por qué mujer y no hombre, o viceversa?, ¿quién pensó que debería haber un norte o un sur?, ¿quién decidió cómo debía escribirse esta historia?, ¿por qué de este a oeste recorremos un día y al contrario nos lo saltamos?, ¿por qué hablamos una lengua de signos y sonidos y llamamos sordos a quienes no los oyen y mudos a quienes no los pronuncian?, ¿por qué fingimos no comprender una simple mirada o un gesto?, ¿por qué nacemos en una familia de pobres o de ricos?, ¿qué significan las palabras «merecer» y «valer»?, ¿quién se cree todavía a estas alturas que puede haber sangre azul en las venas?… ¿Por qué vivimos en un tiempo o en otro?, ¿por qué en mitad de una guerra?, ¿por qué utilizamos un símbolo para representarnos y el zodiaco para significarnos?, ¿por qué ignoramos nuestro cuerpo, nuestra cabeza?, ¿por qué ignoramos nuestros sentimientos o los vestimos con disfraces?, ¿por qué somos hijos únicos o una más de la camada?, ¿por qué somos el primero, el segundo o la tercera…? ¿Por qué buscamos separar lo bello de lo feo…? Bueno, esto ya es demasiado para un primer latido.

¿De quién era yo entonces?
No sé; ¿quién puede saberlo?
La razón, mi compañera.
A ella me dieron cuando rompí en llanto.
A ella pertenezco ahora, ¿no?

Aun cuando la eludo
y la golpeo hasta desangrar,
ella se arrastra,
me pide entrar de nuevo
para ser mi manto.

Pero, bueno, puedo imaginar que no le pertenezco,
fantasear con esa idea que acapara los sentidos
mientras floto en el semen de un enorme y opaco silencio.

A través de esas paredes de corcho,
por las que apenas se introduce un lamento,
una voz aguda, estridente, anunció de pronto:
«Esa eres tú. Sentirás y serás mía
porque yo no puedo evitarlo.»
Así que de nuevo estoy con ella,
todo el tiempo,
a pesar del corcho,
a pesar del silencio.

Párate de una vez.
Sé niña. Sé algo informe.
Córtate el apéndice que cuelga
de las glándulas insistentemente torpes.
Duerme, duerme. Sé agua.
Sé aire. Sé un pulmón combatiente.
Derrítete entre el flujo de tu ADN.
No aferres la cadena. Recórrela
hasta alcanzar un resplandeciente limbo,
ahí donde se ahogan las religiones.

«Vale, creo que llego, estoy llegando.»
Respira, exhala, agoniza. Déjate morir.
Respira de nuevo.
Eres la nada incorpórea. Sientes.
No eres de nadie y a nadie perteneces,
de momento.


Orígenes: Estado 1

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Debo

Dicen que para crear debes ser valiente. Dicen que debes imaginar y ser capaz de hilar las ideas y los pensamientos. Dicen que para construir debes salir a la calle, experimentar y conocer la vida que hay detrás de la puerta, que ves a través de la ventana. Dicen que debes leer, ver películas y series… ah, y que debes estudiar. Dicen que debes ser precisa en lo que sientes. Dicen que debes retirar el velo del engaño. Dicen que debes fabular con lo posible que está por suceder. Dicen que debes sentir la juventud en las venas. Dicen que debes atreverte a usar el cuerpo y sus seis sentidos. Dicen que no debes mirar hacia el pasado, si no es para rescatar una historia que merezca la pena. Dicen que tampoco debes mirar demasiado hacia el futuro. Dicen que solo debes mirar el presente.

Debo acabar esta página;
debo finiquitar este cuaderno;
debo convertirme en línea, en espiral, en tinta, en plástico;
debo recoger las formas gráficas;
debo hallar las funciones de los vocablos;
debo desaparecer entre sonidos sugeridos;
debo retener la neurona significativa;
debo exprimir el jugo del sintagma;
debo extraer la connotación derivativa…

Suspiro,
sustituyo aliento por inhalación de oxígeno
y expiro lenta, muy lentamente…

Debo constatar un silencio;
debo ser, estar, solazar, aliviar, concretar.
Debo, debo, debo.
Debo sustituir el semblante de lo fútil
por la simple permanencia.
O quizá solo, solo, debo quedarme quieta
y sonreír al movimiento
de mis manos, de mis piernas
y a los asentimientos de mi cabeza.


