Cora y el gigante de piedra

Dibujo y color / Drawing and Colour, Mi prosa / My Prose

Evavill, Paloma, me he animado para que lo leas. Perdona si te sigo en las ideas; eso es porque para mí son buenas… ¡Gracias! 😊

Allá en el verano de algún año pasado, los residentes de la pequeña población donde vivía Cora podían disfrutar de la piscina que tenían en común.

Por el mes de julio el sol caminaba erguido; las moscas hacían un vuelo controlado y no se pegaban a los almuerzos de las toallas; el aire olía a cloro, aceite de coco y lavanda; el eco de las voces ociosas atravesaba las copas de los árboles, y las chicharras de los arbustos se dejaban oír si se les prestaba la suficiente atención desde una posición horizontal en la hierba.

La novedad se presentó un día con la instalación del nuevo trampolín de cemento que se elevaba a dos metros por encima del nivel del agua. Cora, que cumplió doce años aquella misma mañana y quería celebrarlo, se apresuró a ser la primera para estrenarlo. El resto respetó su impulso.

La subida a ciegas fue ágil, pero al encontrarse en la cima frente al enorme socavón en el aire, se pegó a uno de los arcos superiores del pasamanos. Otros niños, de entre diez y doce años, como cachorros de hiena alrededor de su primera comida, se hacinaban a los pies de la escalera, y alguno ya iba subiendo con manos y pies de mono, mientras Cora seguía pegada al calor del acero.

—¡Tírate! ¡Vamos, tírate!

Cuanto más le gritaban, más se aferraba a la barandilla.

—¡Vamos, tírate! ¡Vamos!

El niño apoderado del último peldaño le enseñaba los dientes hasta las encías y luego siseaba al grupo de hienas que le iban comiendo los talones.

—¡Bájate! ¡Bájate ya! ¡Lo estás haciendo aposta! ¡Lo estás haciendo aposta!

Cora no vio el modo de atender aquellas exigencias. Y es que el primero de los pies de mono no entendía que para que ella bajara, él tendría que hacerlo antes.

Como los gritos iban en aumento, al chico que hacía de socorrista no le quedó otro remedio que abandonar su silla para averiguar el problema y resolverlo.

—¿Te vas a tirar o no?

—No —contestó Cora sin saber quién le hablaba, aunque supo que no era ninguno de sus compañeros.

—Pues si no vas a tirarte, deja que lo hagan los demás.

—No puedo. No me dejan pasar.

—A ver, vamos a retirarnos todos.

Entonces se oyeron los gemidos de las hienas y la fricción de los pies sobre el metal de los monos que al tiempo que descendían rezongaban con gruñidos. Al cabo de unos segundos, apareció la cabeza del socorrista.

—Vamos, dame la mano. Si no vas a tirarte, ¿por qué te subes?

Cora le dio la mano, exploró el extremo de la tabla con andar de pato, y de espaldas a la escalera, se dejó coger por la cintura hasta asegurarse de que sus pies pisaran un lugar firme.

Después de aquello, Cora se quedó a contemplar cada día cómo otros trepaban y caminaban por la superficie sin perder el equilibrio; cómo sus brazos y piernas se agitaban como aspas hasta las últimas consecuencias; cómo sus cuerpos volaban, levitaban como hojas, se plegaban contra las rodillas, creaban piruetas grotescas y resquebrajaban la superficie del agua o la penetraban con clavados recién aprendidos. Cora lo veía todo desde el bordillo de la piscina, o desde la toalla, y prefirió que nunca hubieran instalado aquel monstruo de piedra que le daba la espalda desafiante.

Llegó agosto. Los compañeros de Cora se fueron de vacaciones y ella se quedó conviviendo con el olor a cloro y con la hierba mojada por los aspersores de primera hora de la mañana. Era como si el mundo se hubiera detenido a su alrededor y así jugaba, a la sombra de un árbol, sobre su toalla, montando cartas en un solitario, emparejando los palos de forma sistemática. Otras se sentaba en el borde de la piscina, mojaba los pies y regresaba para tumbarse de nuevo.

