Orígenes: Estado 4 /Origins: Stage 4

Bilingüe/Bilingual, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi poesía / My Poetry, Mi prosa / My Prose, Proyectos terminados / Completed Projects

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A veces

Otras veces mi cuerpo se deja llevar. Entonces me permito mirarme al espejo; me permito pensar sin consecuencias; me permito idear una escena que de pie a una nueva historia. Son mis piernas, como a mí ya me gusta decir, las que se encargan de llevarme a donde ellas quieran. Piense lo que piense no afectará al curso que tracen los pies. Vea lo que vea en el espejo, al mirarme, no influirá en mi decisión de exponerme al mundo tal cual soy, incluso ignorando yo misma quién soy. «Quién soy»… Qué extraña expresión. Lo que soy y quien soy… Mis piernas empujan el aire que las rodea y se abren camino; por detrás le sigue mi cuerpo y mi cabeza.

A veces tengo una idea y desaparece.
Cojo un sueño y se desvanece.
A veces creo que camino y
luego, luego me desplomo,
pero mis piernas se enderezan
y vuelven.

A veces encuentro una silla donde
me siento y recojo la labor
de aquellas mujeres que a ciegas
sujetan las agujas y continúan.
De aquellas madres que hilan,
entre café y té, cinco tilas.

A veces, siempre a veces,
me miro en el agua que rezuma
del grifo de las sandeces
y me río, también lloro,
esperando sin prisa
que el líquido anegue la pila.

Pastel y grafito ©Rubal

At Times

On other ocassions my body lets itself be driven. Then I allow myself to look at myself into the mirror; I allow myself to think with no consequences; I allow myself to create a scene that results in a new story. It is my legs, as I already like to say, that manage to carry me where they want. Whatever I think will not affect the course traced by my feet. Whatever I see in the mirror, when looking at myself, will not affect the decision of exposing myself to world exactly as I am, even ignoring myself who I am. «Who I am»… What a strange expression. What I am and who I am… My legs push the air that surround them and start the journey; my body and head go behind them.

Sometimes I have an idea and it disappears.
I catch a dream and it vanishes.
Sometimes I think I walk and
then, then I collapse,
but my legs straighten
and resume.

Sometimes I find a chair where
I sit and take the work
of those women who blindly
hold their needles and and continue.
Of those mothers who spun,
between coffee and tea, five soothing tisanes.

Sometimes, always sometimes,
I look at mysefl into the water that oozes
out of the nonsense tap
and I laugh, I also cry,
waiting leisurely
for the liquid to overflow the sink.

Orígenes: Estado 3 / Origins: Stage 3

Bilingüe/Bilingual, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi poesía / My Poetry, Mi prosa / My Prose, Proyectos terminados / Completed Projects

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Hacia dentro

Hay lugares de mi cuerpo que se ponen en pie de guerra cuando intento caminar de oeste a este, y batallan. No sé qué quieren que haga. Imagino que esperan que siga la corriente caprichosa de los mares y océanos de un mundo que amenaza con consumirse y que avance durante los días de este a oeste de acuerdo a la norma. De este modo puedo amanecer con el sol y desvanecerme cuando el sol se pone, pero es que mi cabeza no siempre se dispone a comprender el curso natural de las cosas. Mi cabeza se dispersa y busca, como el río que se desborda, discurrir por vías insospechadas. Es ahí donde la expresión asoma. Yo escribo y dibujo y creo que puedo verter una vida entera en breves atemporales formatos; entonces mi cabeza se revuelve desde la lógica, que no se conforma con las sensaciones, y todo lo que ha surgido regresa a la contención de un cauce dormido.

Podría fingir que soy una ignorante,
aunque lo soy,
y dejar de lado las definiciones,
las lecciones pasadas,
el esfuerzo de alcanzar,
el castigo consecutivo al abandono.

Podría fingir que no hubo conocimiento,
que nací esta mañana y que ayer
solo fue un cuadro de suposiciones,
de intentos en balde,
de quise-ser-y-no-pude-serlo;
fingir que no hay quién más que
la tribu de mi hogar.

Podría y lo procuro,
pero el espejo de mi alma
está mirando hacia dentro
y parece que le encanta fijarse en su reflejo.

Pastel y grafito ©Rubal

Inwards

There are places in my body that get ready for battle when I try to walk from west to east, and they fight. I do not know what they want me to do. I imagine they expect me to follow the capricious current of seas and oceans of a world that threatens to be consumed and advance over the days from east to west according to the rule. This way I can dawn with the sun and vanish when the sun sets, but it is my head that is not always willing to understanding the natural course of things. My head gets dispersed and, like the river that floods, looks for unsuspected directions. It is at this point when expression appears. I write and I draw and I believe that I can pour a whole life into brief timeless formats; then my head rebels from the point of view of the logic, which does is not content with feelings, and everything that has come out returns to the restraint of a sleeping riverbed.

I could pretend I was an ignorant,
though I am not,
and put definitions aside,
past lessons,
the effort to reach,
the consecutive punishment to leaving.

I could pretend there was no knowledge,
that I was born this morning and that yesterday
was only a picture of suppositions,
of vain attempts,
of I-wanted-to-be-but-could-not-be;
pretending that there is no more
than the tribe in my home.

I could and I try my best,
but the mirror in my soul
is looking inwards
and it seems to love staring at its reflection.

Orígenes: Estado 2 / Origins: Stage 2

Bilingüe/Bilingual, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi poesía / My Poetry, Mi prosa / My Prose, Proyectos terminados / Completed Projects

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El primer latido

En serio, ¿de dónde venimos?, ¿por qué somos quienes somos, lo que somos?, ¿por qué mujer y no hombre, o viceversa?, ¿quién pensó que debería haber un norte o un sur?, ¿quién decidió cómo debía escribirse esta historia?, ¿por qué de este a oeste recorremos un día y al contrario nos lo saltamos?, ¿por qué hablamos una lengua de signos y sonidos y llamamos sordos a quienes no los oyen y mudos a quienes no los pronuncian?, ¿por qué fingimos no comprender una simple mirada o un gesto?, ¿por qué nacemos en una familia de pobres o de ricos?, ¿qué significan las palabras «merecer» y «valer»?, ¿quién se cree todavía a estas alturas que puede haber sangre azul en las venas?… ¿Por qué vivimos en un tiempo o en otro?, ¿por qué en mitad de una guerra?, ¿por qué utilizamos un símbolo para representarnos y el zodiaco para significarnos?, ¿por qué ignoramos nuestro cuerpo, nuestra cabeza?, ¿por qué ignoramos nuestros sentimientos o los vestimos con disfraces?, ¿por qué somos hijos únicos o una más de la camada?, ¿por qué somos el primero, el segundo o la tercera…? ¿Por qué buscamos separar lo bello de lo feo…? Bueno, esto ya es demasiado para un primer latido.

¿De quién era yo entonces?
No sé; ¿quién puede saberlo?
La razón, mi compañera.
A ella me dieron cuando rompí en llanto.
A ella pertenezco ahora, ¿no?

Aun cuando la eludo
y la golpeo hasta desangrar,
ella se arrastra,
me pide entrar de nuevo
para ser mi manto.

Pero, bueno, puedo imaginar que no le pertenezco,
fantasear con esa idea que acapara los sentidos
mientras floto en el semen de un enorme y opaco silencio.

A través de esas paredes de corcho,
por las que apenas se introduce un lamento,
una voz aguda, estridente, anunció de pronto:
«Esa eres tú. Sentirás y serás mía
porque yo no puedo evitarlo.»
Así que de nuevo estoy con ella,
todo el tiempo,
a pesar del corcho,
a pesar del silencio.

Párate de una vez.
Sé niña. Sé algo informe.
Córtate el apéndice que cuelga
de las glándulas insistentemente torpes.
Duerme, duerme. Sé agua.
Sé aire. Sé un pulmón combatiente.
Derrítete entre el flujo de tu ADN.
No aferres la cadena. Recórrela
hasta alcanzar un resplandeciente limbo,
ahí donde se ahogan las religiones.

«Vale, creo que llego, estoy llegando.»
Respira, exhala, agoniza. Déjate morir.
Respira de nuevo.
Eres la nada incorpórea. Sientes.
No eres de nadie y a nadie perteneces,
de momento.

Pastel y grafito ©Rubal

The First Heartbeat

Seriously, where do we come from?, why are we who we are, what we are?, why not a woman or a man, or viceversa?, whoever thought that there should be a North and a South?, who decided how this story should be written?, why from east to west we run a day and the opposite way we skip it?, why do we speak a language of signs and sounds and we call deaf those who cannot hear them and mute those who cannot pronounce them?, why do we pretend not to understand a simple look or a gesture?, why do we live in a poor or rich family?, what do the words «deserve» and «be worth» mean?, who does still think there can be blue blood in the veins?… Why do we live in a time or another?, why in the middle of a war?, why do we use a symbol to represent ourselves and the zodiac to be meaningful?, why do we ignore our body, our head?, why do we ignore our feelings and disguise them?, why are we an only child or another one of a litter?, why are we the first, the second or the third…? Why do we want to separate beauty from ugliness…? Well, this was just enough for a first heartbeat.

Who did I belong to then?
I do not know; Who would know it?
Reason, my partner.
I was given to her when I broke in tears.
I belong to her now, do I not?

Though I avoid her
and I hit her till bleeding,
she drags herself,
asks me to get in again
to be my blanket.

But, well, I can imagine that I do not belong to her,
fantasize about that idea that totally controls the senses
while I float in the semen of an enormous and opaque silence.

Through those cork walls,
that hardly let a moan penetrate,
a shrill voice, loud, suddenly announced:
«That is you. You will feel and be mine
because I cannot help it.»
So here I am with her again,
all the time,
despite the cork,
despite the silence.

Stop at once.

Be a girl. Be a formless thing.
Cut off the appendix that hangs
from the persistently clumsy glands.
Sleep, sleep. Be water.
Be air. Be a fighting lung.
Melt in the discharge of your DNA.
Do not seize the chain. Go all over it
until you reach a glowing limbo,
there where religions suffocate.

«All right, I think I am coming.»
Breathe, exhale, expire. Let yourself die.
Breathe again.
You are the incorporeal nothing. You feel.
You are of no one and do not belong to anyone,
for the moment.

Orígenes: Estado 1 / Origins: Stage 1

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Debo

Dicen que para crear debes ser valiente. Dicen que debes imaginar y ser capaz de hilar las ideas y los pensamientos. Dicen que para construir debes salir a la calle, experimentar y conocer la vida que hay detrás de la puerta, que ves a través de la ventana. Dicen que debes leer, ver películas y series… ah, y que debes estudiar. Dicen que debes ser precisa en lo que sientes. Dicen que debes retirar el velo del engaño. Dicen que debes fabular con lo posible que está por suceder. Dicen que debes sentir la juventud en las venas. Dicen que debes atreverte a usar el cuerpo y sus seis sentidos. Dicen que no debes mirar hacia el pasado, si no es para rescatar una historia que merezca la pena. Dicen que tampoco debes mirar demasiado hacia el futuro. Dicen que solo debes mirar el presente.

Debo acabar esta página;
debo finiquitar este cuaderno;
debo convertirme en línea, en espiral, en tinta, en plástico;
debo recoger las formas gráficas;
debo hallar las funciones de los vocablos;
debo desaparecer entre sonidos sugeridos;
debo retener la neurona significativa;
debo exprimir el jugo del sintagma;
debo extraer la connotación derivativa…

Suspiro,
sustituyo aliento por inhalación de oxígeno
y expiro lenta, muy lentamente…

Debo constatar un silencio;
debo ser, estar, solazar, aliviar, concretar.
Debo, debo, debo.
Debo sustituir el semblante de lo fútil
por la simple permanencia.
O quizá solo, solo, debo quedarme quieta
y sonreír al movimiento
de mis manos, de mis piernas
y a los asentimientos de mi cabeza.