Una serie de dibujos anotados con un propósito

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Orígenes: Nueve estados en un proceso y un resultado.

Las próximas diez entradas forman parte de un recorrido «dibujado». Se trata de una serie de dibujos que realicé sin que tuvieran una historia real detrás; solo una época en la que algo debía estar cambiando en mi vida, poco antes de virar en una dirección muy diferente a la que había recorrido hasta entonces. Lo acompañan textos que he escrito durante los años posteriores a entonces, y que han convivido con asuntos que me llegaron y con los que tuve que lidiar, saldar, solucionar, prestar toda la atención posible, en un momento en el que la unidad familiar que había conocido en el hogar de mis padres se desmoronaba, hasta que ellos también desaparecieron, aunque nunca del todo. Tuve la suerte de estar con mis padres hasta el final; fue duro, complicado y todavía no me he sacudido del todo las consecuencias de ciertos movimientos que se tuvieron que dar para facilitar el camino, pero me siento muy agradecida de haberlo vivido todo.

Me cuesta mucho compartir esos momentos, por lo que los traduzco en dibujo y en texto. Para mí la lealtad consiste en no dejar traslucir una sola intención de queja. Las circunstancias se complican para cada cual y es a través de ellas como vemos la vida y sus razones. Así que todo lo que diga no se refiere a los que no pueden poner sus voces al lado de la mía para expresar su propio sesgo de las cosas; lo que he hecho y voy a mostrar es para liberar espacio dentro de mi cabeza y dentro de mi cuerpo, para que el aire siga fluyendo a su manera.

Con la publicación de las próximas diez entradas tengo la intención de dejarlas en un lugar publicadas, sin más; un lugar del que ya no tengan que moverse y no vuelvan a ser tocadas.

No tendrán la sección de comentarios —excepto en la última— porque se trata de una secuencia y porque, en esencia, se trata solo de lo que he dicho antes: proveer un lugar donde puedan permanecer.


«Horizon Variations», del álbum de Max Richter’s The Blue Notebooks.
«Horizon Variations», from Max Richter’s album The Blue Notebooks.
Me encanta la música de Max Richter’s. Me ha acompañado en mi dibujo y en mi escritura durante todo este tiempo.
I love Max Richter’s music. It has accompanied me in my drawing and my writing for all this time.

«Párate y piensa»

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Carboncillo y grafito ©Rubal
Inspirado en la cita de Hannah Arendt: «Párate y piensa».

No he estudiado filosofía, por eso me paso los argumentos, los razonamientos, las conclusiones, la hipótesis, tesis y antítesis de un texto, por el forro… de mi necesidad de contar, o escribir —que para mí es lo mismo— como el que habla por hablar. De ahí que empiece por una cosa y, atravesando los lindes de la organización lógica textual, termine por otra.


Sin comentarios

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«Sin comentarios», de la serie Los diminutos, nº 6.
Grafito, lápiz, etc. ©Rubal

La tarea del taller de escritura, o como se llame, era traer algo de eso que sería mi proyecto y exponerlo delante de un grupo de personas a las que, por otra parte, no he visto nunca en mi vida. Llega el momento de presentarnos y de leer ese trocito de proyecto en alto. Cuando acabo de leerlo, la profesora, que no ha dejado de escribir notas en la copia que le he facilitado, pregunta:

(A mí) —¿Cuál es la premisa?

Sin comentarios …

(A todos) —¿Dónde está el foco?

Sin comentarios…

(A mí) —¿Qué intención tenías?

Sin comentarios…

(A todos) —¿Comprendéis a dónde nos lleva?

Sin comentarios…

A continuación, la profesora comienza a darme explicaciones; a decir que el final debería estar en el principio; que en medio estaba ya la clave que debería ir al final; que el final debería ir en medio, o quizá en ninguna parte… Mientras tanto, me va diciendo: «¿Se me entiende?», e insiste, «¿se me entiende?». A la segunda le digo que sí, aunque lo que en realidad quiero es comerme un Werthers de chocolate sin azúcar que acabo de sacar de la mochila disimuladamente.

Eso fue todo. De regreso a casa, ceno un poco con mi pareja, y este me pregunta qué tal. Yo le digo que no sé. Quizá si supiera la premisa, el foco y la intención del taller al que acababa de asistir podría decirle algo. Al final le respondo que no comprendo a dónde me llevan estas sesiones «creativas» y que no voy a volver más.


Decálogos – 2

No crear una premisa.