Un día en el que empezó a levantar un castillo sobre los naipes, le pareció que el coro de chicharras cantaba de forma inusual. Se manoteó las orejas para despejar el sonido, pero este persistía y se hacía más intenso. Levantó los ojos y vio el trampolín. Se le hizo como un gigante de piedra que le mostraba su retaguardia, mientras que las curvas del pasamanos en lo alto lanzaban destellos como los de una almenara. Cora decidió acortar distancias con su rival. Empezó a merodear por las escaleras. Subía dos peldaños y bajaba uno. Hacía que encontraba algo en el suelo y se acuclillaba para mirarlo con detenimiento. Paseaba a su alrededor, hasta que finalmente volvió a su toalla, donde continuó elevando el castillo con las cartas. Y en esto estaba cuando, de pronto, boleó la mano por delante de la construcción y la abatió. Acto seguido, se levantó, se acercó a las escaleras y comenzó a trepar.

Trepó y siguió trepando. Se alzó por encima de la tabla y apoyó los brazos en la superficie que empezaba a calentarse demasiado. Las llamas del pasamanos la deslumbraron, pero recuperó la visión y vio de nuevo el vasto foso en el aire que el primer día le había paralizado.

—¡Eh, chica!

Cora supo que alguien la llamaba, pero no podía darse la vuelta.

—¿Me oyes? Déjame que suba primero para echarle un poco de agua. Te vas a quemar los pies.

Cora se atrevió a mirar por encima del hombro hacia abajo y vio al socorrista, que no era el mismo de antes. Aquel hombre llevaba puestas unas gafas de espejo y tenía la piel tan curtida por el sol que parecía hecha de escamas duras. De una de las manos le colgaba un cubo de agua. Cora se aferró al pasamanos mientras sus pies tanteaban los peldaños para bajar. Ya en el suelo miró al socorrista y este le devolvió la imagen de un ser diminuto en cada una de sus lentes reflectantes.

—Si quieres pisar ahí arriba, es mejor que le echemos un poco de agua. Déjame que suba primero.

El hombre reptó la escalera portando el cubo con destreza y, una vez arriba, derramó el contenido por la superficie. El líquido sobrante cayó por los laterales en una pequeña cascada. A su regreso, junto a Cora, se levantó las gafas de sol por encima de la frente y entonces asomaron dos pedruscos verdes engastados bajo unos párpados cansados y severos.

—Quieres subir, ¿no? Quieres tirarte.

—Sí.

—Bueno, pues ahí lo tienes. Pero te digo una cosa, no tienes por qué hacerlo si no quieres. No significa nada.

Y diciendo esto último, el socorrista se volvió a poner las gafas y se alejó con la sombra incrustada entre las escamas.

Cora se quedó un buen rato esperando y no sabía qué esperaba. Las chicharras retomaron su canto con estridencia. El olor a cloro le despejó la nariz y el de la hierba sobre tierra mojada le recordó que podía regresar a su toalla con su juego de cartas. Así de sencillo. Pero no; Cora decidió hacer lo contrario. Subió con pasos ágiles la escalera y traspasó las llamas de la almenara. Sintió el aire estrellándose contra su cara y los pies adheridos a la superficie rocosa. Estaba montada sobre la cabeza de un gigante y este no parecía quejarse de su imprudencia. Extendió los brazos para atrapar el vacío, pero no había nada. Y eso era lo mejor. No había nada. Nada podía hacerle daño.

—Por eso. Si no quiero, no lo hago —se dijo.

Y sin tener en cuenta la distancia que mediaba entre el foso y el mundo que no podía alcanzar con los dedos, la chica avanzó hasta el final de la tabla.

Orígenes: Epílogo

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Hacia delante

Pastel y grafito ©Rubal

Nueve años de camino y un resultado.
Nueve etapas de espera y un resultado.
Ya no se espera de mí; ya no soy una necesidad.
No he regresado a la vida ni he vuelto a nacer,
porque solo soy la misma persona en una condición diferente.

Por fin.
Todo acabó.
Ahora hacia delante.


Orígenes: Estado 10

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Cambio de estado

Pastel y grafito ©Rubal

Conozco mis limitaciones. No soy ilimitada. Llego hasta ahí donde los límites de mi capacidad me permiten; con ello me satisfago. Juego, disfruto. Trabajo sobre los resultados y consecuencias. Me esfuerzo en el proceso. Cuando acabo y lo miro, lo que sea que haya hecho, me siento bien. No espero un juicio de valor externo. Me gusta y me digo: «Esto soy yo y me encanta cómo ha quedado».