I must

They say that you must be brave. They say that you must imagine and be able to spin ideas and thoughts. They say that in order to construct you must go out to the street, experience and get to know the life that exists behind the door, that you see through the window. They say that you must read, watch films and series… ah, and that you must study. They say that you must be precise in what you feel. They say that you must lift the veil of deceit. They say that you must fabulate with the probable that is yet to come. They say that you must feel youth in your veins. They say that you must dare use your body and its six senses. They say that must not look back to the past, unless it is to rescue a story that is worth it. They say that you must neither look to the future for too long. They say that you must just look at the present.

I must finish this page;
I must close this notebook;
I must turn into a line, a spiral, ink, plastic;
I must collect the graphic shapes;
I must find the functions of the terms;
I must disappear among suggested sounds;
I must hold the significant neuron;
I must squeeze the juice of the syntagm;
I must extract the derivative connotation…

I sigh,
I replace breath for oxygen inhalation
and I exhale slowly, very slowly…

I must validate a silence;
I must be, stay, relax, relieve, specify.
I must, I must, I must.
I must change the face of futility
for plain presence.
Or maybe I must only stay still, just that,
and smile to the movement
of my hands, of my legs
and to the nods of my head.

Una serie de dibujos anotados con un propósito / A series of annotated drawings with a purpose

Bilingüe/Bilingual, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi poesía / My Poetry, Mi prosa / My Prose, Preludios / Preludes, Proyectos terminados / Completed Projects

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Orígenes: Nueve estados en un proceso y un resultado.

Las próximas diez entradas forman parte de un recorrido «dibujado». Se trata de una serie de dibujos que realicé sin que tuvieran una historia real detrás; solo una época en la que algo debía estar cambiando en mi vida, poco antes de virar en una dirección muy diferente a la que había recorrido hasta entonces. Lo acompañan textos que he escrito durante los años posteriores a entonces, y que han convivido con asuntos que me llegaron y con los que tuve que lidiar, saldar, solucionar, prestar toda la atención posible, en un momento en el que la unidad familiar que había conocido en el hogar de mis padres se desmoronaba, hasta que ellos también desaparecieron, aunque nunca del todo. Tuve la suerte de estar con mis padres hasta el final; fue duro, complicado y todavía no me he sacudido del todo las consecuencias de ciertos movimientos que se tuvieron que dar para facilitar el camino, pero me siento muy agradecida de haberlo vivido todo.

Me cuesta mucho compartir esos momentos, por lo que los traduzco en dibujo y en texto. Para mí la lealtad consiste en no dejar traslucir una sola intención de queja. Las circunstancias se complican para cada cual y es a través de ellas como vemos la vida y sus razones. Así que todo lo que diga no se refiere a los que no pueden poner sus voces al lado de la mía para expresar su propio sesgo de las cosas; lo que he hecho y voy a mostrar es para liberar espacio dentro de mi cabeza y dentro de mi cuerpo, para que el aire siga fluyendo a su manera.

Con la publicación de las próximas diez entradas tengo la intención de dejarlas en un lugar publicadas, sin más; un lugar del que ya no tengan que moverse y no vuelvan a ser tocadas.

No tendrán la sección de comentarios —excepto en la última— porque se trata de una secuencia y porque, en esencia, se trata solo de lo que he dicho antes: proveer un lugar donde puedan permanecer.


Origins: Nine Stages in a Process and a Result

The following ten posts are part of a «sketched» journey. It is about a series of drawings that I did with no intention of having a real story behind them; just a period of time during which something must have been changing in my life, a little before I steered towards a very different direction from the one I had walked so far. They, the drawings, are accompanied by texts I have written in the following years from then, and have lived together with matters that came to me and I had to deal with, settle, solve, pay full attention to, at a moment in which the family unit that I had known at my parents’ home was falling apart, until my parents themselves disappeared too, though never completely. I was lucky enough to be with my parents til the end; it was hard, complicated and still I haven’t dusted off the consequences of certain actions that had to be taken in order to ease the way, but I feel deeply grateful for having going through it all.

I find it really hard to share these moments, so I put them in my drawings and texts. For me loyalty also means not allowing a sole intention of complaint to be hinted. Circumstances get complicated for each of us and it is through them that we see life and its reasons. So everything I tell does not relate to those that cannot put their own voices next to mine to express their own view of the things; What I have done and I will be showing is to free up some space in my head and inside my body, so that the air can continue to flow in its manner.

With the posting of the following ten posts I have the intention to leave them published in a place, just that; a place from where they won’t have to move anymore and where they won’t be touched again.

They will not have the comment section —except for the last— since it is about a sequence and because, in essence, it is only about what I have said before: provide a place where they can stay.

«Horizon Variations», del álbum de Max Richter’s The Blue Notebooks.
«Horizon Variations», from Max Richter’s album The Blue Notebooks.
Me encanta la música de Max Richter’s. Me ha acompañado en mi dibujo y en mi escritura durante todo este tiempo.
I love Max Richter’s music. It has accompanied me in my drawing and my writing for all this time.

¿Dónde están?

Bilingüe/Bilingual, Cartas / Letters, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose

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Carta – 14

Cuando alguien desaparece de pronto sin dejar una nota por la que poder seguir su rastro, nos hace preguntarnos, de forma individual, qué hemos hecho para que se vaya, para que ya no quiera que sepamos dónde está. ¿Cuántas veces no ocurre una cosa así?

Cuando hablo de desaparecer, no estoy hablando de morir. No es una metáfora. Es literal.

Vamos a verlo desde la otra perspectiva, desde la persona que desaparece. ¿Cuántas veces no hemos deseado desaparecer de un entorno o de una rutina? Es imposible escapar; esa es la verdad. La huida solo hace que te encuentres tarde o temprano con aquello de lo que huyes a la vuelta de la esquina, por así decir.

Los motivos son muy variados. Todos razonables, todos indispensables para comprender por qué a veces queremos alejarnos del lugar donde quedan enraizados asuntos que requieren aire y espacio, sin palabras.

Pero no se trata solo de escapar, de evadir situaciones o personas. Se trata de realizar cambios, de sanear o de comprender que hay cosas que requieren un cambio drástico, cortar por lo sano. Y aunque no sea con esta motivación, sino por una simple oxigenación de la mente, ¿no es por eso por lo que muchas personas sienten la necesidad de viajar? A mí personalmente, porque ya he viajado lo suficiente para mi cerebro y mi cuerpo, o por lo que sea, no me apetece viajar. El caso de mis desapariciones ha ocurrido en un radio muy pequeño. Pero para otros viajar es un alivio en el sentido que antes comentaba. Un recurso a corto plazo para tal propósito.

Yo he desaparecido muchas veces en mi vida, pero nunca de la familia de la que desciendo, esto es, mis padres y el hogar que habían construido para nosotros —otros miembros sí lo hicieron—. Hace poco volví a hacerlo, y en este caso fue radical. Radical y tajante en todo, y aún así quedó la rendija muy estrecha de una puerta mal cerrada, hinchada por la humedad o por los cambios de tiempo. En cuanto al hogar en el que estoy viviendo ahora, de este sí que nunca desapareceré, por voluntad propia me refiero, porque este hogar tampoco me ha abandonado. Así que mi desaparición tenía que ver con las trazas que permanecen en el recorrido de mi vida anterior, las sociales, las laborales —y, de acuerdo, un poco de la historia familiar, para ser sincera—. Fue un momento en el que mis esfuerzos se debían limitar a «cuidar» en circunstancias desesperantes, la mayoría del tiempo, y a comprender de dónde venía yo, dónde había vivido durante los primeros años de mi vida y durante los siguientes hasta «independizarme». No me estoy quejando. Es una simple constatación de que yo he desaparecido también, como esas otras tantas personas a las que me he referido antes. A partir de esta desaparición y de recomponer las paredes del pasado, ya no me permito desaparecer, pero tampoco me dejo llevar por otras necesidades primarias que no sean las de mi propio hogar. Después de una época de desaparición, lo importante es llegar a una conclusión que te permita volver a tomar contacto con la realidad que te rodea, la realidad o la sociedad que es parte de un individuo, se quiera o no. Y mi conclusión fue que no podía perder el norte que ya había encontrado, mi hogar. Desde ahí podía construir y volver a relacionarme con la realidad que me fuera saliendo al paso. Pero nunca, en ningún caso, perder el norte.

Las historias de desapariciones por necesidad de oxigenarse o de respirar un nuevo aire o por recuperar un espacio perdido o de límites borrosos, son múltiples. Esta entrada no me la ha inspirado precisamente mi experiencia, aunque pudiera parecer que ha sido el motivo principal de escribirla —de paso aprovecho—, sino como reflexión a partir de ver cómo algunos perfiles de usuarios en la red desaparecen de forma espontánea, o se vuelven privados o cambian de nombre, etc. Puede tratarse de un cambio ajeno a una razón de fondo, desde luego, pero en general, ese impulso de desaparecer o hacerse invisible, son muchas otras historias desconocidas y no contadas que lo respaldan.

Esto va para el que está al otro lado de la desaparición, el que se queda extrañado ante el vacío de lo que antes estaba ahí: no te lo tomes como algo personal, porque puede que en algún momento, tú también tengas la necesidad de desaparecer; y si no es así, entonces agradece no tenerla, o puede que otro ya lo esté haciendo por ti.

«¿Dónde están?», de la serie Los diminutos, nº7.
Pastel y grafito ©Rubal

Where are they?

Letter – 14

When someone suddenly disappears without leaving a note to follow their trail, we wonder, individually, what we have done to make that person leave in a way that we no longer know where the person is. How many times does such a thing not happen?

When I speak of disappearing, I am not talking about dying. It is not a metaphor. It is literal.

Let’s see it from the other perspective, from the person who disappears. How many times have we not wanted to disappear from an environment or a routine? It is impossible to escape; that’s the truth. The escape only makes you find yourself sooner or later with what you run away from around the corner, so to speak.

The reasons are varied. All reasonable, all indispensable to understand why sometimes we want to get away from the place where matters that require air and space, without words, are rooted.

But it’s not just about escaping, evading situations or people. It is about making changes, cleaning up or understanding that there are things that require a change, a healthy drastic change. And even if it is not for this motivation, but for a simple oxygenation of the mind, isn’t that why many people feel the need to travel? Me personally, because I have already traveled enough for my brain and my body or whatever, I don’t feel like traveling. The case of my disappearances has occurred in a very small radius. But for others travelling is a relief, in the way I mentioned before. A short term means for such purpose.

I have already disappeared many times in my life, but never from the family from which I descend, that is, my parents and the home they had built for us —other members did—. Recently I did it again, and in this case it was radical. Radical and sharp in everything, and still there was the very narrow slit of a poorly closed door, swollen from moisture or weather transition. As for the home in which I am living now, from this one I will never disappear, by my own will I mean, because this home has never abandoned me either. So my disappearance had to do with the traces that remain in the path of my previous life, social, labor —and, all right, a little of the family story, to be true—. It was a time when my efforts were limited to «caring» in desperate circumstances, most of the time, and to understand where I came from, where I had lived during the first years of my life and during the following years until I became «independent». I’m not complaining. It is only a fact that I have also disappeared, like those other people I have referred to before. Ever since this disappearance and the recomposing of the walls of the past, I no longer allow myself to disappear, but neither do I let myself be carried away by other primary needs than those of my own home. After a time of disappearance, the important thing is to reach a conclusion that allows you to return to make contact with the reality that surrounds you, the reality or the society that is part of an individual, whether you like it or not. And my conclusion was that I could not lose the north that I had already found, my home. From there I could build and connect again with the reality that was coming up to me. But never, in any case, lose north.