No buscar el foco.

No perseguir una intención.

Ir a la deriva.

Sin comentarios…

El alma en tres partes

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
Acuarela ©Rubal

Al cabo de muchos años, pero muchos, o sea hace unos meses, empecé a hacer dibujos sobre los sueños y sobre los colores que había en esos sueños y sobre personajes que se me ocurrían sin fijarme en nada. Escenarios que no encuentro en la realidad exterior, y tampoco sé si existen en el exterior. Lo hago para olvidar, para separarme de una perspectiva muy cercana a las cosas. Tomar distancia, que se dice, o bien entrar dentro de mí; no verme por fuera.

Feliz mes de octubre. Arranque de los cursos y los verdaderos nuevos propósitos.

El viaje o la espera

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
El viaje ©Rubal

Son veinte años de ausencia y veinte años de espera. Veinte años…

Con frecuencia se cree que la aventura está en el viaje, en la marcha, en la huida, en el distanciamiento. Sin embargo, mientras transcurre el viaje, la marcha, la huida, el distanciamiento, ¿qué ocurre con los que se quedan esperando la noticia del regreso? Son veinte años de fortaleza interior. Las pruebas de trabajo o dolor de una persona que viaja son las mismas pruebas de trabajo y dolor de la persona que permanece.

Entonces, dónde está realmente la «odisea»?



La espera ©Rubal

El asistente médico espiritual

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
Lápiz, grafito, lápiz de color ©Rubal (Septiembre 2019)

X estaba recostada sobre el asiento con los brazos extendidos hacia delante y apoyados sobre la mesa electrónica delante de una caja de pastillas. En la pantalla, el asistente médico espiritual sonreía.

—Lo puedes tomar como un paracetamol de un gramo. A cada seis u ocho horas mínimo. Calculas el tiempo y te da para hacerlo hasta tres veces al día, procurando que no sea durante un tiempo demasiado prolongado —dijo el asistente.

—¿Y si me paso?

—Si te pasas, te acostumbras.

—Pero no sería peor que el duelo.

—No me refiero a que te acostumbres como adicción, sino que deje de hacerte el mismo efecto.

—Pero no puede ser peor que el duelo, ¿no? Quiero decir que habrá una alternativa, un refuerzo…

—Sup…ngo…

—Es cuestión de ver qué compensa al final, ¿verdad? —insistió X.

—Su…png…

—¿Me oyes?

—Ssss…pnnn…ooo…

—¿Me oyes?

Una lluvia de cuadraditos de colores desfiguró la sonrisa del asistente, y al cabo de brevísimos segundos, cubrieron la pantalla entera.

Memorias de una lectura

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

A menudo he intentado hacer memoria para recordar cuál de las obras de Dostoievski me leí primero. Casi seguro fue El jugador en 1985. A partir de entonces, durante un breve espacio de tiempo, me leí otras tantas obras suyas seguidas, y ya después abandoné el hábito.

Hasta hace poco. Retomé el habito con Pobres gentes (o Pobre gente, como la tiene publicada la editorial Alba Minus), que, siendo la primera que publicó el autor, era curiosamente de las pocas que me había dejado sin leer.

Yo buscando palabras ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mientras tanto, no he dejado de visitar otros autores rusos coetáneos o más jóvenes o más viejos. En general —y no sé explicar la razón—, hay algo en la literatura rusa que me atrae mucho, especialmente sus novelas cortas o cuentos. Con frecuencia se ocultan tras las obras extensas y más conocidas.

Un calle de San Petersburgo ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Pero no quería hablar de literatura rusa, ni de la obra de Dostoievski —me cuesta en este momento rebuscar entre las palabras—.

F. D. Dostoievski ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mi intención era rendirle un tributo a la memoria de mis primeras lecturas de adolescente, durante las cuales, más o menos, ya se me iba perfilando una necesidad de escribir o de ilustrar las historias que revoloteaban por mi cabeza —muchas veces, a raíz de esas mismas lecturas, y desde luego, de las de Dostoievski—.

La verdad es que cuando dibujaba, apenas podía escribir y cuando escribía apenas podía dibujar. Como si las dos destrezas se excluyesen mutuamente. Todavía me pasa, pero ahora me dejo llevar, porque al fin y al cabo llegan al mismo punto, al deseo de expresarme.