Sin fuerzas, cansada.
Hubo tiempo para el descanso,
y llegó el alivio;
lo tengo atrapado y guardado en un frasco,
lejos del sol y el calor.

Una voz me escucha, desde el interior,
y entonces el frasco,
el líquido de alivio que contiene,
se vuelve azul,
azul como el cielo sin nubes,
barrido por la lluvia y abandonado por el aire,
por fin transformándose.


Orígenes: Estado 9

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Vestirse

Pastel y grafito ©Rubal

Dediqué un tiempo a situarme en un escenario en el que mi persona tuviera un valor concreto; un valor para la sociedad, un valor para la familia, y mi valor. ¿Y cuál es el resultado de todo ese tiempo dedicado? Quietud. Me viene una idea, que no es ni siquiera una idea, sino la chispa de una sensación que remolonea en mi cabeza, pero cojo mi cuaderno para apuntarla y de pronto se va. Después del largo tiempo invertido en robarle las palabras a la imaginación, la memoria o la experiencia, siento que no tengo nada que contar. Y así empezó todo, ¿no? El principio del fin de una etapa en la que los sentimientos brotaban antes que la forma y no se dejaban manipular por un juicio externo. Así empezó todo. La búsqueda de la forma, de la palabra precisa. Así fue el principio del fin, y el fin ha llegado. Quietud. Se acabó la lucha. Ahora hacia delante.

No puedo quedarme.
Me espera un sendero de arrestos y consecuencias
si traspaso mis dominios.

¿Por qué debería importarme?
Yo voy en dirección contraria
para encontrarme con el inicio de todo.

La lucha ya acabó.
Recorro ahora las calles del olvido,
y mientras lo hago sonrío, y me digo:

«Levanta las suelas de tus zapatos
y reescribe tu principio.»


Orígenes: Estado 8

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Página

Pastel y grafito ©Rubal

He corrido en lugar de caminar. He visto pasar mi vida como si lo hubiera hecho desde el interior de un tren, a través de sus amplias y herméticas ventanas. Desde el interior de un tren que cruzaba el campo por sendas de hierro que fueron construidas únicamente para el tránsito de sus vagones; mientras tanto, otras carreteras recorrían distintos parajes, ciudades y de pueblos. A través de las ventanas, he visto pasar el tiempo, las acciones —mi tiempo, mis acciones—, las personas con las que estuve y con las que no me he vuelto a encontrar. He visto cada porción de tiempo, cada acción, cada gesto, cada persona en cada uno de los postes que estaban dispuestos a lo largo de la línea ferroviaria. El eco de un sonido diferente percutía en mi cabeza a medida que el tren los aventajaba. He corrido, y he escrito también, pero de todo lo que he escrito me queda poco.

Apreso la página con meditado silencio
y no veo su fondo, sino su tacto.
No hay principio, o sí lo hubo, pero me olvido
—pretendidamente olvido, por supuesto, y lo consigo—,
ni hay fondo.
Es un continuo que espera su paso,
una quebrantada armonía que busca el tránsito llano,
y está aquí, junto a mí queda
y en un susurro me atiza el recuerdo
con un arma sencilla que no deja marca,
tan solo la fabricación de una tela fina
donde se proyecta su película.
Mi película, el envés de mi palabra.


Orígenes: Estado 7

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Soy

Pastel y grafito ©Rubal

Cuando por fin salgo de casa y piso el rellano de las escaleras, me giro una vez más para comprobar que la puerta está bien cerrada. Solo entonces pongo rumbo a la calle. No me importa cómo voy vestida con tal de que me sienta limpia y cómoda. No me importa si me pongo la misma camiseta o los mismos pantalones de días anteriores. No me importa si mi pelo va de un color a otro y sufre la lenta transformación hacia el blanco. Solo necesito sentir que las cosas que llevo puestas sean mi segunda piel, parte de mi naturaleza que se muestra. Así camino más liviana, como si fuera desnuda. Como en los sueños en los que caminaba sin ropa, pero conforme con mi desnudez. Me parece que llevo las prendas tatuadas en mi cuerpo. Una pintura corporal hiperrealista. Así bajo las escaleras del edificio donde vivo, después de asegurarme de que la puerta está cerrada. Así salgo de casa.

Yo era un ser más simple
y, en mi simplicidad,
también más completa,
repleta de prejuicios,
de imágenes sobre lo que podía ser,
sobre lo que podría llegar a ser.
Seleccionaba las que deseaba destacar
y entonces, entonces,
prolongaba mi llanto
o mi impotencia.