The stories of disappearances due to the need to oxygenate or breathe new air or to recover a lost space or blurred boundaries, are multiple. This post has not been inspired by my experience precisely, although it might seem that it has been the main reason to write it —I take it by the way—, but as a reflection from seeing how some user profiles on the network disappear spontaneously, or they become private or change their name, for instance. There may not have to be a change based on a fundamental reason, of course, but in general, that impulse to disappear or become invisible, is supported by many other unknown and untold stories.

This goes, though, to the one on the other side of the disappearance, the one who is surprised by the emptiness of what was there before: do not take it personally, because at some point, you may also need to disappear ; should that not be the case, then consider yourself fortunate, or else some other person is already doing it on your behalf.

De versiones y originales

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing, Mi prosa / My Prose, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

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¿Qué fue de esos momentos de nuestra infancia o nuestra adolescencia, que nos permitían repetir la misma historia tantas veces como queríamos? A mí se me había muerto ese deseo, o no encontraba momento. Es fácil repetir el visionado de una película cuando te la reponen infinito en la televisión, pero que una encuentre el tiempo y lugar para regresar voluntariamente a las historias que le emocionaron o le entusiasmaron, eso es otra cosa. Afortunadamente, empiezo a tener la ocasión de hacerlo de nuevo.

Desde que estrenaron la serie de Netflix La maldición de Hill House (2018), la he visto ya tres veces. Había visto una versión anterior de la novela de Shirley Jackson a manos del director Jan de Bont, a la que llamó The Haunting (1999)—en español se llamó La guarida—. Esta versión no me dejó ningún tipo de huella. Otra película de casa encantadas con final aguado.

Siento decir que entonces no supe que se basaba en la novela de Jackson (1959), o en ninguna otra novela, hasta que vi la serie de Netflix a cargo del director Mike Flanagan. Fue a partir de ver esta versión cuando empecé a oír acerca de la existencia de la novela y de su autora… Oh, cómo lo lamento, de verdad.

No sé cómo hacer para no desviarme de lo que quiero decir ahora. Se me agolpan las ideas, porque esto no iba a ir de Shirley Jackson exactamente, aunque la roce. Prefiero reservarla para cuando vaya avanzando en sus lecturas, que ya son unas cuantas realizadas. Esto va de qué me ha impulsado a ver la versión de Flanagan ya tres veces.

El caso es sencillo. He visto el reflejo de una familia que batalla sus propios fantasmas. La familia es un tema central de la literatura de Shirley Jackson, pero la versión de Flanagan me es más cercana. No se trata de estropear el argumento para el que quiera verla. Tan solo decir que el tratamiento del dolor, del miedo, de la negación de la realidad es admirable. En la serie son siete miembros en la familia y en la mía éramos siete; aunque no tuviera que ser un reflejo de mi vivencia, no he podido evitar comprender muchos de los temas que acosan a una familia y que incluso me ha ayudado en un determinado momento para aliviar una presión personal a través de la ficción, de extrapolarlo a una historia basada en hechos sobrenaturales. En las siguientes ocasiones ya solo se ha tratado de un extraño disfrute, por mi parte, y de estar aprendiendo a tomar una perspectiva creativa para solucionar lo que en la realidad no tiene solución posible. Hasta aquí en cuanto a identificaciones.

En cuanto al género de terror al que pertenece, ha resucitado en mí algún gusto mío por el misterio que tenía ya desde pequeña. La cuestión es que mi gusto por el género del terror es limitado, no me gusta todo lo que ahora encierra el género, pero la serie de La maldición de Hill House me ha renovado las ganas por indagar qué tipo de terror acepto y por qué. Gracias a esta versión he acudido a las fuentes originales que dio pie a que el resto hiciera sus variopintas versiones, y me estoy refiriendo a las novelas de Shirley Jackson, y gracias a acudir a estas fuentes originales, estoy descubriendo un mundo al que no le había dado la debida oportunidad de conocer, recorriendo en su lugar otras letras que en este momento no me estaban reportando tanto placer. Y no solo se trata del placer o el gusto de mi yo lector, sino de los temas sobre los que normalmente estaba escribiendo. He comprendido que si una no escribe sobre lo que conoce y si una no halla el formato adecuado para transmitirlo, no podrá alcanzar el resultado que desea; sonará ficticio e inverosímil.

Dejo aquí una cita que me fascina y que aparece en la serie —no recuerdo si aparece en la novela—, y es:

«Some things can’t be told. You live them or you don’t. But they can’t be told.»

Mi versión en español:

«Algunas cosas no pueden ser contadas. Las vives o no. Pero no pueden ser contadas.»

Qué tremendo es entonces el papel del escritor —o el del director en este caso también—, hacer que el lector o el espectador las vivamos sin sentir que nos las están contando. Y en mi opinión, tanto en la serie, que es versión, como en el original, los autores lo consiguen perfectamente.

Sanguina, Carboncillo y grafitos ©Rubal


On versions and originals

What happened to those moments of our childhood or our adolescence which allowed us to repeat the same story as many times as we wanted? That desire had died for me, or I couldn’t find a moment. It is easy to repeat the viewing of a movie when it is put on television repeatedly; but to find the time and place to go back voluntarily to the stories that fascinated or excited us, that is another thing. Fortunately, I am beginning to have the chance to do it again.

Since the release of the The Haunting of Hill House series (2018) on Netflix, I’ve seen it three times already. I had seen an earlier version of Shirley Jackson’s novel directed by Jan de Bont, which was titled The Haunting (1999) —in Spanish, La guarida—. This version did not leave any kind of mark on me. Another haunted house movie with a watery end.

I’m sorry to say that I did not know then that it was based on Jackson’s novel (1959), or on any on other novel at all, until I watched the Netflix series directed by Mike Flanagan. It was from seeing this version when I began to hear about the existence of the novel and its author … Oh, how sorry, really.

I do not know how to do so as not to deviate from what I want to say now. My ideas flood in because this was not supposed to be about Shirley Jackson exactly, even if it just touched her. I prefer to save it for when I read on her works; I have already done a few of them. This is about what has prompted me to see Flanagan’s version three times so far.

The case is simple. I have seen the reflection of a family that battles against their own ghosts. The family is a central theme in Shirley Jackson’s literature, but Flanagan’s version is closer to me. This is not about spoiling the plot for those who want to see it. Suffice it to say that the treatment of pain, fear, and denial of reality is admirable. In the series there are seven members in the family and in mine there were seven as well. Although it did not have to be a reflection of my experience, I could not help understanding many of the issues that plague a family; it has even helped me at a certain time to relieve personal pressure through fiction, to extrapolate it to a story based on supernatural facts. As for the rest of the times when I have seen it again, it has provided a sort of strange enjoyment, for my part; the possibility to learn to take a creative perspective on solving what has no possible solution in real life. So far in terms of identifications.

As for the kind of terror to which the story belongs, it has relived in me some taste of mine for the mystery I had since I was little. The point is that my taste for the horror genre is limited, I do not like everything that the genre now encompasses, but The Haunting of Hill House series has aroused my desire to look into what kind of terror I accept and why. Thanks to this version I have turned to the original source of it, that one which made it possible for the rest to think up their various versions —and I am referring to the novels by Shirley Jackson—, and because I have gone to the original source, I am discovering a world I did not allow myself the right opportunity to get to know, instead having paid attention to other letters that, at the time, would not be bringing me as much pleasure. And it is not just about my pleasure or my taste as a reader, but also about the topics I was normally writing about. I have understood that if one does not write about what a person knows and if one does not find the appropriate format to transmit it, it will not be possible to achieve the result that is intended; It would sound fictional and implausible.

I leave here a quotation that fascinates me and that appears in the series —I cannot recall that it appears in the novel—; and it the following:

«Some things can’t be told. You live them or you don’t. But they can’t be told. »

How tremendous is then the role of the writer —or that of the director—: to make the reader or the viewer live the things without noticing that they are being told. And in my opinion, both in the series, the version, as well as in the original, the authors manage to get it perfectly done.

La maldición de Hill House, de Shirley Jackson.
Publicada por la editorial Minúscula (2019)

Obras completas

Bilingüe/Bilingual, Cartas / Letters, Mi prosa / My Prose

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Carta – 13

Querido escritor/a:

Me gustan los volúmenes que encierran hasta un máximo digerible de escritos bajo un mismo título, y que la mano no se me caiga a mitad de camino de su lectura por pesarme demasiado. O que, cuando llegue al quinto relato, no me aqueje de un extraño síndrome de ansiedad por tener que deglutir más de la cuenta. Para mí es igual que sea un relato de una página, o de diez o de veinte, para cada cosa necesito asimilar, digerir, reposar. Así que un volumen con un lomo de un centímetro y medio, dos centímetros, o bueno dos y medio, más o menos —y que no esté impreso, digamos, en «papel de Biblia»—, ya me vale. Más allá de esa medida, prefiero arrojarme a una novela extensa, y aun en este caso, tengo también mis preferencias. Vale, quizá esté exagerando. Poniendo unos límites extremos, porque todo depende del contenido, pero yo me entiendo.

Otro tanto me pasa con los poemarios y los libros de poemas. Pequeñas recopilaciones de poemas, si me llegan, me dejan igual de feliz y satisfecha.

¿El precio? Sí, claro. Está la cuestión del precio. «Ya que pago por un ejemplar, pues me compro algo que lo valga por sus dimensiones». Es un pensamiento lícito y legítimo. Pero por lo que a mí respecta, el precio no lo hace el volumen, ni la cantidad que incluye un ejemplar, sino su calidad.

He leído obras publicadas con extrema delicadeza. Como me gusta el dibujo, la ilustración, tengo la experiencia de haber comprado publicaciones de la editorial Nórdica, por ejemplo. Tiene títulos que incluyen una compilación pequeña de poemas o relatos, lo acompañan de ilustraciones y crean un ejemplar que quieres conservar. En mi caso, el conjunto de texto e ilustración me deja un poso que me gusta recuperar de vez en cuando. Si hubiera formado parte de un volumen atiborrado de títulos, sería ya un empacho. No hace falta que tengan ilustraciones; podrían ser solo publicaciones de un par o tres relatos, como mucho, pero con una edición agradable por el tipo de fuente y tamaño de letra, la disposición de la página, la caja del texto.

Los libros cuestan, es cierto, y por eso nos tienta acudir a la mayor economía de recursos. Sin embargo, es un producto que permanece, se queda ahí en la estantería, o en el recuerdo; a veces decepciona, pero ese es el riesgo.

Con afecto eterno,

Una admiradora.

«Obras completas», de la serie Los diminutos, nº 8.
Carboncillo, pastel y grafito ©Rubal

Complete Works

Letter -13

Dear writer:

I like volumes that contain a maximum digestible of writings under the same title, as long as my hand does not drop midway through the reading due to its weight. Or else that, when I reach the fifth short story, I do not suffer from an anxiety syndrome for having more than enough to digest. Whether it is a one, a ten or a twenty page story it is the same for me, for each thing I need to assimilate, digest, settle. So a volume with a centimetre and a half, two centimetres, or well two and half, more or less, of a spine —and not being printed in, let us say, «Bible paper»—, is fine with me. Beyond those measures, I prefer to plunge into a long novel, and even in this case, I also have my preferences. All right, I might be exaggerating. Putting some extreme limits, because it all depends on the content, but I get to understand myself.

I can tell the same about the books of poems or collections of poems. Small compilations of poems, if they do get to me, make me as happy and satisfied.

