Homenaje a una tormenta de nieve

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No pensaba publicar esta entrada todavía, pero me ha apetecido adelantarla al leer hoy la entrada de Manuel Cerdá; en ella cita y referencia ampliamente a Tolstoi. Merece la pena que le echéis un vistazo.

Yo me negaba a leer a Tolstoi. ¿Se puede creer? Sí, era algo visceral. Desde hacía treinta años o más esto era así y me duró un buen tiempo. Ni idea de por qué. Quizá sí tuviera su explicación, pero no viene al caso. Leí alguna cosilla suya, eso sí, pero poco o lo dejaba a medias. Yo era, sin embargo, una acérrima admiradora de Dostoievksi —lo sigo siendo; con más juicio—. La cuestión es que establecí una especie de rivalidad entre los dos escritores, como lectora, que no tenía lógica.

Un día, hace diez años, vi el libro de George Steiner titulado Tolstoi o Dostoievksi en el escaparate de una pequeña librería, tan pequeña y olvidada —un poco rancia también— que en la actualidad abre cuando le da la gana. Me hice con el libro; era de esperar en mi caso, porque aquella disyuntiva hacía mención a la rivalidad que yo había estado sosteniendo hasta entonces. ¡Qué curioso que alguien la hubiera universalizado con un simple título!, ¿no? No sé si fue este libro el que levantó la veda, o que debía de suceder así, sin más, pero no tardé mucho en tener un relato de Tolstoi ante mis ojos. Fue precisamente al pasar por la misma librería pequeña cuando vi en el escaparate un libro que reunía los cuentos de tres escritores rusos —Pushkin, Chejov y el propio Tolstoi— en torno a tempestades y tormentas de nieve. Así comencé, o retomé, mi travesía con Tolstoi, con ese cuento sobre un viajero en una tormenta de nieve. Después llegó otro relato, una novela, relatos, algún ensayo, más relatos, escritos autobiográficos, otra novela… Poco a poco fui haciendo el camino que no había estado dispuesta a recorrer en el pasado. Hasta hoy.

Hace dos días me acordé de ese cuento acerca del viajero en una tormenta de nieve y me hizo pensar en mi recorrido como lectora.

©Rubal

Inspirado en el cuento de L. Tolstoi La tormenta de nieve (1856):

Hay cuentos que pasan, que se olvidan, pero existieron. Los leíste.

Hay autores a los que te negaste a leer, pero pasó el tiempo, tuviste la oportunidad de sostener una obra suya entre tus manos y, de hecho, la leíste. Esto sucedió con el relato de una larga travesía por la nieve, bajo una tormenta que azotaba el espíritu viajero. Estaba escrito por Tolstoi, y a partir de entonces le seguiste la pista; te sumiste a una persecución, como la del propio viajero para llegar a su destino que se resistía.

No importa cuál fuera la intención de este autor al escribirlo; para ti se trataba del inicio de un recorrido sin nombre que se prolongaría a pesar de la adversidad del tiempo, de la escasa visibilidad del horizonte.

La pose de la durmiente

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©Rubal

Creo que fue en algún ensayo de Ursula K. Le Guin donde encontré una referencia al mundo durmiente del legendario cuento donde una joven se pinchaba con un huso de rueca a cierta edad adolescente y por ello, debido a una maldición vengativa, caían dormidos ella y todo el reino de la que sería heredera algún día. Ursula contaba acerca de lo impresionante que debería ser merodear por aquel reino mientras todos dormían. Observar esas figuras como estatuas de cera simulando una vida en escenarios durmientes.

Lo cierto es que alguna vez he recordado esta referencia al caminar por la calle. No tiene por qué tratarse de una adolescente ni tampoco que se pinche con el huso de una rueca; podría ser simplemente que al tener que ir a sacar dinero del cajero y pasar la tarjeta, o bien al aceptar, por fin, uno de esos productos que ofrecen en descuento en las cajas de los supermercados, se quedara todo de repente paralizado. ¿Cómo sería?

En fin, como esto último no es de lógica que suceda, se me ocurre pensar en otra cosa, como por ejemplo, ¿cómo sería la princesa durmiente ahora?, ¿habría princesa durmiente, o solo habría una pose de princesa haciéndose la dormida?

En fin, creo que esto último tampoco tiene sentido. Pero bueno, no está de más que se me ocurra.

La señora Scrooge

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Lápices de colores @Rubal

¿Qué fue del señor Scrooge? ¿De Ebenezer Scrooge? ¿Qué fue de sus fantasmas y sus temores pasados, presentes y futuros? ¿Qué fue de las mil versiones de Canción de Navidad? ¿Qué fue de Dickens? ¿Quién, de los nacidos hasta los ochenta, no ha visto una vez por lo menos en televisión al señor Scrooge diciendo por Navidad: «¡Bah, paparruchas!» ?

¿Dónde estás señor Scrooge?

Pensando ayer en el señor Scrooge y quedándome prácticamente dormida, me vino a la cabeza una imagen, la visión de un mujer, quizá un poco mayor y de otra época, sentada y a la espera de algo tras haber echado las cuentas de su economía doméstica. Entonces yo le dije mentalmente: «Vamos, vamos, señora Scrooge, no seas cascarrabias. Otro día te saldrán las cuentas.» A esto, habiéndome sumido ya en el sueño, ella me respondió: «¡Bah, paparruchas!». Aunque no parecía muy convencida.

Orígenes: Epílogo

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Hacia delante

Pastel y grafito ©Rubal

Nueve años de camino y un resultado.
Nueve etapas de espera y un resultado.
Ya no se espera de mí; ya no soy una necesidad.
No he regresado a la vida ni he vuelto a nacer,
porque solo soy la misma persona en una condición diferente.

Por fin.
Todo acabó.
Ahora hacia delante.


Memorias de una lectura

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A menudo he intentado hacer memoria para recordar cuál de las obras de Dostoievski me leí primero. Casi seguro fue El jugador en 1985. A partir de entonces, durante un breve espacio de tiempo, me leí otras tantas obras suyas seguidas, y ya después abandoné el hábito.

Hasta hace poco. Retomé el habito con Pobres gentes (o Pobre gente, como la tiene publicada la editorial Alba Minus), que, siendo la primera que publicó el autor, era curiosamente de las pocas que me había dejado sin leer.

Yo buscando palabras ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mientras tanto, no he dejado de visitar otros autores rusos coetáneos o más jóvenes o más viejos. En general —y no sé explicar la razón—, hay algo en la literatura rusa que me atrae mucho, especialmente sus novelas cortas o cuentos. Con frecuencia se ocultan tras las obras extensas y más conocidas.

Un calle de San Petersburgo ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Pero no quería hablar de literatura rusa, ni de la obra de Dostoievski —me cuesta en este momento rebuscar entre las palabras—.

F. D. Dostoievski ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)

Mi intención era rendirle un tributo a la memoria de mis primeras lecturas de adolescente, durante las cuales, más o menos, ya se me iba perfilando una necesidad de escribir o de ilustrar las historias que revoloteaban por mi cabeza —muchas veces, a raíz de esas mismas lecturas, y desde luego, de las de Dostoievski—.

La verdad es que cuando dibujaba, apenas podía escribir y cuando escribía apenas podía dibujar. Como si las dos destrezas se excluyesen mutuamente. Todavía me pasa, pero ahora me dejo llevar, porque al fin y al cabo llegan al mismo punto, al deseo de expresarme.

Mi pequeño dossier ©Rubal.o
(Lápiz y grafito)