Mi pequeño dossier ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Cruce de caminos

Mi prosa / My Prose

Aviso: esta entrada la publiqué en agosto, sin embargo contiene un cambio y es su imagen. Es una imagen real del lugar donde sucedió el encuentro. No guardo otra intención que situar la acción en su escenario original.

Sopetrán ©Rubal

Se aproxima el mes de septiembre. La noche no fue tan cálida como las anteriores. Hay llanos vacíos de trigo por sembrar y árboles que los circundan. Me he alejado un tanto de mi propósito. Puede que a estas alturas no se vayan a cruzar las senderos como al principio. Pero me he dejado llevar por el paisaje y me he desviado un poco hacia lugares donde solo van los caminantes que persiguen la soledad.

Son las nueve de la mañana y veo un bar que oportunamente asoma no muy lejos de donde me encuentro. Hoy me he despertado pronto y ya me falta el aliento. A veces ocurre aunque sea por la mañana. Así que me decido a acercarme, solo para tomar algo que me recupere los pulmones.

Fuera, el local tiene un porche y debajo del techo que lo protege, unas cuantas mesas de madera con sus respectivos asientos. Entro y veo una pequeña sala con una barra y cuatro taburetes repartidos a lo largo de ella. No hay nadie detrás de la barra, pero enseguida sale alguien a saludar de detrás de una puerta. Una mujer que rondará los sesenta años o más con un trapo en una mano y una taza en la otra. A juzgar por la etiqueta de la infusión que cuelga por fuera de la taza, me doy cuenta de que la he interrumpido en un momento que es suyo. Me excuso y le pregunto si es demasiado pronto, si todavía no ha abierto. Me dice que sí es pronto, pero que igualmente está abierto, que la gente, los caminantes y trabajadores, no llega hasta pasadas las once.

Le pido un café con poca leche y muy caliente. Le pregunto si puedo sentarme fuera y ella me dice que por supuesto. Espero a que prepare el café, pero ella me dice que no me preocupe, que me lo lleva a la mesa. «Disfruta», dice. Y yo le hago caso.

Cuando paso por la puerta de nuevo, para salir, veo una libreta que cuelga del quicio de madera por un cordelito. De otro cordel cuelga un lápiz. En la cubierta de la libreta dice Cruce de caminos. Lo cojo en mi mano y me doy la vuelta. Le pregunto a la mujer si la libreta es para los clientes y ella asiente. «Es para que anotéis lo que os parezca», me dice, «y puedes sacarla de la escarpia. Así te será más fácil echarle un vistazo y escribir si te apetece», añade. No se me ocurre qué escribir, pero sí tengo curiosidad por ver qué cosas anota la gente en este bar —caminantes, trabajadores…—, lejos del tránsito de una carretera principal o de las calles concurridas de una población cualquiera. Quito la libreta y el bolígrafo de sus escarpias y salgo al porche.

De las mesas y sillas que hay, elijo sentarme en un tocón de madera, frente a una mesa cuya superficie es una tabla rústica e irregular. No es muy cómodo, pero es diferente. Y ya sentada abro la libreta. La mujer me trae el café y me desea una feliz lectura y una provechosa escritura. Le digo que yo misma no sabría qué aportar a la experiencia, y ella me dice que eso no importa porque leer ya es suficiente. «Quién sabe», me dice, «puede que la lectura te inspire.»

Es aquí donde hago mi primer cruce de caminos. Leo la última anotación que hay en la libreta en forma de poema. Me conmuevo. Oigo música en mis oídos. Después de leerlo, me queda la congoja de que pueda que lo olvide, así que cojo mi propio cuaderno de notas y lo apunto. Para que conste en mi memoria.

Para ti, Julie.

Mirar a lo alto

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
Pintura acrílica sobre papel figueras ©Rubal

Me he fijado desde muy joven en los altos de los edificios. Muestran una luz que no podemos ver a la altura de nuestros ojos sobre fachadas o bañando las aceras.

Con frecuencia me he andado señalando a la persona de al lado el ángulo de luz y sombra de aquella cornisa o de aquel tejado.

A mi madre le decía que cuando llegaba el otoño, había un momento determinado en el que el reflejo del sol parecía descolgarse del frente de los edificios. Irradiaba un haz de luz blanca, oscilante como el péndulo de un enorme reloj de pared, que en cuestión de minutos se desvanecía. Yo lo llamaba el medallón del otoño. Sentía entonces, por breves instantes una mezcla de euforia y melancolía intensa que, al igual que la luz, desaparecía.