The price? Yes, the price. There is the question of the price. «Since I pay for the sample copy, I buy something that is worth its dimensions». It is a fair and legitimate thought. But as far as I am concerned, the price is not based on dimensions, nor on the quantity that is contained in the sample copy, but on its quality.

I have read works published with great delicacy. As I like drawings, illustrations, I have the experience of having bought books of the publishing house Nórdica, for instance. They have titles that include a small compilation of poems or short stories, they do put them together with illustrations and create a sample copy that you want to keep. In my case, the combination of both the text and the illustration leaves me with the feeling that I want to recover every other then. If it had been part of a volume stuffed with titles, it would become an indigestion. There is no need for it to have illustrations, though; There could just be publications of a two or three short stories, but edited in a pleasant way for its font type and letter size, the display of the page, the text box.

Books cost, certainly, and that is why we are tempted to reach for a greater economy of means; however, it is a product that lasts, it stays there on the shelf or in the memory. Sometimes it disappoints, but that is the risk.

With eternal affection,

An admirer.

«Párate y piensa»

Bilingüe/Bilingual, Cartas / Letters, Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose

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Carta – 12

Querido escritor/a:

Leyendo un librito de ensayo, Serenidad de Alfred Sonnenfeld, de los que huyo, pero luego me cazan… recordé cuánto me impactaron en su momento unas cuantas frases de la pensadora y politóloga, Hannah Arendt, de puro sentido común que rebosan; tan humanas y sencillas.

Ya se nota que yo no he estudiado filosofía; me paso los argumentos, los razonamientos, las conclusiones, la hipótesis, tesis y antítesis de un texto, por el forro… de mi necesidad de contar, o escribir —que para mí es lo mismo— como el que habla por hablar. De ahí que empiece por una cosa y, atravesando los lindes de la organización lógica textual, termine por otra. Desde bien pequeña me dejaron claro que no sabía muy bien a dónde quería ir a parar con las palabras, y sobre todo las escritas. Ya con un poco de más edad, juicio y capacidad de decisión, sin embargo, estuve a punto de decantarme por estudiar Filosofía; por aquel entonces una maravillosa profesora nos presentó la materia de tal modo que muchas de nosotras nos planteamos la posibilidad de seguir estudiándola. Comprendí que el campo de las palabras que gozan enredándose en una madeja tenía una etiqueta «Fi-lo-so-fí-a. Pero entonces alguien me dijo que me parase a pensarlo un poco. Después me hicieron un test para la orientación de estudios —¿universitarios?— y los resultados dieron positivo para asuntos relacionados con las artes plásticas. Estuve a punto, también, de tentarlas, las artes plásticas, pero entonces alguien me dijo de nuevo que me parase a pensarlo. Me paré y lo pensé. Y aquí estamos. No he estudiado Filosofía ni nada relacionado con las artes plásticas.

Cuando leí el librito de Sonnenfeld y vi la cita de Hannah Arendt «Párate y piensa» —la referencia está tomada del libro de Arendt Eichmann en Jerusalem—, recordé otras tantas frases de la misma autora que se me quedaron grabadas en la cabeza durante un tiempo y que me sirvieron para el intento de un estudio académico. En una entrevista a cargo de Günter Gauss, por ejemplo, decía cosas como que para ella escribir era una forma de acceso a la comprensión de las cosas; decía, y no sé si estoy desvirtuando algo de su mensaje, que era la satisfacción personal y no el deseo de influir lo que le movía a escribir. Sus teorías, al margen de estas declaraciones, no me interesaban. El momento epifánico de mi encuentro con su obra residía en esas dos ideas: la comprensión y la satisfacción personal. A raíz de leer, o escuchar, estas dos simples ideas, se me aclararon muchas cosas. ¡Qué tontería! ¡Qué estupidez! Claro, la escritura formaba parte de mí; lo necesitaba para comprender el mundo, sin conceder relevancia a lo que otros pudieran o quisieran pensar sobre ello. No darme cuenta de ello, cuando todavía era muy joven y me pedían que pensara como vieja, fue un error. Y lo mismo ocurrió con las artes plásticas.

Es curioso que fuera precisamente otra frase de Arendt, «párate y piensa», la que, pronunciada por otros, me impidiera dejarme llevar por lo que desde todos los puntos de vistas subjetivos y objetivos era mi esencia y mi forma de abordar la vida.

Pero esto ya forma parte del pasado.

«Párate y piensa», y realmente estoy de acuerdo con esto. La cuestión es a quién le correspondería hacerlo en cada caso.

Con afecto eterno,

Una admiradora.

Carboncillo y grafito ©Rubal

«Stop and Think»

Letter – 12

Dear writer:

When reading a little essay book, Serenidad by Alfred Sonnenfeld, one of those I run away from but then hunt me… I recalled how much I was once impressed by a couple expressions of the thinker and political scientist, Hannah Arendt; they were so human and simple and overflowed so much with common sense.

You can tell that I have not studied philosophy; I could not care less about arguments, reasoning, conclusions, hypothesis, thesis and antithesis of a text… than my need to tell or write something, which is about the same act after all. As the one who speaks for the sake of speaking. Hence I start with one thing and, crossing the boundaries of the textual logical organization, end with another. From a very young age they made it clear to me that I did not know very well where I wanted to go with the words, especially with those written. However, a little older, more capable of better judgment and decision making, I was about to choose to study Philosophy; by then a wonderful teacher had introduced us to the subject in such a way that many of us planned to continue studying it. I realized that the learning field where words take pleasure in becoming entangled had a label «Phi-lo-so-phy». But then someone told me to stop and think about it a bit. Then I was given a study orientation —for university?— and the results were positive in matters of plastic arts. I was about to try them too, plastic arts, but then someone told me again to stop and think about it. I stopped and thought about it. And here we are. I did not study Philosophy nor anything related to plastic arts.

When I read Sonnenfeld’s little book and saw Hannah Arendt’s quotation «Stop and think» —the reference is taken from Arendt’s book Eichmann in Jerusalem—, I remembered a few other words of the same author, that I kept in my head for a while and helped me in my attempt to write an academic study. In an interview by Günter Gauss, for example, she said that writing for her was an access to the understanding of things. She said, and I don’t know if I’m somehow distorting her message, that it was personal satisfaction and not the wish to influence others that moved her to write. Her theories, apart from these assumptions, did not interest me. The epiphanic moment of my encounter with her work just lay in these two ideas: understanding and personal satisfaction. From this point, after reading, or listening to, these two simple ideas, I made many things clear to myself. What nonsense! What a stupid thing! Of course, writing was part of me; I needed it to understand the world, disregarding what others could or would like to think about it. Not realising this, when I was still very young and was asked to think as an old person, was a mistake. And the same was for plastic arts.

It is funny that it was precisely one of Arendt’s expressions, «Stop and think», which, pronounced by others , dissuaded me from focussing on what from all points of views, both subjetive and objective, could be seen as my essence and life approach.

But this is already part of the past.

«Stop and think», and I really agree on that. The question is who should do it in each case.

With eternal affection,

An admirer.

Thoreau en Walden

Bilingüe/Bilingual, Incapaz de reseñar / Incapable of Reviewing, Mi prosa / My Prose

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No puedo añadir nada más interesante que lo que aportaría cualquier referencia en la red sobre la vida de este hombre. El motivo que me ha impulsado a dedicarle unas líneas es porque acabo de leer su obra y porque, de un tiempo a esta parte, es una de las pocas obras de ensayo con más de cien páginas que he querido continuar leyendo. Ya se sabe que el acto de leer va por temporadas. Durante dos años más o menos, hasta hace unos meses, tenía que abandonar todo intento de leer cualquier cuestión densa que no fuera ficción. Incluso siendo ficción me costaba. No voy a dar marcha atrás para explicar razones, pero sí puedo constatar que se trataba de una etapa de transición y que por alguna extraña obsesión seguía consejos de lectura de otros que sentía que debía realizar a pesar de lo mucho que me costara acometerlos. Probablemente una etapa de rebeldía contradictoria. Aunque ahora ya comprendo a qué se debía, se trata de una historia demasiado larga incluso para contármela a mí misma. Sin embargo, hace un mes fui a la librería y lo vi ahí, el ejemplar, en la sección de Filosofía, pensamiento, etc., tan erguido, ¿tan apetecible?, con su cabañita cobijada entre tres pulcros árboles —¿cedros y un abeto?— , un volumen publicado por Errata Naturae —ya de esta editorial me leí por tercera vez las Meditaciones de Marco Aurelio ilustradas y una antología de Lev Tolstoi, La revolución interior, a cargo de Stefan Zweig—, lo cual significaba algo interesante. Estaba sobre los estantes del fondo y delante de una ventana iluminada. Me acerqué para verlo mejor, dejando atrás una mesa repleta de portadas de exquisito estreñimiento de la razón. Era Walden, de Henry David Thoreau (1817-1862).

Me quedé con el libro en la mano pensando un buen rato. No sabía si comprarlo o no. Me había prometido no caer en la tentación de comprar un libro de ensayo que no fuera pura ficción. Me estaba dejando seducir de nuevo por el deseo de penetrar en la maraña de las perspectivas subjetivas. Pero entonces me vino un recuerdo. Yo tenía veinte años y estaba en mi clase de Literatura Norteamericana; una asignatura en la que creía que no había aprendido nada y sigo creyéndolo. Sin embargo, hubo muchas cosas que se me quedaron grabadas en la memoria, como por ejemplo, cómo se golpeaba el profesor la cabeza con el micrófono para comprobar que funcionaba, y también los trascendentalistas norteamericanos, entre otras cosas, esa tendencia o movimiento de los que emergían nombres como Thoreau, Emerson, Dickinson…, sin orden ni concierto por parte del docente, pero que pronunciaba con mucho entusiasmo. Se me quedó la idea de que Thoreau era una especie de disidente de las ideas de su tiempo, que llamaba a la desobediencia civil y pacífica, por la que fue encarcelado en sucesivas ocasiones, pero, sobre todo, un hombre que decidió pasar dos años retirado de la sociedad cerca del lago Walden en Concord, Massachussets . Como quiera que fuera que recordé esto, también recordé que en el pasado ya había intentado leerlo sin éxito. Y ahí estaba yo, con el libro en la mano y recordando y casi buscando excusas para no deponer el intento. Finalmente me lo llevé a casa. Es evidente.

Terminé de leerlo hace dos días —el número dos ya debe de significar algo en todo este proceso porque se me está repitiendo—. Lo que nos había contado nuestro excéntrico profesor de Literatura Norteamericana resultó ser cierto. Thoreau se retiró de la sociedad para pasar dos años cerca del lago Walden y lo hizo para tomar una perspectiva comprometida con la naturaleza y hacer una crítica constructiva de la actitud y las necesidades del ser humano. Su modernidad es sorprendente. Pero esto no es lo que más me ha gustado de su obra. Lo que más me ha gustado de su obra es que pude leer más de cien páginas sin sentir un tremendo cansancio en la cabeza. Lo que me hace pensar que su lectura ha significado un avance en mi crecimiento como lectora o un hito que demarca los límites de mi paciencia. O simplemente que hay cosas que me gustan y otras no. No importa la causa; la cuestión es que este nuevo camino que acabo de empezar a recorrer me gusta. A partir de este punto, Walden, he regresado a mis placeres de antes —y no tienen que ver precisamente con la experiencia de su autor en los bosques—, mientras continúo descubriendo lo que me había dejado atrás por no seguir mi propia intuición. Por más que nos digan que nos pueden ayudar a descubrir lo que nos gusta, cada vez tengo más la certeza de que solo nosotros mismos podemos ayudarnos a descubrirlo.

En cualquier caso, me alegro de haber leído a Thoreau, por fin, después de tantos años desde que me oyera pronunciar su nombre por primera vez.