Ahora soy una puerta
que se ha cerrado a mi espalda.
Soy también
un mosaico de anécdotas,
un pantone infinito de colores
—los matices cálidos para las emociones,
los fríos para el pensamiento—,
que por la noche se descompone.
Durante el día casi todos los matices,
casi todos ellos, a veces,
se reúnen guiados por la prioridad
y el movimiento.


Orígenes: Estado 6

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La caída

Pastel y grafito ©Rubal

El alivio de la caída. Es como esa incómoda y sorpresiva patada en el sueño. Cuando despierto, lo hago con un cierto temor, pero después siento un alivio tremendo, porque para sentir la patada, la caída, no necesito justificarme.

Y si de nuevo me convierto
en un águila imperial
de garras imperfectas duras,
hechas de acero maleable,
de plumas irisadas,
del gris a la tierra quemada,
y un pico amable,
severo y elegante,
como la fibra del junco,
flexible y constante…

Y si fuera esa águila,
con ojos amarillos,
ceñidos a su presa,
vigilante y segura,
olvidada de sí misma
y de su presencia
en la oquedad del aire…

Y si emprendiera el vuelo,
si desplegara las alas
y me lanzara hacia ese lugar,
que ni ella sabe dónde…

Y si después no utilizara
sus patas doloridas y curtidas
por el ascenso y descenso continuo,
—pegada como va a las rocas
para evitar la mirada
de los que no quieren ser vistos—,
y no dejara de elevarse,
de planear por el cielo,
azul, índigo, infinito…

Y si fuera esa águila;
y si realmente fuera ella.


Orígenes: Estado 5

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Ventanas

Pastel y grafito ©Rubal

Hay días en los que me conviene más quedarme apoyada en el alfeizar de la ventana. Oigo los ruidos cotidianos. Me llegan los olores de los árboles más cercanos, del tránsito de los coches que ruedan hasta el cruce y esperan, y luego vuelven a arrancar; de una obra lejana que repara la fachada; de una furgoneta vieja que se detiene para descargar su mercancía de pollos, huevos y lácteos, o de la que descarga la fruta del pequeño autoservicio que está debajo de mi casa. Veo las personas ocupadas, marchando arriba y abajo por la acera desgastada. Veo cómo miran sus móviles, entran en un comercio, salen de tomar un café. Juegan con las llaves de los comercios y despachos en sus manos. Veo viejos que se sientan en el banco de la esquina acompañados o solos. Encuentros casuales de vecinos. Conversaciones rituales de porteros con trabajadores que reforman un piso. Yo veo todo esto y me gusta, y siento que ya no necesito salir a la calle. No en esos días.

Quizá no sea el momento,
quizá la tinta no pueda caer sobre la tecla,
quizá los dedos, enfriados o dormidos por el calor
de un momento excesivo,no puedan sugerir un signo.

Quizá abra la ventana
para recibir el aire con la boca,
el olor de la calle en calma
—y si eso fuera posible—,
y el sonido de una vida apurada.

Después nada, después calma,
después beber, comer, caminar,
cogerle de la mano a mi sombra
y alzar el vuelo
a solo un metro del suelo.
Hallarme cerca de lo invisible
y consciente de las piedras
que llevo en mi bolsillo,
aunque me pesen,
aunque no las vea.


Orígenes: Estado 4

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A veces

Pastel y grafito ©Rubal

Otras veces mi cuerpo se deja llevar. Entonces me permito mirarme al espejo; me permito pensar sin consecuencias; me permito idear una escena que de pie a una nueva historia. Son mis piernas, como a mí ya me gusta decir, las que se encargan de llevarme a donde ellas quieran. Piense lo que piense no afectará al curso que tracen los pies. Vea lo que vea en el espejo, al mirarme, no influirá en mi decisión de exponerme al mundo tal cual soy, incluso ignorando yo misma quién soy. «Quién soy»… Qué extraña expresión. Lo que soy y quien soy… Mis piernas empujan el aire que las rodea y se abren camino; por detrás le sigue mi cuerpo y mi cabeza.

A veces tengo una idea y desaparece.
Cojo un sueño y se desvanece.
A veces creo que camino y
luego, luego me desplomo,
pero mis piernas se enderezan
y vuelven.