Puede que esta cita tenga poco que ver con la esencia de lo que he escrito, sin embargo, creo que es apropiada y me encanta:

«Vivimos aún de forma miserable, como las hormigas, aunque la fábula nos cuenta que hace ya mucho que fuimos transformados en hombres; luchamos contra las grullas como hicieron los pigmeos, acumulando error tras error y remiendo sobre remiendo, y nuestra mejor virtud nos encamina en esta ocasión hacia una desgracia superflua y evitable. Nuestra vida se pierde en los detalles. Un hombre honrado pocas veces necesita contar más allá de sus diez dedos, y, en un caso extremo, puede añadir los diez de los pies y olvidar el resto. ¡Simplicidad, simplicidad, simplicidad! Que vuestros asuntos sean dos o tres, y no cien o mil; y en lugar de un millón, contad media docena y llevad las cuentas con la uña del pulgar.»

Anoto aquí un enlace que dirige a un artículo de la editorial Impedimenta sobre Thoreau y que considero interesante.

Artículo de Impedimenta sobre Thoreau


Thoreau at Walden

I cannot add anything more interesting than what any reference on the net would bring about this man’s life. The reason that has led me to dedicate a few lines to him is because I just read his work and because, for some time now, it is one of the few essay works containing more than one hundred pages that I wanted to continue reading. It is already known that the act of reading goes by season. For two years or so, until a few months ago, I had to give up any attempt to read a dense writing that was not fiction. Even fiction cost me. I will not go back to explain reasons, but I can see that it was a transitional stage, and that for some strange obsession I would follow reading advice from others that gave me a hard time to accomplish, still with the conviction that I should do it. Probably a stage of contradictory rebellion. Although I already understand what it was about, it is a far too long story to tell even to myself. However, a month ago I went to the bookstore and I saw it there, the copy, in the section of Philosophy, Thinking, etc., so upright, so appealing?, With its little log-cabin sheltered between three neat trees —cedars and a fir?—, a volume published by Errata Naturae —from this very publisher I read for the third time Marco Aurelio’s Meditations Illustrated and an anthology of Lev Tolstoy by Stefan Zweig—, which meant something interesting. It was on the shelves at the back of the shop and in front of an illuminated window. I came closer to take a better look, leaving behind a table full of covers of an exquisite constipation of the reasoning. It was Walden, by Henry David Thoreau (1817-1862).

I held the book in my hand while thinking for a while. I did not know whether to buy it or not. I had committed myself not to be tempted to buy a book of essays which was not pure fiction. I was letting myself be seduced by the need of penetrating the messy subjetive perspectives. But then I remembered something. I was twenty years old and I was in my class of North American Literature; a subject in which I believed I had not learned anything and I still do. However, there were a couple of things that got into my memory to stay, such as, for example, how the professor tapped his head with the microphone to check that it worked, and also the North American transcendentalists, among other things, that trend or movement from which emerged names like Thoreau, Emerson, Dickinson… —whether they belonged or not to the movement— in no order nor coherence from the part of the teacher, but pronounced with great enthusiasm. I got the idea that Thoreau was a kind of dissident, opposing the ideas of his times, who would call to civil and pacific disobedience, for which cause he was several times imprisoned; but, overall, a man who decided to spend two years retired from society near the Walden Pond in Concord, Massachussets. Be it as it were that I remembered this, I also remembered that I had tried to read it in the past unsuccessfully. And there I was, holding the book in my hand and remembering and finding excuses not to decline the attempt. Eventually I took it home. It is obvious.

I finished reading it two days ago —the number «two» must already mean something in all this process because it keeps coming up—. What our bizarre professor of North American Literature had told us turned out to be true. Thoreau had retired from society to spend two years near the Walden Pond and he did it to take a committed perspective with nature and create a constructive critique of the attitude and the necessities of the human being. The modernity of his views is astounding. But this is not what I liked best of his work. What I liked best is that I could read more than a hundred pages not feeling exhausted in my head, which makes me think that this experience has meant great progress in my growth as a reader or a landmark that defines the limits of my patience. Or it is just that there are things that I like and others that I do not. It does not matter what the reason is, the question is that I like this new path that I have started to walk. From this point, Walden, I have returned to my past pleasures —and they do not have to do with the experience of the author in the woods precisely—, while I continue to discover what I had left behind going against my own intuition. In matters of reading, not to mention other fields, however much we are told that we can be helped by others to discover what we like, I am more and more certain that it is only us that can help ourselves to discover it.

Anyway, I am glad to have read Thoreau, at last, after so many years ever since I first heard his name being pronounced.

This quote may have little to do with the essence of what I have written here, and yet I think it is appropriate and I love it:

«Still we live meanly, like ants; though the fable tells us that we were long ago changed into men; like pygmies we fight with cranes; it is error upon error, and clout upon clout, and our best virtue has for its occasion a superfluous and evitable wretchedness. Our life is frittered away by detail. An honest man has hardly need to count more than his ten fingers, or in extreme cases he may add his ten toes, and lump the rest. Simplicity, simplicity, simplicity! I say, let your affairs be as two or three, and not a hundred or a thousand; instead of a million count half a dozen, and keep your accounts on your thumb nail.»

No creo en las brujas

Bilingüe/Bilingual, Mi prosa / My Prose, Mis temas favoritos / My Favourite Topics

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No creo en la astrología ni en la quiromancia. No creo en las coincidencias con significado ni en el Karma. No creo en los oráculos o las casualidades intencionadas. No creo en los fantasmas ni en los vampiros. No creo, desde luego, en las brujas. Sin embargo, cuando llegan estas fechas mi espíritu se acerca a las sombras, a la curiosidad de un gato, a la mirada que se deposita sobre un fuego de leña. Mi mente juega con una historia de misterio, dibuja una casa encantada y recuerda, cómo no, aquellos ocasiones en los que preparaba, como profesora, alguna actividad acerca de la noche de las almas para mis clases; también recuerda los días de la infancia en los que aprovechábamos un día de lluvia y tormenta para recogernos bajo una cornisa o unos soportales y contarnos un cuento con un susto por final; también recuerda los días de la adolescencia a solas viendo los ciclos de películas de terror que echaban por la televisión.

Pero me estoy desviando de lo que veía a contarme ahora.

Solo una vez me dejé leer el Tarot y fue a los 18 años. Fue en el parque del Retiro, cuando los tarotistas empezaron a asentarse por esa zona, más o menos. La lectura me la hizo una mujer joven de melena muy larga y rubia. En realidad, eran dos hermanas o conocidas o amigas o socias. Las dos muy parecidas. Ambas con el pelo muy largo y rubio y aparentemente extranjeras. Una me leyó el Tarot y la otra las líneas de la mano. No sé por qué me dio por pedir sus servicios, de las dos, pero en ese momento sé que me atrajo la idea. Me dijeron algunas cosas vagas, generales, otras más concretas, pero quizá se acercaran mucho a como yo soy ahora. Pero esto no es lo relevante de mi recuerdo. Lo relevante es que años más tarde, todavía me gusta recrearme en cierto simbolismo de las cosas, aunque lejos de pensar que es la «cosa» la que te brinda una lectura, pienso que somos nosotros, en la lectura que hacemos de esa misma «cosa» los que nos facilitamos una lectura de nosotros mismos, de cómo nos va la vida, de qué nos importa, de dónde ponemos el foco de atención. Somos mucho más que la lectura de un símbolo. No hay misterio en la «cosa» sino en nuestra forma de leerlas. Decimos mucho, mucho, con nuestras interpretaciones. Nuestra forma de analizar, y en cada momento y en cada circunstancia.

De todas formas, esto es como construir una historia, nos valemos del simbolismo para narrarla. ¿De qué otro modo si no? Es lo que aporta belleza, interés y esa necesidad de tomar perspectiva, de alejarse para poder abordarla con más ganas y menos escrúpulos, menos dolor, menos temor.

Así que no creo en las brujas, aunque de siempre me han dado bastante miedo. No entro en materia de género —de si eso es porque la imagen que siempre se ha dado de la mujer, etc.— porque aquí no viene al caso. Las brujas me han dado bastante miedo hasta ahora. Recuerdo el terror que sentí cuando la reina de Blancanieves se transformaba en bruja , esa escena precisamente de la película de Disney. Después me compraron un móvil —no el teléfono—, de los que se cuelgan del techo de los dormitorios, con la silueta recortada en cartulina de los personajes de la película, y la bruja estaba, ya transformada, en la parte superior. Cada vez que giraba y lo veía girar desde mi cama en la penumbra, cuando estaba a punto de asomar la cara de la bruja yo dejaba de mirar y me escondía bajo la sábana. Lo curioso es que nunca les dije a mis a padres el miedo que me producía verla. Y es que creo que yo tampoco sentí la necesidad de decírselo. Normalmente se diría, ¿no? Pero yo no lo hice. Me deshice del móvil bastante tarde. Debía de ser ya adolescente…

Bueno, pues no creo en las brujas y tampoco en los oráculos, pero hace poco me compré una baraja muy curiosa. Buscaba por Internet la referencia de una baraja del Tarot ; no sabía si la de Marsella o la que fuera, si la de los Arcanos o lo que fuera. Tenía el recuerdo aún un poco mareado de la obra de Italo Calvino, El castillo de los destinos cruzados, donde los personajes narran distintas historias basándose en determinadas disposiciones de las cartas del Tarot; y andaba yo también con ganas de anticiparme un poco en la vida, como para adelantar algún paso de la mente; al mismo tiempo curioseaba sobre obras de escritoras. Total que navegando por la red me encontré con un juego de cartas que emulaban las de la adivinación, pero que contenían imágenes de escritoras, así como otras imágenes varias, como las de un objeto, un animal, una casa. El juego de cartas iba acompañado, aunque solo era complementario, de un libro donde cada escritora y su imagen, o mejor decir ilustración, ocupaba un capítulo. Al final del mismo, la autora y la ilustradora, invitan a que cada uno/a haga su propia recopilación de escritoras, como una obra abierta. ¿Y qué tiene que ver esto con las «brujas»? Pues porque el libro se llama Literary Witches —Brujas literarias—, escrito por Taisia Kitaiskaia e ilustrado por Katy Horan, y el juego de cartas es The Literary Witches Oracle —El oráculo de las brujas literarias—.

No, no creo en las brujas ni creo en los oráculos, pero esta partida no me la pierdo. Además, está muy lejos de parecerse a la bruja que una vez colgaba del techo de mi dormitorio.


I don’t believe in witches

I don’t believe in astrology nor in palmistry. I do not believe in coincidences with meaning nor in Karma. I don’t believe in oracles or intentional coincidences. I don’t believe in ghosts nor in vampires. I don’t believe, of course, in witches. However, when these dates approach my spirit moves closer to the shadows, to the curiosity of a cat, to the look that lies on a wood fire. My mind plays with a mystery story, draws a haunted house and remembers, of course, those occasions on which I prepared, as a teacher, some activity about the night of souls for my lessons; it also remembers the days of childhood when we took advantage of a rainy and stormy day to gather under a ledge or some portico and tell a story with a fright for an ending; my mind also remembers the days of adolescence alone watching the cycles of horror movies on television.

But I’m deviating from what I intended to tell myself now.

Only once did I let myself read the Tarot and it was at age 18. It was in the Retiro park, when the tarot readers began to settle in that area, more or less. The reading was conducted by a young woman with very long blond hair. Actually, they were two sisters or acquaintances, or friends. The two very much alike. Both with very long blond hair and seemingly foreign. One read the Tarot and the other the lines of the hand. I don’t know why I asked for their services, but at that moment I knew I was attracted to the idea. They told me some vague, general things; other were more concrete, but perhaps very close to whom I am and how I feel now. But this is not what is relevant of my remenbrace. The relevant thing is that years later, I still like to recreate myself in a certain symbolism of things, although far from thinking that it is the “thing” that gives you a reading, I think that it is we, in the reading that we get from the “thing” itself, that provide a reading of ourselves, of how our lives are going on, of what matters to us, where we put the focus of attention. We are much more than just reading a symbol. There is no mystery in the “thing” but in the way we read it. We say way a lot with our interpretations, our way of analyzing in every moment and in every circumstance.

Anyway, this is like building a story, we use symbolism to tell the story. Is there any other way? It is what brings beauty, interest and the need of taking perspective, of moving away so as to be able to approach it with more desire and less scruples, less pain, less fear.

So I don’t believe in witches, although I’ve always been quite scared of them. I will not go into gender – into the thing about the image that has always been given of women, etc. – because it is not relevant here. The witches have always scared me so far. I remember the terror I felt when the Snow White Queen turned into a witch, that scene precisely from the Disney movie. Then they bought me a mobile, one of those mobiles —not a phone—that hang from the ceiling of the bedrooms, with the cardboard-cut silhouette of the characters in the movie, and the witch, who was, already transformed, at the top. Every time it turned and I would see it rotate from my bed in the dim light, just when the witch’s face was about to reveal I stopped looking and hid under the bed sheet. The funny thing is that I never told my parents about the fear that caused me to see her. And I think I didn’t feel the need to tell them either. It would be a normal thing to be told, right? But I did not. I got rid of my toy mobile quite late. I must have already been a teenager by then…

Well, I don’t believe in witches and oracles, but recently I purchased a very curious card deck. I searched the Internet for the reference of a Tarot deck; I didn’t know if the Marseille one or whatever, the one of the Arcanes or whatever. I still had a little dizzy memory of Italo Calvino’s work, The Castle of the Crossed Destinies, where the characters tell different stories based on a certain display of the Tarot cards; and I was also eager to anticipate myself a little in life, so as to advance some step head of the mind; at the same time I was concerned about female writers’ works. Anyhow, while I was surfing the net I found a card set that emulated those of divination, but contained images of female writers, as well as other images, such as those of an object, an animal, a house. The card set was accompanied, although it was only complementary, by a book where each female writer and her image, or better to say illustration, occupied a chapter. At the end of it all, both the author and the illustrator invite the reader to make our own compilation of female writers, as an open work. And what does this have to do with the “witches”? It is because the book is called Literary Witches, written by Taisia Kitaiskaia and illustrated by Katy Horan, and the card game is titled The Literary Witches Oracle.

No, I don’t believe in witches or believe in oracles, but I won’t miss this game. Besides, it is far from resembling the witch that was once hanging from the top of my bedroom ceiling.

Esta ha sido mi carta hoy.
This has been my card today:

protection – obstacles -boundaries
protección – obstáculos – límites/fronteras

Viento de septiembre

Mi prosa / My Prose, Paisaje urbano / Urban Landscape

CAMBIO

Los wind chimes, o carillones de viento, andaban como locos. El sonido a través de la grabación asemeja una cristalería en «crisis», pero en la realidad, cuando pasaba por la acera donde estaba el puesto era algo indescriptible al oído. Pura magia del aire. Y como no quiero ponerme poética, porque tampoco me lo da el día, prefiero dejarlo en la imagen. Es el viento de septiembre. Es el anuncio de un cambio.

VIENTO DE SEPTIEMBRE
CAMBIO

El asistente médico espiritual

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose
Lápiz, grafito, lápiz de color ©Rubal (Septiembre 2019)

X estaba recostada sobre el asiento con los brazos extendidos hacia delante y apoyados sobre la mesa electrónica delante de una caja de pastillas. En la pantalla, el asistente médico espiritual sonreía.

—Lo puedes tomar como un paracetamol de un gramo. A cada seis u ocho horas mínimo. Calculas el tiempo y te da para hacerlo hasta tres veces al día, procurando que no sea durante un tiempo demasiado prolongado —dijo el asistente.

—¿Y si me paso?

—Si te pasas, te acostumbras.

—Pero no sería peor que el duelo.

—No me refiero a que te acostumbres como adicción, sino que deje de hacerte el mismo efecto.

—Pero no puede ser peor que el duelo, ¿no? Quiero decir que habrá una alternativa, un refuerzo…

—Sup…ngo…

—Es cuestión de ver qué compensa al final, ¿verdad? —insistió X.

—Su…png…

—¿Me oyes?

—Ssss…pnnn…ooo…

—¿Me oyes?

Una lluvia de cuadraditos de colores desfiguró la sonrisa del asistente, y al cabo de brevísimos segundos, cubrieron la pantalla entera.

Escrito en octubre de 2018 ©Rubal

Difference

Mi prosa / My Prose

Tenía guardado este escrito desde hacía dos años. Surgió a raíz de un ejercicio de escritura creativa del taller en el que participaba por aquel entonces, apenas nueve meses después de que muriera mi padre. Lo leí solo una vez, en ese momento, y desde entonces no había vuelto a sacarlo.

Para aquellos que se atreven a mirar el pasado y dejan que este pase de largo; para aquellos que se enfrentan a sus orígenes a pesar de sí mismos; para aquellos que conversan con los padres sin buscar razones; para aquellos que miran el presente y se dejan convencer por el próximo segundo.

Difference

Hola, papá. Hace mucho que no hablo contigo, y eso que me he pasado los últimos meses notando tu presencia sobre mi hombro derecho. Otras, me ha parecido que mirases a través de mis ojos. Sin embargo, como tantas otras veces, estando todavía tú vivo, no he llegado a hablarte como quizá, bueno quizá no, seguro que habría querido hacerlo. No sé por qué ahora me ha parecido mejor momento para charlar sobre lo que veo, lo que me viene en sueños, lo que siento. Todo se reduce a un mero ejercicio de un taller de escritura. Sí, un taller de escritura. Tú nunca fuiste a ningún taller de escritura, ¿verdad? No sé si eran los tiempos en los que viviste, que no tuviste ocasión, que no se te ocurrió o que no creías en este tipo de actividad para estimular tu creatividad. Yo, si te soy sincera, tampoco creo en ello, pero voy porque busco algo, y en el fondo sé que necesito hacerlo, y no se trata de escribir, sino de otra cosa, pero no viene al caso contarlo. Tú, sin embargo, creías en el poder de hacerlo todo por tus medios, por tus medios, por tus propios medios. O puede que solo sea que se te fue tu padre demasiado pronto, y a mí demasiado tarde, y que eras el más pequeño de tu familia o el padre de cinco hijos, y que siendo los tiempos más duros que estos, más duros que los que yo estoy viviendo, al menos para lo primordial, para lo más primitivo, tuviste que diseñar tu juventud en la acción comunitaria a la fuerza, convencido o no, y en la familiar, relegando tu espacio creativo a aquel lugar que queda libre después de que toda responsabilidad queda cubierta. O que no fueras lo suficientemente egoísta, o puede que no sea nada de esto, sino que no te planteabas otra forma, qué sé yo.

Pero bueno, aquí estoy, en un taller de escritura. Me acaban de hacer que recite un poema en su inglés original y he sentido que literalmente me ardía el cerebro. Es largo de explicar y no viene al caso tampoco intentarlo, pero es que a continuación, el ejercicio se extendió a ubicarme por entero en el contenido de ese mismo poema que va de tomar una sola decisión en concreto, como el que se encuentra en una encrucijada de caminos y elige el que le parece que será la opción más adecuada o más acertada. ¿Y cómo se hace eso? ¿Conforme al intelecto, conforme a la razón, conforme a algún sentido, conforme a un sentimiento, conforme a una pulsión que después es resultado de un esfuerzo, por mil argumentos que surgen para boicotear la empresa desde el principio? No, en realidad, se trataba de fluir, y ya sabes, ¿cómo fluyes bajo la presión de un esfuerzo?

Me paro aquí un instante, porque me cuesta respirar. Lo siento un poco en este lugar que tengo debajo del esternón, casi como hace unos minutos, cuando terminé de pronunciar el último difference, ence, ence de Frost. Bonito poema.

Bien, estoy al borde de la apnea, y creo que por eso necesito regresar al pasado. Vuelvo a verte sentado frente a mí, detrás de la mesa de comer, de tu cuarto para escribir, o para aquello para lo que te reservaste un espacio en los últimos años, cuando uno a uno íbamos partiendo de casa para no regresar más como tus hijos, sino como miembros y casi dueños de nuestras propias esferas. No puedo mirarte sin recoger la imagen de este último período en el que te debatiste contra el hecho de estar desapareciendo, contra el hecho de la muerte, y todo aquello que nos acompañó por incomprensión, por ignorancia, por rabia, por miedo, por impotencia. La familia es una terrible red que se lanza para pescar en aguas poco profundas y se enmaraña con el lodo y las algas. Pero ¿sabes?, hay un agujero en un extremo. Acabo de verlo mientras te hablo. Por suerte unos cuantos nudos desechos han abierto un intervalo de duelo por el que puedo escapar, nadar con todas mis fuerzas, así, braceando, aunque me falte tanto el aire, y salir a la superficie imaginada. Quiero pensar, pienso, siento que tú, que ya te desprendiste de ese amasijo de carne y huesos fríos, estás en la luz que se refleja por el exterior, que tú eres la luz que se filtra llamando mi atención sobre lo auténticamente prioritario. Tú y todos los que ya vais por delante de nosotros. Aunque quizá solo es una estela de alivio que dejáis abandonada, para que la sigamos a modo de atolondrados pulgarcitos que persiguen un rastro de garbanzos secos para volver a su casa.

¿Y qué es lo auténticamente prioritario? Pues es tan sencillo. Lo verdaderamente prioritario surge cuando el oxígeno no llega más. Así nado y nado y rozo el rayo de luz a través del agua y me siento cada vez más cerca de alcanzar el aire.

Imagino después que broto de la superficie, que por fin lo hago. Tengo que imaginarlo, porque todavía sigo buceando y persiguiendo la estela. ¿Qué no debo imaginarlo? No, no pasa nada. Imaginarlo no me hace daño, al contrario, me ayuda a soportar la hinchazón de las venas. Y ahora, papá, déjame a partir de aquí que te cuente algo más a mi modo. Es una historia que va de un corto y largo viaje, de esos que a ti te gustaban, aunque de este puede que no haya retorno.

Pues bien, me he quedado en que broto de la superficie del agua. Estoy sentada, más bien echada sobre grava. Tengo el cuerpo estirado y apoyado sobre los codos, el mentón hacia el cielo, las piernas semiabiertas, y finalmente me desplomo sobre mi espalda porque estoy cansada y la grava se hinca en mis codos. Me quedo bocarriba, con los brazos estirados y las palmas de las manos al descubierto. El peso de mi cuerpo se reparte por la grava. No sufro demasiado. Hasta parece que olvido.

Pasan los segundos, o las horas. El aire acaricia mi piel. Creo que estoy desnuda pero no me veo porque permanezco con los ojos cerrados todo el rato. Tengo el impulso de elevar los brazos y unir las manos, entrelazando los dedos, como lo hacías tú. Hasta que no te vi hacerlo una vez más en el último momento, no me había dado cuenta de que habías dejado de hacerlo. Pero lo hiciste en ese último momento, ese último momento, y recuerdo que pensé, ¿por qué lo hace ahora? ¿Cómo puede sostener las manos así en este momento?

Ahora tengo las manos entrelazadas. Se han quedado ancladas en el aire. Apoyo los hombros del todo en el suelo. Mi sangre circula desde las muñecas hasta los hombros con parsimonia y se detiene. Yo creo que se detiene. La gravedad me empuja hacia el suelo. Es agradable estar colgada del aire. Balanceo las manos, con sus dedos entrelazados, de un lado a otro, suavemente. Parece que estén colgadas de una cadena invisible, que ya no es una cadena sino un collar de cantos plateados que se mece acompasando el latido que oigo en mi cabeza.