A veces encuentro una silla donde
me siento y recojo la labor
de aquellas mujeres que a ciegas
sujetan las agujas y continúan.
De aquellas madres que hilan,
entre café y té, cinco tilas.

A veces, siempre a veces,
me miro en el agua que rezuma
del grifo de las sandeces
y me río, también lloro,
esperando sin prisa
que el líquido anegue la pila.

Orígenes: Estado 3

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Hacia dentro

Pastel y grafito ©Rubal

Hay lugares de mi cuerpo que se ponen en pie de guerra cuando intento caminar de oeste a este, y batallan. No sé qué quieren que haga. Imagino que esperan que siga la corriente caprichosa de los mares y océanos de un mundo que amenaza con consumirse y que avance durante los días de este a oeste de acuerdo a la norma. De este modo puedo amanecer con el sol y desvanecerme cuando el sol se pone, pero es que mi cabeza no siempre se dispone a comprender el curso natural de las cosas. Mi cabeza se dispersa y busca, como el río que se desborda, discurrir por vías insospechadas. Es ahí donde la expresión asoma. Yo escribo y dibujo y creo que puedo verter una vida entera en breves atemporales formatos; entonces mi cabeza se revuelve desde la lógica, que no se conforma con las sensaciones, y todo lo que ha surgido regresa a la contención de un cauce dormido.

Podría fingir que soy una ignorante,
aunque lo soy,
y dejar de lado las definiciones,
las lecciones pasadas,
el esfuerzo de alcanzar,
el castigo consecutivo al abandono.

Podría fingir que no hubo conocimiento,
que nací esta mañana y que ayer
solo fue un cuadro de suposiciones,
de intentos en balde,
de quise-ser-y-no-pude-serlo;
fingir que no hay quién más que
la tribu de mi hogar.

Podría y lo procuro,
pero el espejo de mi alma
está mirando hacia dentro
y parece que le encanta fijarse en su reflejo.


Orígenes: Estado 2

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El primer latido

Pastel y grafito ©Rubal

En serio, ¿de dónde venimos?, ¿por qué somos quienes somos, lo que somos?, ¿por qué mujer y no hombre, o viceversa?, ¿quién pensó que debería haber un norte o un sur?, ¿quién decidió cómo debía escribirse esta historia?, ¿por qué de este a oeste recorremos un día y al contrario nos lo saltamos?, ¿por qué hablamos una lengua de signos y sonidos y llamamos sordos a quienes no los oyen y mudos a quienes no los pronuncian?, ¿por qué fingimos no comprender una simple mirada o un gesto?, ¿por qué nacemos en una familia de pobres o de ricos?, ¿qué significan las palabras «merecer» y «valer»?, ¿quién se cree todavía a estas alturas que puede haber sangre azul en las venas?… ¿Por qué vivimos en un tiempo o en otro?, ¿por qué en mitad de una guerra?, ¿por qué utilizamos un símbolo para representarnos y el zodiaco para significarnos?, ¿por qué ignoramos nuestro cuerpo, nuestra cabeza?, ¿por qué ignoramos nuestros sentimientos o los vestimos con disfraces?, ¿por qué somos hijos únicos o una más de la camada?, ¿por qué somos el primero, el segundo o la tercera…? ¿Por qué buscamos separar lo bello de lo feo…? Bueno, esto ya es demasiado para un primer latido.

¿De quién era yo entonces?
No sé; ¿quién puede saberlo?
La razón, mi compañera.
A ella me dieron cuando rompí en llanto.
A ella pertenezco ahora, ¿no?

Aun cuando la eludo
y la golpeo hasta desangrar,
ella se arrastra,
me pide entrar de nuevo
para ser mi manto.

Pero, bueno, puedo imaginar que no le pertenezco,
fantasear con esa idea que acapara los sentidos
mientras floto en el semen de un enorme y opaco silencio.

A través de esas paredes de corcho,
por las que apenas se introduce un lamento,
una voz aguda, estridente, anunció de pronto:
«Esa eres tú. Sentirás y serás mía
porque yo no puedo evitarlo.»
Así que de nuevo estoy con ella,
todo el tiempo,
a pesar del corcho,
a pesar del silencio.

Párate de una vez.
Sé niña. Sé algo informe.
Córtate el apéndice que cuelga
de las glándulas insistentemente torpes.
Duerme, duerme. Sé agua.
Sé aire. Sé un pulmón combatiente.
Derrítete entre el flujo de tu ADN.
No aferres la cadena. Recórrela
hasta alcanzar un resplandeciente limbo,
ahí donde se ahogan las religiones.