Después, sin una razón aparente, mis manos se sueltan. También abro los ojos. El suelo me pide que me quede pegada a él, pero estoy interesada por lo que hay a mi alrededor. De pronto comprendo que había brotado del agua, que el agua ha desaparecido y que no sé dónde estoy. Me levanto, me pongo de pie. Llevo un vestido amarillo, hecho con una tela muy delgada. Tiene las mangas cortas y me llega hasta las rodillas. No tengo frío y tampoco el sol, que está muy alto encima de mí, me quema la cara.

Delante de mí hay un poste de madera señalizando la bifurcación de un sendero, que era uno solo, hecho de la misma grava que andaba clavándose en mi piel. A la derecha hay un entramado de ramas. Tengo que hacer un esfuerzo para ver los troncos de los árboles de los que supuestamente nacen todas ellas. A la izquierda, el sendero de grava atraviesa una inmensa explanada cubierta por trigo verde, aún muy joven. También hay árboles, pero quedan a ambos lados del trigal, se yerguen como hileras de guardianes bien formados custodiando el cultivo que, visto desde lejos, parecería simple hierba si no fuera porque ya veo de qué está compuesto desde el principio.

No sé qué elegir. Me gustan los árboles. Me atrae la frondosidad oscura de un bosque tupido y enmarañado. Los trigos me dicen camina cuanto quieras entre nosotros. Somos salvajes como la hierba. Camina descalza. El bosque me habla. La explanada me susurra. Las ramas me atrapan, la senda me dirige y finalmente elijo la explanada verde para caminar en la dirección trazada por la grava.

Camino, camino, camino. A lo lejos asoma la misma línea de horizonte que veía desde el principio. No sé, puede que quisiera en algún momento dejar de ver la misma línea suspendida entre el cielo y la tierra. Puede que quisiera ver algo así como una casa, una chocita de tejado negro y ventanas de madera rodeadas de flores ornamentales. Una casita donde poder adentrarme y sentarme muy cerca de un hogar encendido, y una vez ahí, mirar la explanada y el cielo desde dentro. Si sigo, me cansaré, me digo, y de pronto oigo que el rumor de las hojas a lo lejos no es tal rumor de hojas sino una melodía que se hace más nítida. Espero a que la melodía surja de nuevo. Es una espera un poco larga, pero creo que puede merecer la pena, y por fin, llega.

Sí, es una melodía, o más bien un canto, una letanía, un sonido litúrgico. Procede de los árboles. Claro, no se me había ocurrido ir en esa dirección. Quizá si me desvío… Y me desvío. Avanzo hacia los árboles saliéndome de la senda, yendo a través del verde. Por un momento pienso que los árboles se alejan según avanzo, pero no es cierto, y sigo avanzando hasta tenerlos muy cerca. Son muy altos, no sabía que eran tan altos. Son como pilares de una catedral sin techo. Secuoyas que se yerguen como pilares de una catedral que alcanzan el cielo y lo rompen. Imagino que debe haber algo detrás de estos gigantes, de modo que traspaso el umbral del portón que se eleva entre dos de sus troncos rojizos, y al hacerlo, me miro las piernas. No llevo vestido, sino unos pantalones y una blusa hechos del mismo tejido delgado que el del vestido, pero esta vez tienen el color de la arcilla. Mis pies calzan unas sandalias de cuero que se abrazan a los tobillos.

Del cielo gris caen pequeños haces de luz blanca e iluminan el lugar con suficiente nitidez. De pronto comienza a llover. Llueve fino, luego fuerte, luego otra vez fino y se para. Tras el graznido de una urraca, vuelvo a oír el canto que se hace palabra:

Despacio, canta la letanía, despacio, llegas, estás.

Es la canción de una mujer retirada para cuidar de su olvido. Canto de una mujer que olvida y amanece. Si escucho atentamente, sé que procede de otro lugar que no se encuentra muy lejos, de hecho, asoma ahora frente mí. Está ahí. Hay un pequeño edificio de piedra. Una ermita, una minúscula capilla, o solo una casa de piedra revestida de musgo y yedra. En un lateral de la construcción, en la parte inferior de su muro, hay un caño que arroja agua en una canaleta. El agua después rebosa y se dispersa por un modesto huerto de menta y albahaca. Huele a menta y albahaca recién cortada.

Despacio.

En la parte superior del mismo muro hay dos ventanas gemelas en forma de arco de medio punto. Desde donde estoy veo un interior pobremente iluminado por una luz que vacila y se refleja en las aristas de las ventanas. Me acerco. Paso por encima de la menta, por encima de la albahaca. Llego a una de las dos ventanas gemelas y me asomo, no puedo evitarlo.

En el interior hay una sola estancia, un cuarto diáfano, y la luz procede de un hogar, desde el que percibo también el ruido de la madera consumiéndose. A su lado hay una mesa, y frente a la mesa un hombre vestido con algo parecido a un hábito marrón oscuro con una capucha que le cubre la cabeza, no tanto como para ver que tiene el pelo blanco. Lleva gafas de pasta negra e, inclinado hacia delante, escribe con un cálamo sobre un pliego de papel de gran tamaño. A su lado hay un tintero vacío y más pliegos que se apilan con la esperanza de formar un libro. O quizá no.

Despacio.

La mujer ha dejado de cantar. El hombre deja el cálamo sobre el pliego de papel, se quita las gafas de pasta negra y levanta la cara mirando hacia la ventana, mirando hacia donde estoy yo, mirándome a mí. Eres tú, papá. Sostienes la mirada y me dices ¿por qué tienes prisa? ¿A dónde vas corriendo?

No sé qué contestarte. Cierro los ojos, aprieto los párpados un poco como para contener las lágrimas, o la rabia, o la ignorancia, o qué sé yo, y cuando los abro me doy cuenta de que estoy sentada frente a la mesa escribiendo en el pliego de papel junto a los demás pliegos que se acumulan y pueden formar un libro, junto al hogar que me da cierto calor, y un canto desde la ventana, más allá de la urraca que acaba de posarse en el alféizar, me dice, me susurra al oído Llegas, estás. No busques más. Estás. Y me dejo acunar por su susurro y entonces solo siento que debo liberar estas palabras que tanto me han costado pronunciar: Adios papá.

Escrito en Madrid, un día de junio de 2017 ©Rubal.o

Mi amiga

Mi prosa / My Prose

Mi amiga tenía una casa en la pequeña barriada del sur, a las afueras de la ciudad donde yo también vivía. Allí, mi amiga había visto cómo se desvanecía su madre, cómo se alejaba su marido y cómo se despedían sus hijos.

Mi amiga había sido maestra de lengua de primaria y hacía tiempo que estaba jubilada. Como recuerdo de su trabajo le quedaba su amor por las palabras.

Los días bajo el sol de agosto podían ser muy cálidos en la barriada del sur, pero al caer la tarde, muy cercana a la noche, el aire refrescaba. Entonces algún perro quejoso ladraba, algún gato bufaba y corría para zafarse de su propia sombra, y los grillos comenzaban a entonar su melódico reclamo.

A esa hora más o menos, yo solía pasar por delante de la casa de mi amiga y entraba a saludarla y, de paso, le acompañaba el rato suficiente antes de regresar al sueño. Mi amiga sentada frente a la mesa de la cocina hacía crucigramas. Yo me pasaba más de una velada, sobre todo los viernes, con ella mientras ella se pensaba las letras y las palabras adecuadas para las casillas. Apenas levantaba la cabeza. El cazo andaba guisando la comida del día siguiente, y lo hacía a fuego lento. Era la costumbre de mi amiga cocinar a esas horas, a pesar de estar sola. Por si venían los chicos, decía, y no le daba tiempo por la mañana. Guardaba la fe de que llegarían algún fin de semana de aquellos, más temprano que tarde. Lo cierto es que hacía mucho tiempo que no habían asomado sus caras.

Nunca me atreví a preguntarle si de verdad creía que iban a venir un día, pero, por la forma en que vigilaba cómo se iba cociendo poco a poco la comida, mientras sus dedos movían tan resolutamente para rellenar los casilleros del crucigrama, sabía que no debía mencionarlo. Como poco se extrañaría y como menos le ofendería. A veces me miraba por encima de sus gafas de media luna, como si espiara mis pensamientos, como si presintiera mi duda. Los labios acabarían de clausurar un rezo al recordar de pronto una palabra, o estarían a punto de despegarse para consultarme lo que no lograba averiguar por sí misma, aunque lo tuviera en la punta de la lengua.

—Eso ya está —decía apuntando el cazo con la cabeza—. Anda, retíralo y aprovecha el calor. Pon un poco de agua para calentar. Hoy quiero dormir bien.

Yo le hacía caso y sacaba un segundo cazo del armario y la bolsa de la melisa para hacernos unas tisanas.

Mi amiga ya no vive en esa casa. De hecho, la casa ya no está donde estaba. En su lugar hay una terrible oquedad llena de piedras inútiles, abandonadas desde hace unos meses. Dicen que van a construir una nueva. También dicen que un día llegaron, por fin, los chicos y se llevaron a mi amiga. Yo no lo vi. No sé dónde estaba aquel día.

Ahora, los viernes sobre todo, cada vez que paso por delante de la parcela hueca me acuerdo de ella. Aunque es octubre, parece que refresca como en una noche de agosto. Quizás oiga un perro ladrar disconforme, o vea un gato que bufa delante de mí y luego se escapa de mi sombra, mientras los grillos comienzan a entonar su cantinela de desasosiego. Mis ojos entonces levantan una estancia sobre las ruinas de la casa de mi amiga y veo un puchero que se cocina a fuego lento, y la veo a ella que lo vigila al tiempo que rellena con determinación y entereza las casillas de su crucigrama.

Escrito en Madrid, 15 de agosto de 2019 ©Rubal.o

Altos de los edificios

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose, Paisaje urbano / Urban Landscape
Pintura acrílica sobre papel figueras ©Rubal

Me he fijado desde muy joven en los altos de los edificios. Muestran una luz que no podemos ver a la altura de nuestros ojos sobre fachadas o bañando las aceras.

Con frecuencia me he andado señalando a la persona de al lado el ángulo de luz y sombra de aquella cornisa o de aquel tejado.

A mi madre le decía que cuando llegaba el otoño, había un momento determinado en el que el reflejo del sol parecía descolgarse del frente de los edificios. Irradiaba un haz de luz blanca, oscilante como el péndulo de un enorme reloj de pared, que en cuestión de minutos se desvanecía. Yo lo llamaba el medallón del otoño. Sentía entonces, por breves instantes una mezcla de euforia y melancolía intensa que, al igual que la luz, desaparecía.

De eneagramas

Mi prosa / My Prose

Cito textualmente:

«El siete (7) es el número natural que sigue al seis y precede al ocho. En algunas religiones el siete es un número sagrado al igual que el ocho. El siete representa lo bueno y el ocho lo malo.»

«El tres (3) es el número natural que sigue al dos y precede al cuatro. Es un primo gemelo con cinco.»

Ambas citas proceden de la Wikipedia.

Ayer leí la entrada del blog de una compañera de este espacio de WordPress. En ella reseñaba el libro de Diana Sánchez-Regas. Dejo aquí el enlace: https://jefademivida.com/2019/08/13/las-7-puertas-inteligencia-emocional-a-traves-del-tarot/

¿Qué significado confiero a los números? No he estudiado matemáticas, pero basta leer los términos número natural, número primo, numero gemelo, número ordinal, número cardinal, número entero, número real, número transcendental, número par, número impar, número racional, número fraccionario, número complejo… ad infinitum, para hacerme una idea de los múltiples significados, usos, y de la magia que imprime contabilizar la existencia tal y como la conocemos. Admiro los matemáticos, aunque me negué a seguir estudiando la matería de las derivadas y ecuaciones allá por la época en la que había BUP en el instituto. Los admiro por las herramientas que poseen para dividir el mundo, para interpretar la realidad.

En cuanto a lo mágico, yo me adhiero más a esto. ¿Los números significan algo?, ¿insuflan aliento a nuestra rutina?, ¿imprimen carácter a nuestros actos y pensamientos? No lo sé. Pero desde que me dediqué a indagar sobre mis probabilidades de ser, sobre la máscara o carácter que me me metieron en la maleta nada más nacer, para usarlo ahí donde se llegara un contratiempo, me he topado con más de un número significativo o mágico, ¿o solo es un significante al que le damos un contenido por necesidad? De nuevo digo que no lo sé. A lo más que llego siempre es a cuestionarme. Con las preguntas me quedo más tranquila.

Pero bueno, desde las matemáticas nos dicen muchas cosas los números, «cosas probadas», de esas que parece que tienen más peso, así que, ¿por qué no creer en su dimensión de significado?

En la entrada que leí ayer, en la reseña de la obra de Diana Sánchez-Regas, se menciona el número tres y el número siete —porque la obra los trata, lógicamente—, y esto me lleva a otras ocasiones donde ya he visto estos dos números, entre otros, en sus posiciones de significación o uso; por ejemplo, desde la psicología.

Están los siete tipos de inteligencia de Howard Gardner;

o los ocho tipos de personalidad de Carl Gustav Jung;

o los nueve eneatipos de la personalidad.

Etc., etc.

Sin duda el número imprime significado a la existencia, y sin duda la existencia está hecha de números.

En tu consulta

Mi prosa / My Prose

Cuando fui a verte —recuerda que me dijiste que podía ser un cuatro—, volviste a hacerme la misma pregunta: ¿cómo me veía yo de pequeña? ¿Cómo me veía yo de jovencita?

Ya no recuerdo nada. ¿Pero acaso importa recordar algo así? ¿No es cierto que la visión que se tiene de una misma puede estar distorsionada por ese «ego» que está en boca de todos?

No conservo nada de esa época. He hecho grandes limpiezas a fondo de mi pasado. No creo que ahora esté muy lejos de ser de la que era antes, de la que era de pequeña, de la que era en mi época de estudiante. Solo que los personajes que me acompañan ahora son diferentes.

Tú querías que te contara cómo me veía, y yo fui a tu consulta para que me ayudaras a averiguar quién soy y qué quiero. Era tal la angustia y la ansiedad que sufría en esos días. ¿De qué iba tu trabajo si yo tenía que explicártelo? No me tomaste en serio. Tampoco yo fui sincera.

Fuiste directamente a la categoría y me pediste que te guiara en tu búsqueda para así sentirte más seguro sobre el camino que debías tomar. Unas pinceladas de sentimientos, unas palabras rotas de razonamiento y me colocaste en una etiqueta que se adecuaba a un presentimiento. Dime una cosa: ¿no podrías haberme escuchado sin encajarme en una categoría?

De acuerdo, tú ganas de momento. Hice mis deberes. ¿Un «uno», un «cinco»? Y sigue contándotelo…, porque verás, esto es un caos, y si lo miras con un sesgo, podrías quizá encontrarle un sentido. Sin embargo, siento —con una fe que no había tenido antes— que lo más parecido a encontrarle sentido es darle forma de cuento.

Bueno, aquello pasó.

Mi oráculo hoy tiene en el centro la carta de «El mundo».

Hace unos minutos tenía «La rueda de la fortuna» en posición invertida.

Números

Mi prosa / My Prose

En mi primera vista, me dijiste que podía ser un cuatro.

El eneagrama de la personalidad, ¿qué opciones deja para la posibilidad de ser?

Cuando me hablaste de números, pensé en la numerología. Inmediatamente me puse a sumar los dígitos de mi fecha de nacimiento, ¿no era así como se calculaba? El resultado daba “5”.

Pero tú me dijiste que posiblemente yo fuera un cuatro y me leíste un fragmento de un libro —era el de Claudio Naranjo—. En ese fragmento había una mujer llorosa que se lamentaba de su sino, de su incapacidad de ver lo que ya tenía. Después vino lo de la envidia. Es otro cantar. No me queda espacio para hablar de esto.

Te emocionaste. Era como un acierto del tiro al blanco. Pero yo me sentía confusa.

Me preguntaste cómo me veía yo de pequeña, o con unos cuantos años más joven. Me cuesta responder a esas preguntas y recurrí a la inventiva. Eso creo. No sé.

Las conclusiones estaban ahí.

Me llevé los deberes a casa. ¿Un cuatro?

Puede que hable de ello un día.

Sueños de hostelería

Mi prosa / My Prose

Nos ofrecieron trabajar a mí y a mi amiga, aquella mujer menuda con la parte superior del pelo teñido de azul de la que te hablé. El trabajo era de camareras en un restaurante cercano a mi casa que funcionaba bastante bien y que llevaba establecido muchos años. Era un asturiano que todavía conservaba el estilo tradicional de décadas atrás en la ciudad de M.

Necesitábamos trabajar, así que aceptamos, pero en el mismo día en el que nos incorporamos sentí que me había equivocado. Nos mostraron las batas de camareras, y yo pensé, «¿pero esto no es para los cocineros?».

Inmediatamente nos enseñaron los entresijos del servicio, aunque más bien se trataba de que comprendiéramos que teníamos que estar a la altura de su buen nombre y de su clientela. El hombre calvo y de buena facha, que nos instruyó de forma bastante somera, nos miraba con cara de no confiar en nuestra destreza. Miraba desde arriba y siempre por encima de un hombro, no por altivez, sino porque parecía tener prisa y querer prestar atención a lo que pasaba más allá de su alcance, por lo que casi nos daba la espalda. Desde luego no era una lección de Aristóteles con sus alumnas.

Las voces de los trabajadores se hacían hueco en el aire con un tono que sonaba siempre a alerta y mandato y donde su caminar era preciso sin giros dubitativos. Yo miraba a mi amiga, a su pelo azul, y ella parecía tan conforme.

—Podéis empezar cuanto antes —nos dijo el calvo de buena facha.

Mi amiga no se lo pensó dos veces. Se mezcló entre el personal de camareros, que eran dos en barra y tres en sala, y que en ese instante ordenaban sus comandas —si no fuera por el azul de su pelo la habría perdido de visto—, y comenzó a preguntar aquí y allá instando a que en lo sucesivo le dejaran coger tres platos por mano, uno montado sobre otro utilizando la la mano izquierda como una pala, no, mejor como una carretilla elevadora —un plato apoyado en el borde exterior de la palma de su mano, un plato en el borde interior y sujeto por el pulgar y un tercero sobre la muñeca y sobre los dos platos anteriores—. Yo me fijé en cómo se esforzaba por aprender a llevarlos de esa manera y en si sería yo misma capaz de hacerlo y de hacer de carretilla elevadora, pero, sobre todo, si sería capaz de depositarlo todo después correctamente, y sin que se me cayera, en la mesa de los comensales.

Mi amiga se empeñaba en su práctica con los platos, pero entonces vio que yo estaba algo retirada de la escena.

—¿Qué estás haciendo? —su pelo azul, bajo los focos de luz cálida del pasillo, parecía de color púrpura. Vestida con aquella bata blanca cruzada parecía una aprendiz de cocina o una novicia zen. Yo la llevaba también, pero abierta y apenas sujeta por los hombros, como si estuviera a punto de quitármela.

Yo estaba en realidad junto a un casillero donde se dejaban las llaves del restaurante, la correspondencia que les llegaba y lo que parecían facturas de papel. Me había pegado tanto a un perchero que colgaba por encima de mi cabeza que provoqué que se descolgaran de ahí varias prendas. Estaban por encima de mi cabeza y de mi hombro e intenté subirlas de nuevo a sus ganchos, pero al intentar conocer el lugar exacto donde había estado cada una, con un movimiento desafortunado de mi codo, arrastré la parte sobresaliente del casillero donde guardaban los papeles y quedaron sujetos a mi pecho. Dejé que la ropa cayera al suelo, mientras sujetaba los papeles con el torso pegado a la pared. Recuperé los papeles con las manos y busqué el casillero de donde los había sacado por accidente. Angustiada, me esforcé por hallar el orden en el que estaban guardados. Empecé a sudar y comprendí que debía alejarme de ese lugar cuanto antes. Pero, ¿cómo, si lo que yo necesitaba era trabajar, si realmente tenía que trabajar? ¿No era lo que se suponía que debía estar deseando?

—No pasa nada, C. —me dijo mi amiga—. Déjalo como puedas y vente.

La cara de mi amiga era una duda sin pregunta. Supe que ella no estaría de acuerdo con mi desaliento. No podía confiar, así que no le expliqué entonces cómo me sentía. Vi que mi amiga miraba hacia atrás y hacía amago de retirarse. El hombre calvo y de buena facha se asomó al rincón donde me encontraba.

—Si empezamos de esta manera, no me vale. Aquí las cosas tienen un nivel y no puedo permitirme torpezas o ignorancia. Recoge todo eso, por favor, y marchando.

El calor me subió a la nuca y me atizó a la cara. Quise decirle que me iba, pero él se alejó. En aquel recoveco de momento me mantenía a salvo del movimiento creciente entre la cocina, la sala y la caja donde se recibían las primeras anotaciones de las comandas. El olor del aceite caliente hacía un buen rato que se filtraba por las rendijas de los cristales que separaban los fogones del resto del local. Observé que mi amiga le ganaba la partida a mi inseguridad y mi temor sin que le importara. Ella ya era una más del servicio.

—Por favor, ven un momento —le dije a mi amiga, aún sin moverme del lugar con la ropa del perchero en el suelo y apresando los papeles con la mano.

—¿Qué te pasa? —preguntó mi amiga, y en ese instante comprendí que estábamos muy lejos la una de la otra.

—¿Qué horario dicen que tenemos?

—Mañana y noche. Con dos horas de descanso por la tarde, después de que se vacíe el restaurante,

—¿Tenemos dos días de descanso?

—No, solo un día. El sábado.

—¿El sábado…?

Mi cabeza empezó a darle vueltas a la posibilidad de huir, pero, ¿cómo?

—No puedo, de verdad que no puedo —le dije.

Devolví los papeles al casillero en ningún orden. Recogí la ropa del suelo y la colgué de mala manera en los ganchos. Mi amiga seguía ahí de pie; miraba por encima de un hombro o de otro a la expectativa de que la necesitaran.

—Llamaré a mi hermano —le dije—. Él siempre quiso hacer algo así. A él se le dan bien estas cosas, ¿recuerdas?

—Pero el compromiso es tuyo…

—No importa. Mira, no sé por qué me metí en esto. No puedo. Le llamaré. Dame un teléfono. No tengo un teléfono.

Mi amiga desapareció y al cabo de un fugaz rato volvió a aparecer con un inalámbrico. No pronunció palabra. Me entregó el aparato. Su pelo azul-púrpura lanzó un último destello y desapareció.

Mis dedos comenzaron a deslizarse por el teclado mientras yo intentaba recordar el número que quería marcar, pero no conseguían dar con los dígitos acertados. Lo intenté varias veces y cada vez dibujaban un movimiento diferente, creaban un patrón que desfiguraba el anterior.

Una y otra vez lo intenté, pero el número escapaba a mi memoria.

©Rubal