«Vale, creo que llego, estoy llegando.»
Respira, exhala, agoniza. Déjate morir.
Respira de nuevo.
Eres la nada incorpórea. Sientes.
No eres de nadie y a nadie perteneces,
de momento.


Orígenes: Estado 1

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Debo

Dicen que para crear debes ser valiente. Dicen que debes imaginar y ser capaz de hilar las ideas y los pensamientos. Dicen que para construir debes salir a la calle, experimentar y conocer la vida que hay detrás de la puerta, que ves a través de la ventana. Dicen que debes leer, ver películas y series… ah, y que debes estudiar. Dicen que debes ser precisa en lo que sientes. Dicen que debes retirar el velo del engaño. Dicen que debes fabular con lo posible que está por suceder. Dicen que debes sentir la juventud en las venas. Dicen que debes atreverte a usar el cuerpo y sus seis sentidos. Dicen que no debes mirar hacia el pasado, si no es para rescatar una historia que merezca la pena. Dicen que tampoco debes mirar demasiado hacia el futuro. Dicen que solo debes mirar el presente.

Debo acabar esta página;
debo finiquitar este cuaderno;
debo convertirme en línea, en espiral, en tinta, en plástico;
debo recoger las formas gráficas;
debo hallar las funciones de los vocablos;
debo desaparecer entre sonidos sugeridos;
debo retener la neurona significativa;
debo exprimir el jugo del sintagma;
debo extraer la connotación derivativa…

Suspiro,
sustituyo aliento por inhalación de oxígeno
y expiro lenta, muy lentamente…

Debo constatar un silencio;
debo ser, estar, solazar, aliviar, concretar.
Debo, debo, debo.
Debo sustituir el semblante de lo fútil
por la simple permanencia.
O quizá solo, solo, debo quedarme quieta
y sonreír al movimiento
de mis manos, de mis piernas
y a los asentimientos de mi cabeza.


Una serie de dibujos anotados con un propósito

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Orígenes: Nueve estados en un proceso y un resultado.

Las próximas diez entradas forman parte de un recorrido «dibujado». Se trata de una serie de dibujos que realicé sin que tuvieran una historia real detrás; solo una época en la que algo debía estar cambiando en mi vida, poco antes de virar en una dirección muy diferente a la que había recorrido hasta entonces. Lo acompañan textos que he escrito durante los años posteriores a entonces, y que han convivido con asuntos que me llegaron y con los que tuve que lidiar, saldar, solucionar, prestar toda la atención posible, en un momento en el que la unidad familiar que había conocido en el hogar de mis padres se desmoronaba, hasta que ellos también desaparecieron, aunque nunca del todo. Tuve la suerte de estar con mis padres hasta el final; fue duro, complicado y todavía no me he sacudido del todo las consecuencias de ciertos movimientos que se tuvieron que dar para facilitar el camino, pero me siento muy agradecida de haberlo vivido todo.

Me cuesta mucho compartir esos momentos, por lo que los traduzco en dibujo y en texto. Para mí la lealtad consiste en no dejar traslucir una sola intención de queja. Las circunstancias se complican para cada cual y es a través de ellas como vemos la vida y sus razones. Así que todo lo que diga no se refiere a los que no pueden poner sus voces al lado de la mía para expresar su propio sesgo de las cosas; lo que he hecho y voy a mostrar es para liberar espacio dentro de mi cabeza y dentro de mi cuerpo, para que el aire siga fluyendo a su manera.

Con la publicación de las próximas diez entradas tengo la intención de dejarlas en un lugar publicadas, sin más; un lugar del que ya no tengan que moverse y no vuelvan a ser tocadas.

No tendrán la sección de comentarios —excepto en la última— porque se trata de una secuencia y porque, en esencia, se trata solo de lo que he dicho antes: proveer un lugar donde puedan permanecer.


«Horizon Variations», del álbum de Max Richter’s The Blue Notebooks.
«Horizon Variations», from Max Richter’s album The Blue Notebooks.
Me encanta la música de Max Richter’s. Me ha acompañado en mi dibujo y en mi escritura durante todo este tiempo.
I love Max Richter’s music. It has accompanied me in my drawing and my writing for all this time.